Está feliz la mitad de argentinos que en junio no llegaba a fin de mes. El éxito de la Selección alegra a todos los habitantes de barrios ricos y pobres que vieron los partidos en directo, compraron camisetas, comida, bebida, y salieron a las calles a bailar y a gritar entusiasmados. Esto ocurrió también en países tan alejados como Bangladesh, en donde decenas de miles de personas salieron a las calles para vivar a Messi. No es verdad que el mundial oculta los errores de los políticos, sino que somos seres humanos que no compartalizamos nuestros sentimientos. No es que la mayoría no llega a fin de mes y, al mismo tiempo, baila, come y bebe por el triunfo de la selección. Si partimos de premisas falsas, las conclusiones serán equivocadas. Objetivamente, no existe gente que muere de hambre, todos vivimos notablemente mejor que hace cincuenta años. Sin embargo en todo lado existe el sentimiento de que se necesita un cambio total, que se expresa en la crisis de las instituciones de la sociedad tradicional y en el triunfo de los outsiders. La aprobación del gobierno argentino, que mide mensualmente una prestigiosa universidad, ha mejorado unos tres puntos. No es probable que el motivo sea que la inflación bajó tres décimas de punto. En estas semanas no vimos en las calles a muchas personas eufóricas con camisetas que decían “0.3 menos de inflación”, pero sí a decenas de miles felices por el triunfo de la selección. Cuando la gente está contenta, mejora la evaluación del gobierno, de los políticos y de casi todo. Si Argentina sale campeón del mundo, subirá la aceptación del oficialismo.