Los terremotos del 24 de junio han reproducido la imagen previsible que toda catástrofe ofrece a la opinión pública: edificios colapsados en La Guaira y Caracas y un balance de heridos y muertos aún por conocer. Pero la verdadera dimensión del desastre venezolano no se mide solo debajo de los escombros. La sacudida ha evidenciado la realidad de un Estado debilitado por años de deficiencias de gobernanza y con enormes limitaciones para conducir una mínima respuesta. De cómo resuelva este desafío la ayuda internacional dependerá la calidad de la asistencia y las condiciones de un trabajo de respuesta y recuperación temprana que va a ser largo y difícil en estos próximos meses.La respuesta a un gran terremoto es, ante todo, un desafío de coordinación que debe engrasarse en los primeros días. La arquitectura internacional de respuesta (equipos de búsqueda y rescate y equipos médicos) está diseñada para acoplarse a una estructura nacional que guíe y dé luces sobre el terreno. En Venezuela, esto se reduce a una estructura de coordinación militar. Años de vaciamiento institucional han dejado a las administraciones públicas venezolanas con escasa capacidad resolutiva y sin mecanismos sectoriales de coordinación y funcionamiento. La rápida solicitud de ayuda internacional de las autoridades al sistema internacional ante el sismo, contrasta con las restricciones que durante años han condicionado la acción humanitaria en el país. La mayor fortaleza de la respuesta nacional radica en la capacidad de movilización de las fuerzas armadas venezolanas, no tanto por sus capacidades y su preparación frente a desastres, sino por el número de efectivos que suman entre todas ellas. Sin embargo, lo que se ha apreciado en estos primeros días son las redes comunitarias, miles de centros de acopio, grupos de voluntarios organizados y una comunidad solidaria autogestionando sus necesidades ante un Estado carente de medios. Ha sorprendido la escasa presencia de la Guardia Nacional Bolivariana en las labores de búsqueda y rescate mientras la desesperación de la población se hace visible.Años de vaciamiento institucional han dejado a las administraciones públicas venezolanas con escasa capacidad resolutiva y sin mecanismos sectoriales de coordinación y funcionamientoEl riesgo de fondo ante la ausencia de una mínima estructura nacional que lidere tiene un precedente con nombre propio en la región: Haití. La ayuda internacional descargó tras el terremoto de 2010 una afluencia masiva de recursos sobre un Estado severamente debilitado, sin un centro de coordinación que ordenara el esfuerzo. El resultado fue la atomización, la creación de estructuras paralelas que competían entre sí y las evaluaciones duplicadas en las primeras setenta y dos horas, que se consumieron en el desorden mientras los gritos de auxilio se apagaban. Que no se repita este guion depende de la enorme experiencia de los equipos internacionales en el terreno y de que Naciones Unidas (acostumbrada a un escenario venezolano de crisis prolongada) y el Movimiento Internacional de la Cruz Roja ayuden a las autoridades venezolanas en el establecimiento de un centro de operaciones funcional que ordene el despliegue humanitario en y hacia La Guaira.De ese reto operativo inicial cuelgan los demás. El primero ha sido asegurar el acceso de los equipos de rescate a la zona de impacto. El aeropuerto de Maiquetía (justo en la zona cero), principal puerta de entrada al país, ha resultado dañado y está parcialmente cerrado, condicionando las horas iniciales de un despliegue internacional que no ha sido tan rápido como otras veces. Las operaciones de recepción de asistencia internacional se han conducido desde la Base Área Militar de El Libertador (aproximadamente a tres o cuatro horas de distancia de la zona cero en un tránsito lento). La dificultad reside en cómo hacer eficiente ese puente humanitario entre Maracay y La Guaira, incorporando progresivamente a Maiquetía en ese eje de respuesta cuando esté plenamente operativo. En ese sentido, el actual centro de mando ubicado en la Base Militar de la Carlota se antoja lejos de la zona cero. Una franja de tierra estrechaEl segundo vacío es físico, espacial. La Guaira es una franja estrechísima encajonada entre el mar y la montaña, sin apenas espacio donde desplegar equipos y moverse con holgura. La congestión del espacio