Venezuela se despierta estos días con un silencio que no es calma, sino ausencia. Tras dos terremotos consecutivos, el país cuenta ya más de 3.000 personas fallecidas, miles de heridos y de familias que han visto cómo su vida cambiaba en segundos. Las cifras son duras, pero detrás de cada número hay una tragedia: una madre que no encuentra a su hijo, un abuelo que lo ha perdido todo, un barrio entero que ya no reconoce sus calles y niños y niñas que no pueden ver truncado su futuro. Y ahí es donde nosotros podemos hacer algo para que no todo se derrumbe: ayudar a organizarse, para que las comunidades se sostengan unas a otras cuando el suelo falla. En estos primeros doce días, como en las primeras horas, la prioridad ha sido salvar vidas. Ha sido encomiable la labor de los equipos de rescate trabajando sin descanso, de los voluntarios llevando agua, alimentos y linternas, de los hospitales y centros de salud atendiendo a heridos… mientras miles de familias esperaban noticias y el mundo entero se encogía aguardando en vilo por algunos supervivientes que rozan el milagro. Durante esa fase, cada minuto cuenta. Cada decisión se mide por una sola pregunta: ¿podemos sacar a alguien con vida? Es una carrera contra el tiempo, contra el cansancio, contra el miedo a nuevas réplicas. Y Venezuela, como tantas veces ocurre en emergencias, ha mostrado que cuando una comunidad se une, puede hacer lo imposible. Pero hoy, sin restar un ápice de importancia a lo que aún queda por hacer en rescate, se abre una segunda urgencia que no puede esperar: retomar vidas. El país necesita ayuda para salir del modo supervivencia y entrar en el modo reconstrucción, no solo de edificios e infraestructuras, sino de la vida cotidiana. Porque cuando una emergencia se prolonga, el riesgo no es únicamente la falta de techo, sino también la pérdida de perspectivas, especialmente para la infancia. Los niños y las niñas siempre se llevan la peor parte en los desastres. Son el sector de la población más vulnerable. Los niños y niñas no deciden dónde viven, en qué condiciones está su escuela, si su familia tiene recursos para desplazarse o rehacer su hogar. Y cuando la rutina desaparece, sin aulas, sin recreo, sin tareas, e incluso sin noticias de los amigos, el impacto no es solo académico: es emocional, psicológico y social. Volver al colegio es mucho más que volver a estudiar: es recuperar un lugar seguro, una estructura, un ritmo. Es volver a ser niño cuando todo alrededor parece obligarte a ser adulto. TE PUEDE INTERESAR Por eso, hoy debemos insistir en que los espacios seguros, como los que están implementando las ONG internacionales, especialistas en ayuda humanitaria que integran el Comité de Emergencias Español, son una prioridad humanitaria. Si las escuelas han quedado dañadas, deben habilitarse espacios temporales seguros. Si faltan materiales, hay que repartirlos. Si muchas familias han sido desplazadas, deben crearse soluciones educativas flexibles para que ningún niño ni niña quede fuera. Y ante el inevitable miedo, es imprescindible el acompañamiento con información clara y con medidas de seguridad. Pero hablar de retomar vidas no es hablar solo de paredes y pupitres. Es hablar de lo que no se ve. El trauma, el duelo, la ansiedad, el insomnio, la sensación de amenaza constante. Para muchos niños y niñas, el temblor se repite cada noche en forma de pesadilla. Para muchos adultos, la culpa por no haber podido ayudar, o la angustia por lo perdido, se convierte en una carga silenciosa. TE PUEDE INTERESAR Aquí es donde la ayuda psicosocial se convierte en una parte esencial de la respuesta. Cuidar la salud mental también salva vidas: reduce el riesgo de violencia, de abandono escolar, de consumo de sustancias, de depresión. En los menores, un buen acompañamiento puede marcar la diferencia entre un episodio traumático que se procesa con apoyo y uno que deja cicatrices profundas. Necesitamos equipos formados y recursos para ofrecer primeros auxilios psicológicos, espacios amigables para la infancia, atención especializada para casos graves y apoyo comunitario para quienes sostienen a otros: docentes, cuidadores, personal sanitario y voluntariado. La fortaleza no se improvisa: se construye con redes, con escucha, con acompañamiento y con tiempo. A la vez, la recuperación exige cubrir necesidades básicas de forma sostenida. Muchas familias han perdido su vivienda o viven con miedo a regresar. Por eso la respuesta que se proporciona con la colaboración de las ONG incluye albergue seguro, distribución de agua potable, alimentos, kits de higiene, acceso a servicios sanitarios y protección frente a riesgos añadidos como enfermedades, violencia o explotación. TE PUEDE INTERESAR Desde el Comité de Emergencias Español reiteramos nuestro compromiso con una ayuda coordinada, eficaz y centrada en las personas. En situaciones de esta magnitud, la solidaridad no se mide solo por la rapidez, sino por la continuidad. La fase mediática dura días, pero la recuperación dura años. Y es precisamente cuando la atención internacional comienza a apagarse cuando más falta hace mantener el apoyo. Porque reconstruir un centro de salud, reabrir una escuela, restablecer un sistema de agua o rehabilitar viviendas no se hace con titulares: se hace con recursos, con planificación y con presencia. Hoy Venezuela necesita que la sigamos mirando. Que no nos acostumbremos al dolor. Que entendamos que la emergencia no termina cuando dejan de sonar las sirenas o cuando se van los equipos de rescate, sino cuando una familia puede volver a cenar sin miedo, cuando un niño o niña puede volver a aprender, cuando una comunidad puede volver a proyectar su futuro. Hemos dedicado esfuerzos inmensos a recuperar vidas. Ahora toca algo igual de urgente y profundo: retomar vidas. Que los niños y niñas vuelvan al colegio, que las familias recuperen un hogar, que el duelo encuentre apoyo, que la salud mental reciba atención, que la reconstrucción sea también una reconstrucción de dignidad. Ese es el desafío tanto para las entidades locales como para las ONG que integran el Comité de Emergencia Español, Acción contra el Hambre, Aldeas Infantiles SOS, Educo, Entreculturas, Médicos del Mundo, Oxfam Intermón, Plan International y World Vision, que colaboran con ellas. *Sara Barbeira, directora del Comité de Emergencias Español. Venezuela se despierta estos días con un silencio que no es calma, sino ausencia. Tras dos terremotos consecutivos, el país cuenta ya más de 3.000 personas fallecidas, miles de heridos y de familias que han visto cómo su vida cambiaba en segundos. Las cifras son duras, pero detrás de cada número hay una tragedia: una madre que no encuentra a su hijo, un abuelo que lo ha perdido todo, un barrio entero que ya no reconoce sus calles y niños y niñas que no pueden ver truncado su futuro. Y ahí es donde nosotros podemos hacer algo para que no todo se derrumbe: ayudar a organizarse, para que las comunidades se sostengan unas a otras cuando el suelo falla.