La señora Sakanoue Kyoko, propietaria del Volontaire, retira con dos dedos de la mano izquierda el cigarro de su boca y a continuación dice que el sonido del vinilo es indispensable para el jazz. De fondo suena Billie Holiday. Unos antiguos altavoces JBL hacen que la voz de la que se conoció como Lady Day se sienta cálida y cercana. A pesar de lo trágica y breve que fue su vida. Son muchos los músicos de jazz que murieron pronto como consecuencia de sus adicciones, excesos, abusos y traumas infantiles. Sin embargo, su música hace las veces de flotador y manta para mucha gente. En el Volontaire, además de beber y escuchar jazz, se puede fumar si a la dueña se le pregunta antes de hacerlo. En Tokio es posible disfrutar de un concierto de jazz en directo en una planta 52 de un hotel de lujo, como en el Andaz Tokyo Toranomon Hills, o escuchar vinilos de Miles Davis, Ella Fitzgerald y Charlie Parker en un pequeño local en el bajo de un edificio anodino en una calle estrecha por la que apenas transita gente, como en el Eigakan. Este tipo de sitios son refugios en los que siempre parece que es de noche. Búnkeres discretos en los que su clientela habitual disfruta en silencio del jazz, un placer importado. Dicho género musical entró a Japón por las ciudades portuarias de Yokohama y Osaka. Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo en cuarentena al tratarse de una música del enemigo, los Estados Unidos. Al terminar la contienda, los soldados estadounidenses que ocuparon Japón introdujeron una gran colección de discos que hizo que la afición por este género musical se extendiera también por Kobe, Nagoya y Tokio. Fue tal su propagación que derivó en un fenómeno musical, cultural y social. Como era difícil que músicos de la categoría de Herbie Hancock, Thelonious Monk y John Coltrane, por citar tres ejemplos, fueran a Japón a dar conciertos y los discos importados eran caros y complicados de conseguir, en las décadas de 1950 y 1960 nació una cultura de escuchar jazz en unos establecimientos que se denominaron jazz kissa. El punto de inflexión fue el concierto que dio Art Blakey & The Jazz Messengers en enero de 1963 en Kobe. A partir de ese momento el número jazz kissa aumentó de manera considerable. En la década de los setenta había unos 400 repartidos por todo el país. Los jazz kissa son bares o cafés con una capacidad, salvo excepciones, de no más de 15 plazas a los que no se va a sociabilizar. En ellos, uno toma asiento, pide una consumición —que hay que pagar en efectivo— y se deleita en silencio mediante una escucha profunda de la música que pone el propietario del local. Tras la barra y cubriendo las paredes hay cientos, miles de vinilos y otros tantos CD’s. Muchas de esas fonotecas incluyen rarezas, álbumes difíciles de encontrar y que le dan pedigrí al local. Cada jazz kissa es el reflejo de su dueño y todos ellos preservan un patrimonio musical único inventariado en su cabeza que disfruta gente mayor y joven, personas solas o en compañía. En estos locales todo es antiguo, pero no hay polvo. Todo funciona y se usa. Son lugares vivos, menos los músicos de los discos que suenan. Lo del silencio es literal en el Jazz Eagle, cuya historia se remonta a 1967. Es un bar localizado cerca de la universidad Sophia, escondido en el subsuelo y al que se accede bajando por una escalera en espiral. Antes de que se renovase su interior, con capacidad para unas 30 personas, el sitio lo frecuentaban universitarios, oficinistas y fanáticos del jazz. Hoy estos últimos siguen yendo, y a ellos se han sumado los extranjeros. Lo que no ha cambiado son los altavoces y el tocadiscos en el que siempre hay dando vueltas uno de los 20.000 vinilos (más CD’s) que conforman la colección del sitio. En el Eagle los clientes no pueden hablar entre las 11.30 y las 18.00. El señor Masahiro Goto, su propietario, explica sentado en una de las mesas del local que esta norma no está establecida solo para que los clientes puedan escuchar con atención la música, también lo está para evitar que, por ejemplo, una pareja que esté discutiendo moleste a la persona que está sentada a su lado. El señor Goto, que también es crítico de jazz y una celebridad en el círculo de los jazz kissa, abrió el suyo por la atracción que le produjo de joven la profunda atención con la que la gente escuchaba esta música. Arakawa Shunji, una de las personas que gestiona el jazz kissa Eigakan desde abril de 2025, confiesa que poner vinilos en el plato del tocadiscos es una operación difícil de realizar cuando está muy ocupado porque hay que cambiarlo cada 20 minutos. Cuando eso pasa recurre al CD. En ocasiones, acepta peticiones de los clientes, siempre que pueda encontrar el álbum solicitado. La colección de este local está compuesta por unos 3.000 discos repartidos entre aparatos cinematográficos y televisivos y los que hay encima de la barra. En los pocos huecos en los que no hay, se ven pósters de películas antiguas, como uno de Hiroshima mon amour. En este local de luz tenue dan vueltas vinilos de jazz y se proyectan películas. El sonido de unos y de las otras lo reproduce un equipo que fabricó el primer y antiguo propietario de este jazz kissa, el señor Yoshida, quien lo abrió en 1978. Antes de hacerlo trabajó en la industria audiovisual. De hecho, Eigakan significa sala de cine. Sentados