Poder escuchar a Daniel Barenboim en su doble condición de pianista y director ha sido la norma durante décadas y un privilegio al alcance de todos, porque su actividad era incesante, arrolladora, sobrehumana. Ahora, en cambio, disfrutar de este músico único se ha convertido en la excepción debido al grave deterioro de su salud, una caída en picado que comenzó en abril de 2022 en Berlín, cuando se desvaneció en su camerino en el intermedio de un concierto. Poco antes había tocado como solista al frente de la Filarmónica de Viena en la Philharmonie y dirigido —de memoria, como siempre— las tres óperas de Mozart a partir de libretos de Lorenzo da Ponte en la Staatsoper. Él mismo hizo público en el otoño de aquel año que padecía “una grave enfermedad neurológica” y el pasado mes de febrero, en otro comunicado, fue más preciso: “Hoy quiero comunicarles que padezco la enfermedad de párkinson”.

Hace la friolera de 71 años, siendo tan solo un niño, Barenboim conoció en Salzburgo a Wilhelm Furtwängler, a quien le quedaban pocos meses de vida, y elogió su talento. El año anterior había empezado a estudiar dirección aquí con Ígor Markévich. ¿Recordará aún todo aquello? ¿Se habrá estremecido al volver a Salzburgo? Después de un larguísimo silencio, el genio argentino ha vuelto a ponerse al frente de su Orquesta del Diván en una breve gira por Alemania, Austria y Suiza, con su presencia pendiendo en el aire hasta el último momento. En la anterior, por Extremo Oriente, hubo de cancelar su participación y la asumió su íntimo amigo Zubin Mehta, otro luchador enfermo que se resiste a caer y que volverá a dirigir en Madrid en febrero en los ciclos de Ibermúsica: era la primera vez que no era su fundador quien ocupaba el podio en un cuarto de siglo de existencia. En el programa salzburgués figuraban, casualmente o no, dos obras con presencia de tres héroes: Siegfried, Napoleón y Beethoven. Barenboim —muy delgado, muy envejecido, muy frágil— llega al escenario a pasitos cortos, esbozando una media sonrisa, y dirige de pie una versión lentísima (más de cinco minutos más larga que su grabación con la Sinfónica de Chicago) del Siegfried-Idyll de Wagner que es un tratado de poética musical, una caricia casi permanente.