OpiniónPor qué un país que viene de unas elecciones difíciles necesita gritar un gol junto a un desconocido29.06.2026 11:28 Actualizado: 29.06.2026 11:35 Donde quiera que esté, me siento en un café con personas reales que están aprendiendo a nombrar lo que sienten. Porque nombrar es el primer acto de libertad. Eso es Aroma de Emociones. Si es tu primera vez aquí, hay una silla para ti.Andrés llegó al café con la camiseta de la Selección puesta. Un martes, sin partido esa noche. La trajo puesta todo el día, dijo, sin razón aparente.— Rebe, ¿te puedo contar algo raro?— Siempre.— Llevaba meses sin hablar con mi papá. Desde la campaña. Le dije que su candidato no entendía nada del país real. Él me dijo que yo hablaba como si nunca hubiera trabajado un día en mi vida. Cosas que todavía duelen, aunque ya ni me acuerdo bien por qué empezamos. Y el sábado pasado, cuando Colombia empató con Portugal y quedó líder del grupo, me llegó un audio de él. Gritando el gol que le anularon a Davinson Sánchez. El mismo grito que yo solté en mi sala, solo, a las seis y media de la tarde.— ¿Y qué hiciste?— Le contesté con otro audio. Gritando igual. No hablamos de la elección. No hablamos de nada de lo que pasó. Solo gritamos el mismo gol.Pidió un tinto. Yo también. Porque algunas conversaciones necesitan esa tacita pequeña y cargada para sostenerse.— ¿Sabes qué fue lo que sentiste cuando le contestaste el audio? — le pregunté.— ¿Perdón?— No. Perdón es otra cosa, más completa, más trabajada. Lo que tú sentiste tiene un nombre más preciso: tregua sin explicación. Ese acuerdo silencioso de no resolver nada todavía, pero de no seguir lastimándose tampoco. No borra lo que pasó. Pero abre una puerta que estaba cerrada con llave.— Tregua sin explicación — repitió, como probándose la frase —. Sí. Eso es exactamente.Vivir en sociedad nos impone represas. Roles, reglas, todo lo que sentimos, pero no podemos decir en voz alta. Eso es lo que llamamos "tragar sapo" — la rabia legítima que la vida cotidiana no nos deja sacar.— Llevábamos meses tragando entero — me dijo Andrés. Las elecciones, las familias divididas, la angustia de no saber qué le pasaba al país. Y de repente todo ese estrés tenía un lugar para ir.Esa rabia, esa tensión acumulada, no desaparece sola. Necesita salida. Y cuando gritas un gol hasta quedarte sin voz, cuando insultas al técnico por una decisión que no entiendes, cuando sientes una furia completamente desproporcionada por un VAR (Video arbitraje) que te robó la alegría por tres minutos — no estás exagerando. Estás encontrando, finalmente, un lugar seguro para soltar lo que cargabas.Colombia, líder absoluta de su grupo con siete puntos, le dio a millones de colombianos exactamente eso después de un período electoral tan dividido: una válvula legítima para toda esa presión contenida.— ¿Sabes qué hicimos el sábado? —me preguntó Andrés. Mi mamá hizo arroz con pollo, como cuando yo era niño. Pusimos la bandera en el balcón. Y por noventa minutos, en mi casa, no existió nada más que el partido.Eso es lo que el psicoanálisis llama sublimación: tomar una tensión enorme y convertirla en algo compartido, hasta hermoso. Reunir a la familia. Cocinar lo de siempre. Sacar la bandera — amarillo, azul y rojo, los colores que representan el oro de esta tierra, los dos océanos que la abrazan, y la sangre de quienes lucharon por su independencia — y colgarla sin que nadie tenga que preguntar de qué partido eres.Vivir huyendo siempre de la realidad es alienación. Pero pretender vivir el cien por ciento del tiempo dentro de los problemas, sin ninguna tregua, es insoportable. Lo que Colombia está viviendo con este Mundial no es huir. Es descansar. Es una fuga buena, necesaria, casi terapéutica.— ¿Sabes por qué los soldados usan el mismo uniforme en la guerra? — le pregunté a Andrés.— Para no dispararle a un aliado.— Exacto. En psicoanálisis existe el concepto de desamparo —lo que Freud llamó Hilflosigkeit, esa sensación original de estar solos frente a algo que nos desborda. Y una de las formas en que aprendemos a manejarlo es identificándonos con otros, sintiéndonos parte de un grupo. En el Mundial pasa algo parecido a esa trinchera: todos con la misma camiseta. Eso activa algo muy antiguo en nosotros — el sentido de pertenecer, frente a la sensación de estar solo frente a un mundo difícil.— Por eso no importa de qué partido seas cuando juega Colombia.— Por eso. En esos noventa minutos te acuerdas de que eres parte de algo más grande. Y en una sociedad real, si uno gana, todos ganamos un poco. El gol de Muñoz contra el Congo no fue solo de Muñoz. Fue de cada persona que lo gritó desde su sala, su tienda, su bus. Cada jugada de James driblando entre tres rivales se convierte en la prueba viva de que tú también, tantas veces sin salida, encontraste la forma de driblar tu propia dificultad.Antes de irse, Andrés me hizo la pregunta que toda persona en algún momento me hace cuando descubre que soy brasileña, vivo en Estados Unidos, y escribo para Colombia con todo el corazón.— ¿Y tú a quién le vas si Brasil juega contra Colombia?Sonreí.— Voy a ganar de cualquier forma. Porque el amor no es un balde que se vacía. El cariño que siento por Colombia no le quita nada al que siento por Brasil, ni al que tengo por Estados Unidos, donde vivo hoy. Un amor no excluye al otro.— Deberíamos aplicar eso fuera del fútbol también.— Esa es exactamente la columna que estoy escribiendo ahora mismo, Andrés.Se rió. Y antes de salir, se subió la manga para mostrarme algo que no había notado: una pequeña bandera de Colombia tatuada en el antebrazo, junto a una fecha. La fecha de un Mundial pasado, el primero que vio con su papá.Y ahora te lo digo a tiSi esta Copa del Mundo te tiene gritando con extraños, llorando con una jugada, mandando audios a alguien con quien no hablabas — no es frivolidad. Es tu cuerpo y tu psiquis encontrando, después de meses de tensión política, un lugar seguro para soltar lo que cargaban.Si hay alguien con quien no hablas desde la elección, quizás no necesites resolverlo todo todavía. Quizás solo necesites una tregua sin explicación. Un audio gritando el mismo gol. Eso no borra las diferencias. Pero por noventa minutos, sin importar por quién votaste, gritas el mismo gol que tu vecino, que tu papá, que el desconocido en la otra mesa del café. Y eso, en un país que tanto necesita recordar que es una sola sociedad, vale más de lo que parece.Colombia es un país que sabe celebrar como pocos en el mundo — con tinto, con arroz con pollo, con la bandera en el balcón, con un orgullo que ningún resultado electoral puede apagar del todo. Y como brasileña que ha aprendido a amar esta tierra casi tanto como la propia, lo digo con toda honestidad: ese orgullo colombiano es contagioso, y el mundo entero debería sentirse afortunado de verlo brillar así, aunque sea por noventa minutos a la vez.Por ahora: respira. Grita el gol. Y recuerda que la alegría compartida también es un acto de unión — quizás el más honesto que tenemos disponible ahora mismo.Con cariño y presencia,Rebeca MacedoEmpresaria, escritora y creadora de Aroma de EmocionesAutora de ¿Cómo se llama eso que sientes?@rebecacmacedo Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. 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