Harry Styles ha arrancado su gira Together Together Tour, una especie de residencia itinerante por varios países europeos (sin parada, de momento, en España). El concepto, como el de tantos macroconciertos actuales: convertir el show en una experiencia compartida, con el artista moviéndose constantemente por el espacio y una sensación de cercanía que intenta llegar a todo el recinto. Musicalmente, el show de Harry Styles está recibiendo buenas críticas, pero lo que se ha colado en la conversación estos días no tiene tanto que ver con la música como con algo mucho más básico: ver o no ver lo que estás pagando por ver.El escenario del Together Together Tour de Harry Styles es de proporciones enormes, ocupando prácticamente todo el suelo del estadio. La estructura se extiende por la pista en forma de pasarelas, con cuatro grandes zonas de pista situadas en el centro de esos recorridos, rodeadas por el propio diseño del escenario. Es un montaje que literalmente invade el espacio del público, convirtiendo la pista en parte activa del show, pero también fragmentando la experiencia visual según la zona en la que estés.La idea es que no haya un único “mejor sitio”, que todo sea más fluido, más 360, más inmersivo. Pero en la práctica, esa promesa no siempre se cumple de forma satisfactoria para todos. En algunos tramos del concierto, especialmente en ciertas zonas de pista o entradas vendidas como VIP, el propio montaje puede bloquear completamente la visión del escenario principal. Asistentes aseguran que escuchan el concierto perfecto, pero ven al artista a ratos o directamente no lo ven durante largos periodos.El tema está siendo objeto de intenso debate en redes. Una usuaria lo resume con bastante claridad: “Si tienes VIP de pista, vende la entrada. No se ve nada. incluso atrás se ve mejor. Cobrar 350 euros por esto sin avisar de visibilidad reducida es una locura”. Otro comentario, más enfadado, señala: “Esto debería avisarse obligatoriamente en la descripción. ¿Cómo puedes cobrar más de 300 euros por un sitio con visibilidad completamente obstruida sin que la gente lo sepa?”. La sensación generalizada es que el precio no siempre se corresponde con la experiencia real.Desde el entorno del artista, un representante de la gira ha dado una explicación. En declaraciones recogidas por Billboard UK: “El concepto de pista estaba diseñado para dar a los fans libertad de movimiento y la posibilidad de experimentar el show desde distintas posiciones, en lugar de quedar confinados a un único ángulo de visión fijo”. Añadía además que esta idea forma parte del ADN de sus conciertos en directo: “Esa experiencia de pista abierta y fluida siempre ha sido una parte esencial de los shows en vivo de Harry”.En relación con las quejas sobre la visibilidad, el representante matizaba que “una pequeña parte del montaje, en posiciones concretas de la pista, parece haber tenido una línea de visión restringida”, y que esas zonas “se están revisando cuidadosamente y ajustando cuando es posible, dentro del cumplimiento de todas las restricciones de seguridad”. En una actualización publicada en el canal oficial del equipo, señalan que han escuchado las quejas y han prometido cambios: “A partir del viernes, los puentes frontales serán modificados en Ámsterdam y Londres. Para los próximos recintos, estamos trabajando lo más rápido posible para realizar ajustes que también cumplan con los códigos de seguridad y la normativa local”. Lo interesante es que esto no es un caso aislado ni mucho menos exclusivo de Harry Styles. En los últimos años, la conversación sobre visibilidad reducida en macroconciertos ha ganado terreno. En el caso de Taylor Swift durante el Eras Tour, hubo asistentes que se encontraron con asientos donde la visibilidad del escenario era muy parcial por estructuras o ángulos extremos. Algo parecido se ha comentado en giras de The Weeknd o Stray Kids, aunque ahí la percepción cambia bastante según el tipo de entrada: hay quien asume que paga menos por ver menos y quien siente que la categoría de precio no está bien explicada o no refleja del todo la experiencia. Las redes llevan tiempo llenándose de mensajes parecidos. “Es triste ver tantas entradas a precios ridículos -más de 1.000 dólares por un asiento alto con visibilidad obstruida- justo antes del espectáculo, cuando hay fans esperando desde hace meses para conseguirlas”, escribía una persona. Otra resumía bastante bien el dilema actual del directo: “¿Compro entradas de 900 dólares y ya me pelearé con las consecuencias después o espero a que Ticketmaster saque alguna entrada de última hora con visibilidad reducida?”. Algunos asistentes incluso han denunciado que sus entradas ni siquiera estaban anunciadas como de visibilidad reducida. Ocurrió en conciertos de Taylor Swift y también de Beyoncé, donde algunos espectadores aseguraban encontrarse con torres técnicas bloqueando parte del espectáculo. “No puede ser que haya comprado pista para Beyoncé y esta cosa monstruosa me tape la vista. Qué decepción. No ponía vista obstruida”, escribía una asistente.Claro que no todas los testimonios dibujan una imagen negativa del asunto. Una fan de Swift se hizo viral después de compartir una imagen de sus entradas VIP, y acabó siendo colocada en una zona con total visibilidad: la de prensa: “Hemos pagado 660 libras por asientos VIP y esta es nuestra vista. Hemos preguntado y no nos cambian. Me voy a poner a llorar”. En el vídeo apenas se veía algo más que una gran estructura técnica y equipamiento tapando prácticamente todo el escenario. Después de hacerse viral, ella y su amiga acabaron siendo recolocadas en asientos de prensa y terminaron dando las gracias públicamente. Rosalie, fan de The Weeknd, aseguraba que tras haber pagado en el pasado 150 libras por una entrada, esta vez comprar una de unos 50 euros con visibilidad reducida no le importó en absoluto, “porque la atmósfera durante el concierto es muy buena”. También hay artistas que han intentado integrar esa realidad de forma más explícita, casi humorística. Bad Bunny, por ejemplo, llegó