Los edulcorantes llevan años presentándose como la alternativa “ligera” al azúcar. Están en refrescos zero, yogures, postres, chicles, barritas, salsas, mermeladas, productos “sin azúcar” y hasta en alimentos que, a simple vista, no parecen especialmente dulces.

Pero, como suele ocurrir en nutrición, la realidad es bastante menos simple que el eslogan. Reducir el exceso de azúcar sigue siendo una buena idea. El problema es pensar que cualquier edulcorante es automáticamente inocuo o que todos actúan igual dentro del organismo. Y ahí es donde el intestino, y en especial la microbiota intestinal, entra en juego.

La evidencia científica actual no permite decir que todos los edulcorantes “destrozan” el intestino, pero sí apunta a algo importante: no todos son iguales, no todos tienen el mismo efecto y algunos pueden alterar la microbiota, empeorar la tolerancia digestiva o favorecer molestias intestinales en ciertas personas.

Además, la Organización Mundial de la Salud (OMS) desaconseja el uso de edulcorantes no azucarados como estrategia para el control del peso a largo plazo, ya que no se ha visto un beneficio sostenido en la reducción de grasa corporal y existen dudas sobre sus efectos metabólicos y de salud a largo plazo.