Esperar hasta las dos de la mañana para ver un partido de fútbol no es algo que se encuentre entre mis costumbres. La última vez que me animé a un plan semejante fue para ver un partido de baloncesto y una vez empezó pasé más minutos dormido que pendiente de lo que sucedía en la cancha; menos mal que desperté a tiempo para ver a Pau Gasol convertirse en el primer español en ganar la NBA. Han pasado diecisiete años de aquello y el reto se repite. Todo sea por ver a la selección española clasificarse ante Uruguay.
A falta de una hora para que comience el partido la nostalgia se ha apoderado de la espera. Ser el único de la casa que está despierto en una madrugada de ventanas abiertas por las que apenas entra el poco aire fresco que recorre la calle ha activado la morriña de otras noches de verano de Mundial. La primera que se me viene a la cabeza es una que empecé decepcionado y acabó en anécdota de las que se vuelven a contar cuando la familia estira sobremesas y nos ponemos a recordar. Fue otra noche calurosa y, casualmente, el partido también se jugaba en México. Era 1986, me quedaba poco para cumplir diez años, el curso escolar aún no había terminado y el partido empezaba a medianoche; por mucho que supliqué, mis padres me mandaron a la cama y fue decisión inamovible. Sería ya cerca de las dos de la madrugada cuando me despertó la celebración del último de los cinco goles que aquella noche España le marcó a Dinamarca en el estadio de Querétaro. Para mí lo inolvidable fue el percal que me encontré en el salón de aquel piso del barrio de As Travesas de Vigo: mi padre en calzoncillos Abanderado de la época saltando alrededor de la mesita del salón, brazos al cielo y dando gracias a Dios por Butragueño. A mi madre también la recuerdo divertida y feliz contemplando la escena. Yo sabía que lo que pasaba en la tele no era lo habitual cuando España se citaba en un Mundial, pero lo que estaba sucediendo en mi salón me resultó todavía más extraordinario. Me dejaron quedarme hasta el final y aquella noche aprendí que la autoridad se resquebraja antes con goles que con pucheros.