alrededor de una tapa de piano de cola convertida en mesa, Arakawa Shunji cuenta que al jubilarse el señor Yoshida y ante la posibilidad de que el sitio cerrase, nueve clientes y amigos decidieron hacerse cargo de su gestión de manera altruista y compatibilizándolo con sus respectivos trabajos. No se considera ni un gran entendido ni un fanático de este género musical, pero cree que sin jazz el mundo sería aburrido. No la practican, pero a los japoneses la improvisación les seduce. Les resulta exótica. Algo similar hizo de joven el escritor Haruki Murakami, quien es un amante del jazz. Trabajó en los jazz kissa Swing y Old Blind Cat, frecuentó durante un tiempo el Pithecanthropus Erectus —nombre adoptado del disco de 1956 de Charles Mingus—, y antes de centrarse en la escritura abrió uno con su mujer en 1974 en un sótano cerca de la tokiota estación de tren de Kokubunji, el Peter Cat. También estuvo entre el público asistente al mencionado concierto de Art Blakey & The Jazz Messengers. Uno de sus libros, Retratos de jazz, con ilustraciones de Makoto Wada, está en la biblioteca del Volontaire. Un bar que la mencionada Sakanoue Kyoko abrió en 1977 y que, desde 2011, se encuentra en la segunda planta de un edificio de cinco en el barrio de Akasaka. En las estanterías que cubren todas las paredes del pequeño local, incluido el cuarto de baño automático, hay discos, fotografías e ilustraciones de músicos de jazz. Al otro lado de la barra están el tocadiscos, los CD’s y las botellas de alcohol. Los clientes posan las copas y las cervezas sobre unos posavasos con ilustraciones de Billie Holiday, Duke Ellington, Count Basie y Lester Young, obra de Makoto Wada. La propietaria del sitio también es la que pone los discos en el plato y la camarera. Sakanoue Kyoko está acostumbrada a hacerlo todo ella sola. Hace 30 años su marido murió y en esos momentos tan complicados cuenta que el jazz estuvo a su lado. El Jazz Haus Posy también es cosa de mujeres. Misa Akutagawa, de 94 años, y su hija Ako regentan este local y viven en una parte anexa. Un oasis de jazz alejado del bullicio de Shimokitazawa, un barrio lleno de restaurantes y tiendas de segunda mano muy frecuentado por gente joven. El sitio es estrecho, alargado, oscuro y con una ventana junto a la puerta. Las paredes están forradas de papeles firmados por artistas de jazz de todo el mundo recolectados por la propia señora Akutagawa durante sus viajes a festivales en Estados Unidos y Europa. En el Posy casi siempre suena Bill Evans, y los 10 clientes que entran se reparten entre la barra y tres mesitas, sentados sobre sillas y taburetes pequeños. Aunque sus dimensiones son claustrofóbicas, no provoca esa sensación, sino cercanía. La veterana dueña cuenta que hay gente que pasa cuatro y hasta doce horas aquí. Poco para alguien que no puede imaginarse la vida sin la existencia del jazz. A Akutagawa le sorprende que estén cerrando jazz kissa. Algo que empezó a suceder hace ya tiempo, cuando aparecieron los CD’s y la gente pudo comprar e instalar un equipo de sonido en su casa. Los que siguen abiertos son reliquias vivas del jazz y joyas culturales. Cuaderno de viajeCómo ir. Hay varias opciones a la hora de volar a Tokio: en vuelo directo operado por Iberia desde Madrid o haciendo una escala con diferentes aerolíneas. Con Finnair la escala es en Helsinki. La aerolínea finlandesa vuela a Tokio y otras ciudades niponas (Osaka, Fukuoka, Nagoya y Sapporo) sobrevolando el Círculo Polar y aterriza en el aeropuerto de Haneda, muy cerca de la capital japonesa. Otra opción es volar con Cathay Pacific, con la que se puede hacer un alto en el camino en Hong Kong, hub de la compañía, y a los dos días volar desde allí a Tokio. Hay vuelos todas las semanas desde Madrid y Barcelona. Dónde dormir. Hotel Andaz Tokyo Toranomon Hills, situado en el distrito de Minato. Tiene la recepción en la planta 52 de un rascacielos, las habitaciones, los restaurantes (de cocina local e internacional), el bar y la piscina tienen vistas a la megalópolis de Tokio. Book and Bed, un hotel cápsula en la zona de ocio de Kabukicho. Tiene una pequeña cafetería y muchos libros repartidos por todo el establecimiento. El tamaño de las cápsulas es mayor que la de otros alojamientos similares (unos dos metros de largo por metro y medio de alto), los baños son compartidos.Qué escuchar. Los japoneses no se han limitado a adoptar un rol contemplativo ante el jazz. Músicos locales como Sadao Watanabe, Chihiro Yamanaka y Toshiko Akiyoshi han tenido y tienen la oportunidad de desarrollar y explotar su talento en este género.Qué leer. Retratos de jazz, de Haruki Murakami e ilustrado por Makoto Wada, traducido por Juan Francisco González Sánchez y publicado por Tusquets. Tokyo Jazz Joints, un fotolibro de Philip Arneill (fotógrafo irlandés) y James Catchpole (locutor y escritor neoyorquino que ha vivido muchos años en Japón y que ha conducido la web tokyojazzsite.com), que plasma la presencia de este género en los jazz kissa.
Tokio a través de sus bares ‘jazz kissa’
En estos pequeños locales no se va a sociabilizar, el cliente llega para deleitarse en silencio de la música que pone su propietario. Los hay que tienen décadas de historia y los que atesoran una colección de miles de discos, y todos son hoy joyas culturales en la ciudad japonesa









