Hace unas semanas en un artículo, nos referíamos al prestigio de las instituciones públicas, advirtiendo que en los consensos entre los distintos grupos políticos e ideológicos radicaba, en gran medida, el acierto en la gobernanza del Estado en su conjunto, teniendo en cuenta que la soberanía nacional reside única y exclusivamente en el pueblo español (artículo 1 de la Constitución), que aspira a la paz y la justicia social y cuyos servidores, que son los representantes políticos, vienen obligados a garantizarla. Fernando Villar / EfeLa Constitución de 1978, la más longeva de nuestra historia desde la de Cádiz de 1812, que fue la primera, es el resultado de una época de duros desencuentros, guerra civil y posterior y larga dictadura, que llevaron a nuestro país a la ruina y a la insignificancia a nivel internacional.Con ánimo de decir nunca más, vencedores y vencidos, y vencidos y vencedores, pactaron una Carta Magna que pusiera fin al enfrentamiento y así recuperaron en un nuevo marco jurídico democrático y social una gobernanza respetuosa siempre con las mayorías y minorías parlamentarias conforme a las normas democráticas recogidas en la Constitución, en la que todos los ciudadanos debíamos ser actores de la política.Recordemos aquellos hombres y mujeres de todos los signos políticos, muchos de ellos venidos de un triste y largo exilio, que concibieron y pactaron una reforma en profundidad de nuestro sistema político, retornando España a la democracia perdida y ofreciéndonos un sistema homologable al del resto de países democráticos europeos.Los índices de progreso y de estabilidad social son hoy parangonables con los de los países más desarrollados democráticamente del mundo occidental. Prueba de ello es nuestra presencia en el concierto de las naciones y la atención que merece España en el mundo, que se ha convertido, además, en el país más visitado, por encima de Francia y Estados Unidos.Es una lástima que cuando el poder se cree poder y no servicio puede convertirse en interés de partidoYa, desde un principio, ingresamos en las instituciones democráticas internacionales y no como meros observadores, sino participando activamente en ellas y ostentando relevantes responsabilidades hasta nuestros días. La voz de España es oída y respetada en la comunidad internacionaly participamos tanto en su defensa como en su desarrollo.Nuestras empresas, sindicatos y en general la sociedad civil está activa y ejerce una actividad subsidiaria de primer orden en la sociedad, con iniciativas de gran calado y con una presencia internacional que coloca a nuestro país en una situación envidiable en el concierto internacional. Todo ello no es más que el esfuerzo común de los que vivimos en nuestro país; tanto los que nacimos en él como los que en él viven y trabajan somos actores indiscutibles de estos logros.España fue siempre un país de acogida, pero tampoco podemos olvidar que muchos españoles fueron acogidos en otros países (especialmente en Europa y América Latina), en los que se refugiaron a causa de la guerra y de las persecuciones políticas, así como aquellos que emigraron para sobrevivir, ya que nada podía ofrecerles la guerra ni la posterior dictadura. Si olvidáramos esto, traicionaríamos la memoria histórica de nuestro país. El desencuentro y la falta de respeto de los políticos en atender las verdaderas necesidades de los ciudadanos provocó la sangre, el odio y el resentimiento que aún parecen aflorar como si no existiera hoy la urgencia de potenciar la solidaridad entre todos nosotros.Es por todo ello que tenemos una única y urgente necesidad en estos momentos que no es otra que la de proteger la democracia, que no estaría, de ninguna manera, en peligro si se cumpliera escrupulosamente lo dispuesto en la Constitución. Aquellos que ejercen la función pública deben respetarla, pues su incumplimiento conduce inexorablemente a su desaparición. No cabe duda de que vivimos unos momentos agitados que preocupan seriamente al conjunto del país y se habla de la necesidad de convocar elecciones generales o de presentar una moción de censura. Probablemente ninguna de las dos cosas se va a realizar porque existen razones, meridianamente evidentes, para saber de antemano que eso será así.Entretanto, sería perentorio recuperar las buenas maneras del discurso parlamentario, asumiendo las admoniciones de León XIV en su reciente y singular intervención en el Parlamento español. Y recordar en la práctica que la función primordial del Parlamento es discutir iniciativas legislativas y no las ocurrencias, habitualmente carentes de ingenio, de parlamentarios agresivos, reiterativos y poco ejemplares.Es una lástima que cuando el poder se cree efectivamente poder y no servicio puede convertirse en interés de partido, lo que hace muy difícil e incluso imposible llegar a acuerdos, ya que no hay otro acuerdo que el de estar y pasar por lo que cada uno de ellos considera en virtud de sus intereses, siempre legítimos, pero no siempre compartidos ni convenientes a la sociedad. Hoy en España no queda más remedio que afrontar la lamentable situación en la que nos encontramos por el bien de todos nosotros. La responsabilidad no solo está en nuestras manos, sino que reside fundamentalmente en manos de nuestros servidores.
Proteger la democracia, por Treva i Pau
Hace unas semanas en un artículo, nos referíamos al prestigio de las instituciones públicas, advirtiendo que en los consensos entre los distintos grupos políticos e ideológicos radicaba, en gran medida, el acierto en la gobernanza del Estado en su conjunto, teniendo en cuenta...






