Si fuera ciudadana estadounidense y tratara de viajar, el Gobierno tomaría mi pasaporte y pondría otra cosa allí donde pone sexo. En varios países, por la sharía, me condenarían a muerte. Abandoné a los 14 años, en mitad de curso, un instituto católico que se negaba a cualquier medida de inclusión para una alumna trans. Cuando me he besado en la calle con otra mujer, la sexualización ha sido habitual, como aquella vez que desde un coche alguien gritó, y al recordarlo aún me hace gracia: “¡Lesbianas! ¡Feas! ¡Lesbianas!”, la palabra lesbiana empleada directamente como insulto. Y mejor no abrir la caja de Pandora de las redes sociales.Cada año asistimos a un debate cíclico sobre el Orgullo, debate que quizá alcanzó su pico a finales de la década pasada, cuando Vox propuso llevar las celebraciones a la Casa de Campo, “para no molestar a nadie”. Para ellos, citando a la Iglesia católica, la homosexualidad es “un desorden objetivo en la estructuración de la existencia humana”. España es uno de los mejores países del mundo para ser LGTBIQ+: esto, en manos de algunos, se transforma en ariete. Como ya tendríamos derechos, mejor volver cada cual, ordenadamente, a la comodidad de su casa. Vivimos un tiempo que se desliza hacia lo puritano y lo conservador, y a esa tendencia no escapa ninguna causa. ¿Qué defensa puede hacerse hoy de la importancia del Orgullo, qué orgullo cabe defender, y de qué?Partamos de su origen, pero no del histórico, demasiado trillado. Siempre hay mutaciones en la traducción de los conceptos. Cuando adaptamos el eslogan feminista francés, “la vergüenza tiene que cambiar de lado”, fue el miedo lo que se impuso. Con “el miedo va a cambiar de bando”, sustituimos un concepto por otro más tenebroso y oscuro, de raíces violentas y vocación punitiva: asociamos el feminismo al miedo en vez de al machismo, la vergüenza. Esto no pasa tanto con pride y orgullo: la voz orgull remite a excelencia; pride viene del latín prode, “útil, provechoso”, de prodesse, ser de valor. Avanzar lo que uno es como algo bueno, como algo útil; de ahí a reivindicarlo sólo hay un paso. ¿Quién se opondría a un derecho tan aparentemente simple como que cada uno sea lo que es, el del hombre de Cernuda que pudiera decir lo que ama?Didier Eribon escribe, en Reflexiones sobre la cuestión gay, que hablar de orgullo es “lanzar por la borda la vergüenza y el desprecio de uno mismo que todas las fuerzas de la sociedad hacen entrar en la cabeza de los gais y lesbianas desde su juventud y de los cuales muchas veces es tan difícil desembarazarse”. Lo resume en “el derecho de reivindicar el derecho a ser lo que se es”: reconciliar al individuo consigo mismo y escapar a la obligación de la doble vida. Una vida única es una vida en la que no hay que esconderse, fingir o desaparecer. Cuando se lanza que el Orgullo ya no es necesario, lo que se aspira a transmitir es que algo que era molesto para la normalidad social se ha vuelto demasiado visible. En esto, la visión conservadora siempre ha sido hipócrita: con frecuencia no ha buscado acabar con lo LGTBIQ+, sino relegarlo a lo íntimo o a lo privado. “En Vox no nos metemos en la cama de nadie”, dijo una vez Rocío Monasterio; no meterse con lo que cada uno hace en su cama siempre y cuando no se plante en las calles.La cartelería escogida por el Ayuntamiento de Madrid para el Orgullo de este año no ha ofendido por sutil ni por abstracta. En cartelería LGTBIQ+ hemos tenido de todo: maximalismo y unicornios, efectos simplones, hasta unos juguetes sexuales que componían las letras del “Día de la Visibilidad Lésbica”. Cartel de la izquierda, por cierto, que provocó polémica con razón. El problema de las sillas de plástico de colores apiladas o las flores en el balcón es un problema de kenopsia, la palabra que acuñó John Koenig para nombrar el carácter espectral de un lugar normalmente lleno de gente, pero que de pronto aparece vacío: un fracaso de la presencia. La asociación Arcópoli lo llamó “borrado sistemático”, y quizá lo es más de lo que lo piensan: en la imagen de las sillas apiladas hay una mesa con aceitunas, una cerveza y un vermut, pero ni hay silla colocada donde sentarse ni nadie que se lo tome. Los carteles, además, replican una estética asociada al uso de la inteligencia artificial: están vacíos de humanidad hasta en su propia ejecución.Molesta, del Orgullo, la presencia pública, en manifestación de Orgullo Crítico o en celebración de su cara comercial, de personas que son y se aman libremente. Lo importante no es una forma de Orgullo frente a otra, sino el aparecer mismo: no circunscribirse al hogar, más bien manifestarse en la calle. Yo no soy asidua a Chueca y los espacios que habito con algo parecido al orgullo son otros: mi barrio, mi cotidianidad, los lugares en los que vivo. Eso no me impide reconocer cuán valioso es conservar las esferas de libertad que nos quedan, sobre todo en un momento en el que, a pesar del amplísimo consenso social existente en España, la extrema derecha trata de introducir legislación para recortar libertades: la persecución fantasmagórica de los cuartos de baño, la restricción del reconocimiento legal, el pin parental para no tener referentes en las escuelas. Si no tratan directamente de abolir el matrimonio igualitario, es porque saben que no pueden.Si por algo tiene sentido el Orgullo, es porque hay quienes se oponen a que las personas LGTBIQ+ pongamos por delante lo que somos. Esa es su lógica de fondo cuando nos convierten en presencias espectrales o ausencias en sus carteles, cuando renuncian a los rostros y se quedan con objetos. Ansían extirpar lo que perciben como una enfermedad social, un quiste en el sistema: quieren que la vergüenza vuelva a caminar a nuestro lado o temen una perniciosa ideología de género cerniéndose sobre sus hijos. Lanzan un aviso a navegantes: no habéis conquistado para siempre el derecho a reivindicar lo que sois. Alemania tardó más de medio siglo en recuperar la libertad que se vivía en el Berlín de Weimar, destruyó el Instituto de Ciencias Sexuales y quemó su obra. Sucedió una vez; si algo nos enseña hoy Estados Unidos, o la censura de libros LGTBIQ+ en bibliotecas españolas, es que jamás estaremos a salvo de que algo así vuelva a pasar. Mientras siga siendo así, con todos sus problemas, seguirá siendo necesario reivindicar el derecho a aparecer.