Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.Ahora soy un cazador de haikus. Lo decías tan claramente ayer, Granjuán: que en este mundial los goles se anotan por tiros lejanos o rebotes cercanísimos, y que dónde —más allá del equipo japonés— habían quedado las combinaciones, las triangulaciones de antaño, el gol como un poema de tres versos breves, sus cinco y siete y cinco sílabas.Japón me dices,yo te digo Argentina:el gol poema.Ahora los busco todo el tiempo: me has corregido la mirada. Que me quedó doliendo anteanoche de ver ese España-Uruguay: qué partido más malo. Y más elocuente: cuatro millones de españoles, uno de cada doce, resistieron hasta las cuatro de la mañana para ver esa cosa. Ya no sé qué más pruebas se necesitan de la existencia del dios fútbol, el que nos tiene subyugados.Y, quizá para probar nuestra fe, parecía que España y Uruguay podían jugar semanas sin llegar a nada. Si llegaron a algo fue por el drama de Muslera, ese gran arquero que ya no lo es, y el error que terminó de hundirlo. Es triste pero afortunado: el final de su carrera es un gol que si hubiera sucedido al principio lo habría dejado sin ella. Y fue, como decían los viejos periodistas, un rotundo mentís a esta codicia actual que pretende que envejecer es una ficción, que sólo envejecen los débiles o algo así; fue, tú y yo sabemos, una victoria más del tiempo.Así, en el entretiempo, su jefe Bielsa lo sacó, para acabar de hundirlo. Si alguien tiene la culpa de Muslera no es Muslera sino él; Muslera trabaja de ofrecerse; él, de decidir. Y yo repetiría treinta veces la palabra Muslera, tan radiante de ecos, pero quiero dedicar, en el final de su camino, un sentido homenaje a don Marcelo Bielsa. Es, sin dudas, un ser excepcional. O debe serlo: siempre me pregunté cómo había conseguido lo que ha conseguido sin conseguir prácticamente nada. Te cuento: ganó un campeonato argentino con Newell’s en 1992, otro con Vélez en 1998 y la medalla olímpica con Argentina en 2004: hace 22 años que no gana. Y, entretanto, fue a tres mundiales: en 2002, con Argentina, alcanzó lo que nadie: quedar afuera en la fase de grupos. En 2010, con Chile, jugó un partido más para que Brasil lo eliminara tres a cero; en 2026, con Uruguay, quedó cuarto en su grupo detrás de Cabo Verde y Arabia Saudita. O sea: su subsistencia profesional es un milagro o un recordatorio de los peligros de escuchar a un argentino.Yo lo odio un poquito —solamente un poquito. Empecé cuando veía a sus jugadores de nuestra selección, año 2000, que se pasaban el partido mirando al banco: muchachos grandes que querían que papá les dijera que se portaban bien. Y seguí, ya con más entusiasmo, cuando tuve que ir al Mundial 2002, Corea y Japón. Yo trabajaba para un programa de televisión pero Bielsa había prohibido cualquier contacto de sus jugadores con la prensa: no nos dejaban acercarnos a los entrenamientos, los muchachos no podían hablarnos, su dominio era un búnker. El resto de los equipos no ponía problemas; el suyo se dedicaba a provocarlos. Y encima había que escucharlo en sus arengas enfurruñadas por la libertad, contra la mercantilización del fútbol, a favor del cuadrado de pi —mientras se llevaba millones de dólares al año.La delicia de sus conferencias de prensa: lo veías recibir una pregunta simple, bajar la cabeza, mirar a lo profundo de sus pies y empezar a hablar y hablar y enredar y enredar y aburrir o irritar a todos los presentes. Recuerdo haber pensado entonces —y ahora todavía— que Marcelo Bielsa era el mejor ejemplar de esos personajes por los cuales la palabra intelectual se ha convertido en un desprecio o un insulto: esos señores que, en lugar de simplificar lo complejo para tratar de entenderlo, complican lo simple para darse aires.Pero bueno, no me voy a dejar llevar por el rencor; sólo saboreo ese cóctel un poco asqueroso que consiste en pensar que ahora hay más que piensan lo que pensaba uno. Mientras tanto la Argentina, con un técnico que parece diseñado para ser exactamente lo contrario de Bielsa, sigue su camino. Acaba de ganar. Sabíamos que Jordania no tenía muy claro esto del fútbol, pero nadie creería que un país con fronteras con Siria, Irak, Arabia, Israel y Palestina no supiera armar una barrera. No supieron y así Lo Celzo, en su primer partido en un mundial, metió su primer gol en un mundial, y de ahí en más todo siguió siendo el entretenimiento que se preveía. Al final incluso entró Messi, y también se aprovechó de las barreras que no barreran nada.Digámoslo, por favor: Messi no está jugando bien. Ojalá hubiera algún contador audaz que nos contara la proporción de pelotas que pierde en gambetas fallidas y pases sin destino: por lo menos dos tercios de las que toca. Pero está perfectamente incrustado en un equipo que le da la oportunidad de hacer lo que todavía sabe hacer mejor que nadie: meter goles. Messi, en este final de su carrera, se ha convertido en un nueve extraordinario, y lo disfruta, y lo disfrutamos todos.Ahora, cuando empieza el Mundial de verdad, el de 32, con ganarles a Cabo Verde y Australia o Egipto ya estamos en los cuartos, donde habría que ganarle a Suiza o Argelia o Colombia o Ghana para quedar en las semifinales. Dudo de la metáfora: ¿debería escribir que es una autopista o solo una buena carretera nacional, su asfalto y sus señales, sus paradas con medialunas ricas? En cualquier caso, nunca pensamos que podía parecer tan fácil —lo cual también es un peligro. Y todo fue por los sorteos: los que dicen que Dios es argentino ya tienen otro de sus milagros caprichosos. Debe serlo: se ocupa mucho de lo que no importa y muy poco de todo lo demás.Te dejo por hoy. Aunque, ya que estamos en tema criollo, una aclaración. Quizá te preguntaste por el título de esta carta. Remite a un famoso tango, ¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?, que cantaba doña Tita Merello allá por los años 30 del siglo pasado. Y un mango, quizá sepas, era el modo lunfardo de decir un peso.Era una época de crisis o, en el original, de bruta mishiadura. Las ultrahordas de estos días quieren convencernos de que todo tiempo pasado fue mejor y, por lo tanto, hay que volver a ellos. Los uruguayos, pobres, deben pensar lo mismo: cuando este tango se compuso eran, tras robarnos la primera final, los campeones del mundo. Honor a quien lo tuvo y el cariño a esos primos tan cercanos. ¡Dale Uruguay, bó, y hasta la próxima!Te abraza,m.
¿Dónde hay un haiku, viejo Gómez?
Bielsa es un ser excepcional: uno que ha conseguido todo lo que ha conseguido sin conseguir prácticamente nada