a llamar a ciertas zonas “Los Vecinos”, normalizando que esa parte del público vive el show desde otra perspectiva. Beyoncé, en algunos conciertos en Estados Unidos, incluso llegó a ofrecer entradas “no stage view”, directamente pensadas para quienes priorizan estar dentro del evento más que ver el escenario. ¿Ir a un concierto solo para escuchar? Parece que hay gente dispuesta a pagar por ello. Lo llamativo es que el debate no se está produciendo solo entre fans. En un concierto en Bolonia, el cantante británico Louis Tomlinson (ex-compañero de Harry Styles en One Direction) llegó a parar el espectáculo para criticar directamente algunas ubicaciones del recinto. “Quiero decir una cosa: esas entradas detrás de las pantallas no están bien”, dijo desde el escenario. “Mandadnos un email, os devolveremos el dinero. No deberíamos estar vendiendo esas entradas”. Que la crítica llegue incluso desde los propios artistas da una pista de hasta qué punto el problema ha dejado de ser anecdótico. Uno de los recursos más habituales por parte de los propios artistas es el escenario circular situado en el centro del recinto, como en las últimas giras de Radiohead o Billie Eilish, prácticamente simulando la visibilidad de los grandes anfiteatros. Otros, como Taylor Swift, han llegado a instalar pantallas en el propio suelo del escenario, como se ha visto en el mastodóntico Eras Tour. Claro que incluso aquí la lógica comercial también acaba imponiéndose: algunos asistentes del tramo de Vancouver del Eras Tour llegaron a reclamar reembolsos a través de StubHub, sosteniendo que la visibilidad restringida no estaba claramente indicada en las entradas.El problema de fondo es bastante sencillo, aunque se ha vuelto estructural: la demanda de entradas para conciertos supera con creces la oferta, incluso la propia capacidad física de los recintos, que obviamente tienen un aforo limitado. Por eso, las empresas ticketeras responden lanzando entradas de menor calidad pero que garantizan acceso a la experiencia. Sobre todo en el caso de artistas masivos, muchos compradores están dispuestos a sacrificar comodidad y visibilidad por el simple hecho de estar dentro del concierto. Lo que en jerga de internet se llama FOMO (fear of missing out), o miedo a perderte el evento de moda. Pero la cosa cambia cuando lo que se vende no es solo acceso, sino posición “privilegiada” y VIP, reflejada en el éxito de los Golden Circles, o como ocurre en el caso de Harry Styles. Ahí es donde entra la tensión: porque después, la propia estructura del escenario puede acabar impidiendo la visibilidad incluso en zonas supuestamente premium. Entradas muy caras que prometen cercanía, pero que en la práctica no siempre la cumplen, ya que esa cercanía se queda en algo más simbólico que real, con una visibilidad tan reducida que en algunos casos roza lo absurdo.Un estudio conducido por el estratega organizacional Federico Magni, llamado Value creation and appropriation in the live music industry: a population ecology analysis of live music ticket pricing, plantea que la industria del directo “ha pasado a depender financieramente de los eventos en vivo, lo que hace que la creación y apropiación de valor sean críticas”. A partir del análisis de 631 conciertos, el trabajo sugiere que los promotores generalistas son capaces de “crear y apropiarse de más valor que los especialistas” mediante estrategias como el establecimiento de precios mínimos más altos y el uso de más categorías de precio. El estudio también señala que este fenómeno se explica en un contexto de “altos costes fijos combinados con un efecto superestrella y una fuerte dependencia del estatus”, factores que favorecen la segmentación del precio dentro de un mismo evento. La idea clave es que, cuanto más generalista es el producto y más masivo el concierto, más posible es segmentarlo en diversas categorías de entradas y precios. Las promotoras, en este sentido, no venden solo entradas, sino múltiples versiones del mismo concierto dentro del mismo espacio físico. Lo hacen, según el estudio, subiendo precios mínimos y multiplicando las categorías de ticketing. Es decir: no hay un concierto, hay muchas versiones del mismo concierto coexistiendo en el mismo estadio. El resultado es visible por cualquier persona que compra entradas y visualiza el mapa del recinto: accesos VIP, pista, lateral, visibilidad parcial, zonas elevadas, áreas con visión limitada… todo conviviendo dentro de una misma noche, pero con experiencias muy distintas entre sí. En palabras más sencillas, explica la periodista Kate Solomon en un artículo de The i Paper que “los recintos y los vendedores de entradas están interesados en vender tantas entradas como sea posible, de modo que cuando la demanda es alta liberan cada vez más asientos con visibilidad comprometida”. Aunque Ticketmaster asegura que siempre marca este tipo de entradas como “visibilidad restringida” para que los compradores lo sepan, la realidad es que se crea un producto económicamente extractivo para el consumidor, donde no siempre hay una correspondencia clara entre el precio y la experiencia real.Hay que señalar también que la visibilidad reducida no es un problema exclusivo de los macroconciertos, sino algo que también puede darse en salas pequeñas, con una columna en medio o ángulos complicados. La diferencia es que, en una sala, a veces puedes cambiar de sitio o moverte; en un macroconcierto esa mala visibilidad suele venir con un precio mucho más alto… y mucho menos margen de maniobra. Al final, lo que se abre con casos como el de Harry Styles es una tensión cada vez más visible en la música en directo. El problema no es solo que existan zonas con peor visibilidad -eso siempre ha existido-, sino que ahora esas zonas “malas” se convierten en un producto a la venta. La decisión está en el consumidor, pero cuando el precio sigue siendo elevado es normal que el espectador espere también una buena calidad visual. Al final, lo que cuenta ya no es tanto si has visto un concierto o no, sino qué parte del concierto has visto realmente.