Los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que han sacudido Venezuela han provocado, hasta el momento, cientos de muertos y miles de heridos, y han devastado buena parte del país y abierto una herida que tardará años en cicatrizar. Hoy la prioridad es salvar vidas, atender a los heridos, dar refugio a quienes lo han perdido todo y rehacer una infraestructura que, incluso antes de la tragedia, mostraba profundas carencias. La dimensión de la catástrofe obliga también a entender que ninguna diferencia ideológica puede justificar la indiferencia ni el enfrentamiento en momentos como este.Venezuela necesita el apoyo del mundo entero. Sin excepciones. De los países vecinos, de los organismos multilaterales, de Europa, de Naciones Unidas, de los bancos de desarrollo y especialmente de Estados Unidos. El Gobierno de Donald Trump ha tutelado el devenir del país desde que lo atacó el 3 de enero para hacerse con el control de las reservas de petróleo y minerales. Es la hora de que la mayor potencia mundial ayude sin reservas y con los recursos suficientes a Venezuela en una de sus peores tragedias humanitarias recientes.La respuesta internacional no puede convertirse en un nuevo escenario de disputas diplomáticas ni de cálculos geopolíticos.Tampoco debería ser utilizada para reabrir debates que pertenecen a otra época. Habrá tiempo para la política. Hoy corresponde la solidaridad. Cuando miles de familias buscan entre los escombros, cuando hospitales, carreteras, escuelas y viviendas han quedado destruidos, la primera obligación es salvar vidas y empezar a reconstruirlas.También Venezuela tiene una oportunidad histórica. Las grandes catástrofes suelen dejar al descubierto las debilidades de un país, pero a veces también sirven para acelerar transformaciones que durante años parecían imposibles. La reconstrucción no debería limitarse a devolver las cosas al punto en el que estaban antes del terremoto. El país necesita un auténtico plan nacional de infraestructuras que piense en las próximas décadas: edificios con estándares antisísmicos modernos, redes eléctricas y de agua resilientes, hospitales preparados para emergencias, mejores sistemas de protección civil y una planificación urbana capaz de reducir el impacto de futuros desastres.Ese esfuerzo exigirá recursos que Venezuela no tiene a mano, y esto le impide afrontar sola esta tarea monumental. Requerirá financiación internacional, cooperación técnica y una coordinación sin precedentes entre instituciones nacionales y organismos multilaterales. Pero también demandará algo menos tangible y quizá mucho más difícil de obtener: confianza. La confianza necesaria para que gobiernos, empresas, organismos internacionales y sociedad civil trabajen juntos y con un mismo objetivo. La confianza que a fin de cuentas únicamente puede proporcionar un verdadero Estado de derecho y el pluralismo político. Porque la reconstrucción no puede convertirse en un botín político. Debe ser un proyecto de país.Venezuela atraviesa una de las horas más difíciles, y sucede en un momento clave de su historia, tras la caída de Nicolás Maduro, la cooperación de Caracas con la potencia tutelar en Washington, los primeros pasos para recuperar el acceso a los mercados con un plan de reestructuración de la deuda, y la aplazada democratización. El mundo tiene la obligación moral de acompañar a los venezolanos. Y sus dirigentes, la responsabilidad de aprovechar este dolor para construir un país más seguro, más moderno y mejor preparado para el futuro. Que de los escombros surja algo más que la reconstrucción material: un nuevo consenso nacional, democrático, basado en la cooperación, la planificación y la unidad. La política y los políticos deben encontrar su mejor versión cuando dejen de dividir para empezar a reconstruir.