El silbato vuelve a sonar y anuncia el inicio, cuatro años después, de una nueva fiesta mundialista. Este año, la apuesta es ambiciosa: tres sedes, 16 estadios, 39 días, 48 selecciones y 104 partidos; pero, como siempre, solo un ganador.

Millones de personas alrededor del mundo se congregan en estadios, bares, restaurantes y casas particulares. Se reúnen con amigos o familiares e, incluso, quienes no suelen seguir este deporte ven más de un partido durante esos días.

Y es que, como ocurre cada cuatro años, el mundial de futbol paraliza al planeta. Más allá de los 90 minutos de juego, este evento provoca que, durante un mes entero, buena parte de la humanidad reorganice horarios, conversaciones y emociones alrededor de un balón.

El torneo une a países y comunidades enteras, que proyectan orgullo nacional o apoyo a alguna selección afín. Los aficionados convierten cada partido en una batalla simbólica en la que se disputan identidad, pertenencia y reconocimiento. No solo siguen a un equipo, sino que se reconocen a sí mismos en colores, símbolos e historias compartidas.

No hay distinción de edad ni sexo. Lo que importa son las banderas, y la camiseta de una selección pesa más que la ciudad o incluso que la rutina diaria.