físico con múltiples operadores humanitarios en medio de las ruinas requiere de una clara sectorización del terreno para que los rescatistas se muevan con velocidad en estas últimas horas críticas y se dibuje un mapa sobre el terreno de servicios humanitarios lo más eficiente posible y estable con una mirada a largo plazo. El tercero es sanitario. Es difícil saber cuántas personas permanecen sepultadas o han fallecido debajo de los escombros. Cientos de cadáveres y miles de heridos se concentran en una zona costera que cuenta con hospitales con limitada capacidad para absorber la demanda y muy afectados por la crisis del sector salud en el país. Es necesaria la puesta en marcha de una célula de salud técnica, que coordine a los equipos médicos internacionales de emergencia y las necesidades específicas que se van demandando. Los medios en salud que la comunidad internacional está poniendo a disposición son claves y deben operar como una red de referencia y contrarreferencia conectada con las estructuras sanitarias en Caracas, ampliamente desbordadas. Aquí la Cruz Roja y la Organización Panamericana de la Salud tienen un amplio espacio de trabajo para incidir sobre las autoridades y hacerles ver el esquema adecuado con una mirada de medio y largo plazo.El cuarto desafío, que gana protagonismo con el paso de los días, es el refugio. Miles de personas que no quieren o no pueden volver a sus casas (por miedo a las réplicas o porque sus edificios quedaron comprometidos) se concentran en plazas y calles rodeados de montañas de escombros que hay que empezar a pensar cómo serán manejados.Las iglesias y parroquias, que ya operan como primer refugio y centro de reparto en muchos barrios empobrecidos, tienen patios y naves que pueden convertirse en albergues. Lo mismo vale para escuelas y polideportivos. Naciones Unidas empieza a desarrollar instalaciones. El reto, en todos los casos, no es solo disponer de los recintos, sino gestionarlos con estándares humanitarios. Las ONG internacionales tienen toda la capacidad para apoyar este proceso en un sector que va a ser crítico una vez finalicen las labores de búsqueda y rescate en los próximos días.Por último, el efecto Washington. La evolución de la respuesta va a depender del papel que desempeñen los Estados Unidos en estos próximos días, no solo en la respuesta, sino también en las fases siguientes. Hay ya un despliegue importante de capacidades logísticas a través del Comando Sur, activos navales, aéreos y equipos especializados en apoyo a operaciones de emergencia.Este despliegue tiene una ventaja difícil de discutir: en los primeros días se salvan vidas y el transporte estratégico, la ingeniería, las comunicaciones y la gestión de los puntos de entrada permiten acelerar el despliegue de equipos y el establecimiento de un flujo de la asistencia. Cuando una respuesta extranjera asume el mando sin que una estructura nacional tenga el control real, asume también la potestad de priorizarEl reverso de ese modelo también lo vimos en Haití. Cuando una respuesta extranjera asume el mando sin que una estructura nacional tenga el control real, asume también la potestad de priorizar. En Puerto Príncipe, el control estadounidense del aeropuerto se tradujo en aviones de aliados y de organizaciones humanitarias rechazados o retrasados, y en una coordinación de Naciones Unidas relegada a un segundo plano. Por ejemplo, en el tsunami de Banda Aceh (Indonesia), el éxito relativo del despliegue norteamericano se debió, sobre todo, a que el repliegue militar fue rápido y la operación se devolvió pronto a manos civiles y estructuras locales. En definitiva, la comunidad humanitaria enfrenta en Venezuela enormes desafíos políticos y operativos en una respuesta de alta complejidad. Y lo hace sobre una profunda crisis estructural, rechazo de la sociedad hacia las autoridades y sobre las mismas laderas y costas donde en 1999 la montaña sepultó a más de 30.000 personas en la Tragedia de Vargas. No merece esta tierra hermosa y sus gentes tanto dolor y sufrimiento.
Venezuela: una respuesta humanitaria de alta complejidad
Los terremotos del 24 de junio han evidenciado un Estado debilitado con enormes limitaciones para ofrecer una respuesta. Las catástrofes del seísmo en Haití y de Indonesia con el tsunami muestran que es necesaria una mínima estructura nacional que lidere










