Niños de los sesenta o los setenta, niña de entonces, acuérdate hoy del inicio de las vacaciones. Recuerda que el lejano rumor de los coches de la carretera de Valencia eran un anticipo de las olas del mar. Recuerda la paz que te provocaba un boletín de notas sin mácula. Tus padres no pedían demasiado, solo el salvoconducto para seguir adelante. Para que no se te enfriara demasiado el cerebro, te compraban el cuaderno de vacaciones de la EGB, que más que de refuerzo parecía un libro de crucigramas. Nos estaban ablandando el cerebro, se decía entonces, pero es que habíamos dejado atrás los años cincuenta y la severidad se estaba diluyendo.Severos seguían siendo los padres de los que conseguíamos zafarnos en cuanto llegábamos al pueblo. Era más fácil practicar la travesura clandestina bajo el autoritarismo paterno, un tanto negligente, que sometido al exceso de sobreprotección. Acuérdate de que cuando pasados unos años, no tantos, te convertiste en madre, una de esas gatas jóvenes que compatibilizaban el juego de los niños con la caña en el chiringuito. Madres y padres jóvenes de los viernes. Hubo algún lío. Ay, la vida secreta de los progenitores. Era el tiempo de las separaciones y tú, en ese campo, como en otros, fuiste precoz; acuérdate de que no querías calcar el código moral de tus padres. Pretendías educar con palabras prestadas de Summerhill, de Montessori, de centros que defendían el derecho a una infancia libre y creativa. La teórica sonaba bien; en la práctica, como suele ocurrir, hacías lo que podías. Amabas sumida en contradicciones. La muchachada no salió mal, a pesar de que teoría y descuido siempre iban de la mano. Por eso, ahora me pregunto: si venimos de aquella educación relajada, si aquellos niños nuestros son ahora estos padres, ¿cómo llegaron a integrarse tan dócilmente en un sistema que somete a sus hijos a una agenda propia de ejecutivos? Un astuto diablo ha convencido a los progenitores para que desde el nacimiento pavimenten el camino hacia la PAU; alguien les inoculó la certeza de que a una criatura se le ha de dar bien toda materia, de que las tardes son para las extraescolares: unas veces por refuerzo; otras, porque ni el notable ni el excelente les son suficientes. En las familias humildes aún podría entenderse, desean que sus hijos se escapen del círculo de la pobreza, pero son las clases pudientes las que están forzando una competitividad ciega. Los padres vuelven a hablar de notas, ¿no es esto extraordinario? Contagian a los niños el estrés que provoca la necesidad no ya ser buenos, sino de ser los mejores. Quieren que experimenten el éxito desde la casilla de salida.Un ensayo perspicaz de Santiago Gerchunoff, En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento, se refiere entre otras absurdas situaciones al angloparlante del parque infantil: “Hay algo muy turbador en oír a un muchacho de Madrid hablar en inglés a sus hijos, como si lo vieras llevando una máscara”. Recuerda las palabras sobre el exilio de Hanna Arendt: “Hay una diferencia abismal entre tu lengua materna y todas las demás”. Cualquier divertimento debe justificarse como parte de un currículum. Pero esos niños tan adiestrados para no decepcionar llegarán pronto a una adolescencia y frente al espejo se encontrarán con complejos e insatisfacciones que serán aún más evidentes si han sido adiestrados para ser individuos de éxito. Siempre nos quedará el inolvidable consejo de Natalia Ginzburg: hay que enseñar a los hijos no las pequeñas virtudes sino las grandes, “no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y saber”. Recordemos que no le salieron mal sus descendientes, ahí estaba el brillante historiador Carlo Ginzburg, que nos dejó la pasada semana. Yo me remito a un deseo: dejen a los niños jugar entre ellos, inventar sus reglas. Si eso les consuela, en el juego y la indolencia estival estarán recibiendo la lección más decisiva de su infancia.
Nacidos para triunfar
Los padres de hoy contagian a sus hijos el estrés que provoca la necesidad de ser los mejores








