Casi siempre, cuando se habla de las personas LGTBIQ+, escuchamos frases que abogan por el fin de las etiquetas. También personas gais, lesbianas y bisexuales, personas cis y trans, que las rechazan o las toleran, a regañadientes, como un mal menor. Al igual que se repiten expresiones del tipo "ojalá no hubiera Orgullo porque eso significaría que ya no habría nada que reivindicar". ¿Se imaginan que dijésemos lo mismo cada 1 de mayo, o el 8 de marzo, anhelando el día en el que no tuviéramos que reivindicar nada porque los empresarios han dejado de ser explotadores y el patriarcado ha dejado de ser criminal? Ni nos lo imaginamos. Pero con nuestra lucha, sí. Siempre de puntillas, siempre como pidiendo perdón por existir y por reivindicar. Pienso si esos mantras han acabado provocando una invisibilización de quienes somos, de nuestra memoria histórica y de nuestras siglas en pos de una celebración amable, rentable o tan diversificada que deja de ser nuestra.PublicidadNo llego a entender la necesidad de rehuir de nuestra identidad llamándolo "etiqueta". Decidle a una persona heterosexual que rehúse de su "etiqueta hetero", a ver qué os dice. Los seres humanos somos, entre otras muchas cosas, etiquetas. Un cúmulo de aficiones, conductas, vivencias, experiencias, deseos, frustraciones, objetivos, que nos identifican. O sea, etiquetas. Y es curioso que la etiqueta de tu equipo de fútbol no moleste, la de fan del grupo o diva pop, nada; la de licenciado en tal o cual carrera menos aún, y la de votante de una determinada ideología, tampoco. Pero la de gay, lesbiana, bisexual, asexual, no binaria, esa sí, cuando, repito, si algo demuestra una persona heterosexual desde que se levanta hasta que se acuesta es su orientación sexual. Lo mismo no se dan ni cuenta porque lo tienen interiorizado pero desde los márgenes se ve todo perfectamente.Otra cosa es dotarle a todas nuestras particularidades de una valoración y una clasificación, en contraposición con otras, que es algo que suele ligarse a la información que aporta una etiqueta y que, con lógica, provoca rechazo. Pero es que nuestra historia está plagada de personas e instituciones que nos han valorado negativamente y clasificado en la marginalidad por nuestra orientación sexual e identidad de género. Rechazar esa etiqueta es someternos a esa discriminación. Del mismo modo que nos apropiamos del insulto para desactivarlo, nos adueñamos de la etiqueta que nos colgó el cisheteropatriarcado para colocarla en lugar visible y darle un valor, no un desinterés. De eso va el Orgullo LGTBIQ+.Respecto a la clasificación, algo intrínseco a la etiqueta, conviene recordar que hay medios de comunicación, muy concretos, que nos clasifican, a las personas LGTBIQ+, como influyentes, relevantes y poderosas. El ranking, diseñado con un criterio absolutamente subjetivo -como todas las listas, por otra parte-, tenía la vocación, en sus orígenes, de visibilizar referentes para las nuevas generaciones. Personas a las que su orientación e identidad les arropó para desarrollarse profesionalmente, creando así un impulso aspiracional necesario. Esas listas se han convertido en un escaparate de narcisismo, en un exhibidor del neoliberalismo por encima del activismo. Listas en las que cada vez hay más CEO, más seniors directors, más head of finance transformation, más country managers y más global brand. Lo mismo aquí la etiqueta sí está vendiendo un producto.Llama la atención que en estas listas sea el único espacio público en el que hemos visto las siglas LGTBI+. Ni siquiera en los carteles de manifestaciones y celebraciones nos encontramos con las siglas de nuestras comunidades. ¿Qué está pasando?PublicidadEl cartel de MADO convirtió las celebraciones del Orgullo LGTBIQ+ es una especie de Mad Cool, despolitizando nuestra historia y nuestra lucha para convertirla en un sonrojante "orgullo ciudadano". La verdad, llamarlo "orgullo mercantil" hubiera sido más honesto por su parte. Pero es que en el cartel de la manifestación del día 4, firmado por la FELGTBI+ y COGAM, nuestras siglas también han desaparecido. Nos convertimos en metáfora. En claveles y un megáfono. Se habla de disidencia y resistencia, de salir a las calles con orgullo pero, ¿orgullo de qué? ¿de quién?Y el redoble final llega con el nunca suficientemente lgtbifóbico ayuntamiento de Madrid, que ha creado banderolas con el lema "orgullosamente de Madrid", que es perfecto para San Isidro, o para la verbena de la Paloma, pero no para celebrar los 57 años de la noche en la que las personas LGTB se liaron a ladrillazos contra la policía en un histórico ¡basta ya! Pero es que el PSOE madrileño, que criticó el cartel del ayuntamiento, apareció después con un "Madrid por bandera" y ni rastro de nuestras siglas.Y en medio de este escenario, llamó mi atención que uno de los orgullos que más conserva el espíritu de la revuelta, el Orgullo Crítico, también haya ignorado nuestras siglas. Y eso, aunque se hable de ir contra el capitalismo colonial, aunque se hable de barricadas o el oso se apoye en plug anal en vez de en un madroño, también es invisibilizar quienes somos. Porque no somos metáfora ni alegoría. Somos personas lesbianas, gais, bisexuales, trans, no binarias, asexuales y todas las identidades que reivindiquemos. Y eso no aparece por ninguna parte. Solo en el cartel del Orgullo Vallekano aparecían las siglas LGTBIAQ+, además de un contundente Orgullo Antifa. Justo en el año en el que la tormenta perfecta PP-Vox empieza a encapotar el horizonte, ¿es un buen momento para convertir nuestro Orgullo en una palabra que lo mismo sirve para vender jamón ibérico que para un triunfo de La Roja? Mala decisión.PublicidadEs cierto que, como comunidades LGTBIQ+, necesitamos encontrar la palabra que nos defina sin dejar de visibilizarnos. La palabra, o el consenso, que permita la evolución de ese carrusel de letras que cada vez resulta menos sostenible porque cada letra tiene una historia, una realidad, unos matices, como explicaba perfectamente Ramón Martínez en El Salto, que marcan la diferencia. Pero debemos recordar que nuestro movimiento nace de reivindicar nuestra orientación sexual e identidad de género frente a una opresión común. Con todas sus interseccionalidades, sí, pero eso.Nuestras siglas no son sustantivos. No somos el marica, la bollera y la trans. Son adjetivos -el hombre marica, la mujer bollera, la persona no binaria asexual- y como todo adjetivo, nos describe y nos complementa. Nos enriquece, como los adjetivos enriquecen el lenguaje. Convertir nuestras siglas en un incordio, en una molestia, con su sola presencia, es nuestra obligación. Se lo debemos a quienes murieron por nombrarse. Así que, devolvamos la lucha LGTBIQ+ al cartel y dejemos de ser metáfora.
La historia LGTBIQ+ importa (y sus etiquetas también)
El cartel de MADO convirtió las celebraciones del Orgullo LGTBIQ+ es una especie de Mad Cool, despolitizando nuestra historia













