Para frustración de un presidente que se siente cómodo en la estratosfera de las grandes abstracciones y no quiere preocuparse por asuntos meramente terrenales, desde hace cuatro meses, el mundillo político nacional gira en torno al caso patético protagonizado por el renunciado Manuel Adorni. Como una de aquellas telenovelas interminables basadas en las vicisitudes anecdóticas de personajes supuestamente representativos, el relato que se ha confeccionado acerca del ex jefe de Gabinete sigue fascinando a un público especializado que, semana tras semana, se afirmaba indignado por la extensa negativa de Javier Milei a liberarse de un hombre cuya mera presencia a su lado le estaba ocasionando una multitud de problemas.

Si bien las muchas infracciones contables perpetradas por el hombre no son comparables con las hazañas extraordinarias en dicho ámbito de los kirchneristas, a Adorni le ha tocado ser el símbolo máximo de la corrupción que es típica de integrantes de la casta que viven de la política. ¿A qué se debe, pues, tanta lealtad por parte de Milei? Nadie parece saber la respuesta, pero puede que se haya convencido de que le convenía prolongar la saga por algunos meses más. Después de todo, lo mismo que el Mundial, la crónica de la vida diaria de un político caído en desgracia sirve para mantener entretenida a la gente en una etapa que para muchos está resultando ser muy difícil. Es por lo menos factible que, desde el punto de vista de Milei, será mejor que los periodistas se dejen obsesionar por los gustos poco refinados de Adorni de lo que sería que insistieran en llamar la atención a la mortandad de las pymes.