¿Quién sigue viendo la tele? Es una pregunta con la respuesta incorporada que se repite y que provoca el sentimiento de intentar salvar al último espectador. Retener a la audiencia que queda aparenta ser más sencillo que conquistar nuevos públicos. El problema es que nos imaginamos al público que aguanta frente a la tele como una señora a la que le asustan los pisos okupados, siente empatía por las historias de superación tratadas con condescendencia y quiere soñar con la opulencia de vidas de ricos y famosos. Una entrañable abuela que vivía en 1997. Y sí, le encantaba cómo Mariñas gritaba a Karmele, cómo de majos le salían los hijos a la Preysler e incluso pensaba que algún día abriría la puerta de su casa y aparecería en el descansillo de su escalera Isabel Gemio con Alejandro Sanz.Pero las abuelas de hoy prefieren una buena serie con una reina que intentó quitar caspa al reino, un buen informativo que explique la vida con más pedagogía que alarmas y un buen concurso que saben cuándo dura. Véase Pasapalabra. Está comprobado: el público que persiste en la tele premia los programas que duran lo que tienen que durar. Y que cuentan sin dejar de contar. Todos los programas que superan con creces la barrera del millón de espectadores en las cadenas convencionales no ejercen el rodeo que abundaba antaño en Telecinco. Ahora se eligen espacios que nos inspiran constantemente la compañía de las ideas, ya sea jugando a adivinar palabras, ya sea conversando mientras Arguiñano te enseña una nueva receta o ya sea conspirando con la actualidad. Que también pasa.La debilidad de la conspiración está en que normalmente te atrinchera en creyentes de una línea editorial, mientras la televisión de masas congrega a la pluralidad social sin susceptibilidades de sometimientos ideológicos. Cosa más complicada de conseguir en tiempos de consumos fragmentados. Pero siempre habrá temas que nos unen. Solo hay que saber leer la curiosidad social que nunca para de evolucionar. El corazón ya no destaca cuando suena a montaje de reality show, pero atrae si el salseo habla sobre los artistas con los que hemos crecido. Y son parte de nuestra vida. En el fondo, su evolución es la nuestra. Así este curso hemos levantado la mirada con las ideas y vueltas de La Oreja de Van Gogh, hemos estado atentos al último concierto de Andy y Lucas y hemos ido al confesionario con Rosalía. El arte sigue cautivando como siempre. Sin embargo, ya no lo criticamos como antes. Porque sentimos que charlamos con los artistas en sus redes sociales.También el tono de salseo se ha contagiado a la política. Si las celebrities pueden ser "a la carta" de nuestras burbujas de expectativas, los políticos son los que son: su popularidad es la más transversal de la actualidad. Y su necesidad por mantener el control del relato se ha traducido en una tensión narrativa sin piedad. Ideal para ser fagocitada por los herederos del reality show. O de la parapsicología. Sin embargo, el abuso de estas dinámicas pueden terminar saturando. El ejemplo claro es Telecinco, que estiró de más la tele-realidad del cotilleo y el personal se agotó. Era un contenido barato: la cadena se transformaba en una tertulia eterna de dimes y diretes hacia ninguna parte.Pero la realidad nos recuerda que la televisión generalista vuelve a brillar y reunir diversidad de públicos cuando hay elaboración creativa más que intensa predicación, así que toca cambiar la pregunta de "¿quién sigue viendo la tele?" por ¿cuándo la gente regresa a la tele? El Telediario sobre la IA de TVE fue un triunfo de audiencia sin necesidad de excitar ninguna emoción. Solo contextos y conocimiento. Tu cara me suena mantiene el tipo, a pesar de un casting menos relevante que en otras ocasiones. Y las series españolas marcan el debate (y el liderazgo) cuando asoman en prime time afrontando cómo somos sin acomplejamientos paternalistas. ENA lo dejó claro. Anatomía de un instante, también.La tele continúa arrejuntándonos cuando habla el idioma de la calle desde la perspectiva de hoy. Y eso cómo se lee. Nadie dijo que fuera fácil comprender a la población. Somos contradictorios, diferentes y, a la vez, compartimos mismas motivaciones universales. Habrá que recuperar prácticas analógicas a las que dedicaba tiempo Chicho Ibáñez Serrador: no quedarse solo detrás de la pantalla y viajar por las ciudades para descubrir el talento de las periferias. El buen rendimiento de programas de autor del último año, como los de Andreu Buenafuente o Manu Sánchez, definen también la importancia de salir del Madridcentrismo y su contagiosa forma de mirar España. Porque Madrid es España, pero España no es Madrid. Ahí la tele de nuestro país se irá pareciendo más a las cadenas europeas, donde no hay solo tres tipos de programas que se repiten todo el rato (talents shows con famosos, late shows y debates de argumentario desde el kilómetro cero), donde hay mayor conciliación de horarios con los hábitos cotidianos del público, donde los programas están muy ordenados para calar en la rutina social, donde su duración es coherente con lo que cuentan y donde las parrillas principales se hacen fuerte en historias por encima de los cebos. La tele debe ser más experiencia. Así la audiencia se evade descubriendo historias, no impactada por la volatilidad del bullicio. Que ya somos protagonistas en primera persona de la bulla con solo abrir ciertas redes sociales. Como consecuencia, la polémica ya no es un infalible reclamo televisivo. Aunque no lo parezca. O no quieran que lo parezca. Porque vemos entre lo que se nos propone. Por eso mismo, a la tele le cuesta tanto superar el millón. Porque no se parece a la tele. Al menos, cuando escasea la autenticidad de las historias y sobran los reclamos de los bullicios.
¿Quién sigue viendo la tele hoy?
Una pregunta que se repite, pero ¿está bien formulada?











