El foso místico de Bayreuth —mystischer Abgrund, en alemán— no se llama así por casualidad. El espacio destinado a la orquesta del Festspielhaus, el teatro concebido por Richard Wagner en una idílica localidad bávara para representar sus óperas, está situado debajo del escenario y es caluroso y angosto. Lo sabe el director Pablo Heras-Casado (Granada, 47 años), que este año ha vuelto a dirigir allí, por tercer año, Parsifal.
Los asistentes tampoco lo tienen fácil, y no solo por lo complicado que resulta conseguir entradas para el festival wagneriano que se celebra cada verano desde hace 149 años. “Hoy las comunicaciones son mucho mejores, pero llegar allí sigue implicando una especie de peregrinaje”, explica. “Es un lugar cargado de historia y de mitos, que aún está gobernado por la familia del compositor que lo imaginó. El lugar es el más sublime para poder escuchar y vivir esa música, pero también es muy complejo de gestionar. A nivel acústico es muy distinto a cualquier otro. Hay que reajustar todas las dinámicas para lograr el equilibrio. Hay un desfase de décimas de segundo entre el foso y el escenario, que parece muy poco tiempo, pero que es casi una eternidad cuando te toca gestionarlo. Hay que reaprender a dirigir para dirigir en Bayreuth. Es incómodo y estrecho. Pero todos coincidimos en que es el mejor lugar del mundo para hacer música”.






