Ir a un concierto es ya casi un privilegio. No solo porque una entrada a más de 100 euros sea algo habitual de ver, sino porque a la experiencia completa se añaden los elevados precios dentro del recinto, el billete de tren (o avión) en caso de no vivir en una gran ciudad y otra suma por el alojamiento, si no se conoce a nadie con tiempo y ganas para hacer de anfitrión. Pero, sobre todo durante la última década, a este voluminoso gasto se le suma un nuevo desembolso: bienvenidos a la era de los pop-up, productos efímeros a precio de oro.
No importa que sea entre semana, ni a horas irregulares. Un lunes a última hora de la tarde o un miércoles por la mañana, las colas para acceder a estas tiendas exclusivas son monumentales. Con la capital repleta de una alta tasa de eventos de gran impacto –además de varios macroconciertos, la ciudad acaba de despedir a Tom Holland y Zendaya o al papa León XIV–, las marcas, ticketeras y promotoras han aprovechado para exprimir al máximo la experiencia.
Solo en este mes de junio, Madrid se ha prestado a al menos tres grandes pop-up, coincidiendo con tres conciertos internacionales muy esperados: Bad Bunny, BTS y Linkin Park. El primero en instalar su tienda fue el cantante puertorriqueño, que llegó a España por todo lo alto con nada menos que diez fechas en Madrid. Durante dos semanas, una casita ocupó media plaza de Callao con largas colas a su alrededor. Algunos esperaron hasta dos horas para acceder unos minutos a aquel cubículo blanco, que en su interior guardaba una colección especial diseñada para una colaboración entre Zara y Bad Bunny.







