Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Para muchos, finalmente llegó el día. Cuatro años de espera para volver a ver un Mundial, y para vivir todo lo que eso trae. Para nosotros, los colombianos, la celebración es mayor, pues esa última cita nos la perdimos, entonces la emoción viene guardada desde hace ocho años. Y si bien este espacio no es para hablar de fútbol, es imposible no verse inmerso en un tema que acaparará las próximas semanas y que, además, nos da un respiro frente a la complicada realidad que vivimos en otros temas (pero ojo, no puede ser una disculpa para no involucrarse). El Mundial tiene la virtud de reunir, de acercar, de invitar a compartir. En ese sentido, guarda cercanía con la cocina: así como en torno a una mesa nos encontramos, frente a un partido de fútbol también. No se necesita ser un experto o un conocedor del deporte: solo estar dispuesto a sentarse con familia, amigos o desconocidos a disfrutar del juego, si les gusta, o de la compañía y la oportunidad de encontrarse. Los partidos también se convierten en una excusa para sorprender y compartir un almuerzo o comida. Cada nueva fecha, y en especial a medida que se va avanzando de ronda, los juegos se convierten en una celebración. Hay opciones populares, como alitas picantes, nachos o “comida chatarra”. Aquí el límite lo pone la creatividad: por ejemplo, conozco amigos que cocinan platos que tengan que ver con los países que se enfrentan. Llegaron al nivel de comer lechona durante casi seis horas en espera al partido de Colombia con Argentina en la final de la Copa América hace dos años. Y para pasar la pena de la derrota, cómo no, otra dosis de marranito. Así que el tener reunidos a 48 países durante un mes es una oportunidad inmejorable de hacer un tour gastronómico y conocer un sinnúmero de platos. Está lo obvio: un asado si juega Argentina, una paella para ver a España o fish n’ chips para hacerle barra a Inglaterra. Pero, ¿y si ensayamos los platos típicos de Nueva Zelanda, Bosnia o Uzbekistán? Sería un reto múltiple: buscar la receta, encontrar los ingredientes, perfeccionar la preparación y los sabores, y soñar con que sea un gol para los comensales. Ahí les dejo la inquietud, como dicen por ahí… Ese mismo reto lo podemos hacer con los partidos de la selección. En principio hay tres oportunidades, los partidos de primera ronda, para celebrar nuestros sabores. ¿Qué tal que la primera fecha fuera nuestro pacífico, la segunda los llanos y de cierre el Boyacá? Y nos toca hacer fuerza para que en dieciseisavos de final llegue el momento de la costa Caribe, y seguir avanzando para visitar a Antioquia, Santander, el altiplano. Este orden es solo una propuesta: cada uno acomoda a su menú a su gusto. El fútbol, así esté en su mayor fiesta, también da pie para volver a lo básico. Mientras el país celebra cada gol y sueña con levantar la copa, vale la pena recordar que el verdadero partido empieza mucho antes de los estadios llenos y las transmisiones internacionales. Empieza en las escuelas de fútbol de barrio, en las canchas de tierra, en los entrenadores que muchas veces trabajan más por vocación que por recursos. Colombia no ha construido sus grandes figuras desde el privilegio, sino desde territorios donde el balón se convirtió en una oportunidad de vida. Ahí están Pescadito, La Guajira (¡vamos Lucho!) y el Chocó como prueba de que el talento colombiano nace en la raíz popular. Muchos de los jugadores que hoy representan al país comenzaron en espacios donde el fútbol también fue refugio, disciplina y, sobre todo, esperanza. Invertir en estas escuelas no es únicamente formar deportistas; es construir tejido social, alejar niños de la violencia y abrir caminos reales de futuro. Cada uniforme, cada cancha digna y cada proceso serio de formación puede cambiar una historia completa. Porque cuando Colombia apuesta por sus niños, también está apostando por el próximo capítulo de su identidad y de su orgullo colectivo. Último hervor. Nos estamos jugando el paso a la segunda ronda del Mundial y a la Presidencia casi al tiempo. En ambos casos hay que evitar insultos, agravios y apuestas, donde estamos excedidos, porque a estas alturas ni las encuestas o las apuestas generan confianza. Un llamado respetuoso a vaticinadores, brujos, lectores del futuro y expertos instantáneos: muérdanse un poco la lengua, bájenle al volumen y recuerden que el futuro de un país de más de 50 millones de personas no cabe en una publicación ni se define en una tendencia. Las redes sociales pueden amplificar opiniones, pero no reemplazan la realidad. Y la realidad, gracias a Dios, siempre es mucho más grande y compleja que cualquier algoritmo. @madamepapitaConoce más