Venezuela afronta uno de los retos más exigentes para cualquier Estado del mundo. Los terremotos no avisan, devastan zonas muy extensas y dañan las infraestructuras imprescindibles para socorrer a las víctimas cuando más lo necesitan, o sea, con urgencia. Los seísmos son uno de los exámenes más severos para cualquier administración pública, salvo en aquellos países, caso de Japón, asentados sobre placas llamadas a chocar cuyos edificios están preparados para afrontar temblores descomunales. Y aun así, muchos estados parecen resignados de antemano a sufrir los seísmos como si fuesen una fatalidad, una lotería o una adversidad sobre la que Dios proveerá. Llueve sobre mojado. Venezuela ha sufrido unos terremotos de tal magnitud que permitían inicialmente conceder el beneficio de la duda. A medida que avanzan las horas y los días, asoman, sin embargo, carencias y comportamientos que dejan en mal lugar las estructuras públicas, surgidas irónicamente de la llamada revolución bolivariana , un intento radical de favorecer a los más pobres, eliminar las desigualdades y distribuir con equidad los beneficios del petróleo.Los venezolanos están sufriendo una catástrofe que invita a la mano tendida, la ayuda y la solidaridad del resto del mundo, sin otros miramientos. La respuesta internacional está siendo considerable y a la altura –de momento– del drama, pese a las limitaciones que imponen las afectaciones en aeropuertos y los cortes de carretera y de las telecomunicaciones. España se está volcando con un pueblo hermano, como sucedería a la inversa. Más allá de gobiernos, presidentes y jefes de Estado, los vínculos entre España y Venezuela tienen algo de sanguíneos y mucho de sentimentales. Centenares de miles de compatriotas emigraron a Venezuela en los años de la posguerra, hasta entrada la década de los años 60; un flujo que actualizó los lazos históricos, entre los que cabe incluir una lengua compartida. En justa correspondencia, 325.000 venezolanos viven actualmente en España, además de otros 250.000 con doble nacionalidad.Asoma la ineficacia de un régimen “popular” que abandona a su suerte a la ciudadaníaAfortunadamente, la mayoría de países, especialmente los americanos, han orillado las discrepancias ideológicas y tratan de paliar la tragedia. Estados Unidos, Chile, El Salvador, Argentina o Israel figuran entre los mismos, pese a los desencuentros ideológicos o el hecho de no reconocer la legitimidad de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. No es una contradicción: se trata de auxiliar al pueblo venezolano, con independencia del color de su Gobierno.Los terremotos han llegado en un momento único en la historia de Venezuela, un símbolo de prosperidad hasta los años 80 del siglo pasado. Estados Unidos secuestró el pasado 3 de enero al presidente Nicolás Maduro, elegido en unas elecciones fraudulentas, a fin de rendir cuentas ante la justicia estadounidense por su presunta involucración en el narcotráfico. Delcy Rodríguez se avino a una sucesión bajo tutela de la Casa Blanca, más interesada en rentabilizar la industria petrolera que en pilotar una rápida democratización del sistema.España se está volcando con un pueblo hermano con el que ha compartido flujos migratorios¿Es exigible a Estados Unidos que asuma protagonismo en estas horas críticas? No más allá de una ayuda conforme a su tutela, que no es sinónimo de control absoluto. Salvo el relevo presidencial, Estados Unidos es ajena a las estructuras emanadas del ascenso al poder del coronel Hugo Chávez allá por 1999. La “revolución bolivariana” ha controlado y modelado un Estado a su gusto desde hace un cuarto de siglo, ciertamente fracasado: millones de venezolanos han tenido que emigrar este siglo XXI, la economía renquea y los subsidios han instaurado un modelo clientelar, incapaz de generar riqueza, pero sí de igualar a la población en lo que a penurias se refiere.Las noticias de Venezuela reflejan todos los síntomas de un Estado que roza lo fallido pese a su cacareada voluntad de dedicación y entrega al pueblo. Exceso de burocracia, invisibilidad de los máximos dirigentes y temor a perder el control de la seguridad han dejado a los venezolanos con una sensación de desamparo que crece con las horas. He aquí el triste desenlace de la “revolución bolivariana”, antaño exaltada por sectores de la izquierda extrema española y hoy ejemplo indiscutible de un Estado que, nadando en petróleo –las mayores reservas del mundo–, es incapaz de paliar las necesidades –nada sencillas, es cierto– del pueblo. El dolor y la tragedia de los venezolanos merecen la ayuda de todos, a diferencia del régimen que en nombre del pueblo tan poco hace por él.
Venezuela, la orfandad del pueblo, por Editorial
Venezuela afronta uno de los retos más exigentes para cualquier Estado del mundo. Los terremotos no avisan, devastan zonas muy extensas y dañan las infraestructuras imprescindibles para socorrer a las víctimas cuando más lo necesitan, o sea, con urgencia. Los seísmos son uno de...










