Existe una nostalgia muy instalada alrededor de la infancia en los años 60 y 70. Se habla de chicos más duros, más independientes, menos demandantes, capaces de volver solos a casa, resolver problemas sin supervisión y aguantar frustraciones sin hacer demasiado ruido. A partir de ahí suele aparecer una conclusión simplificada: eran más fuertes porque los criaban mejor.Pero la psicología del desarrollo obliga a matizar bastante esa lectura. La fortaleza aparente de muchos niños de esa época no necesariamente fue el resultado de una crianza emocionalmente más rica. También puede entenderse a partir de contextos donde se esperaba que asumieran responsabilidades y resolvieran situaciones por su cuenta desde edades tempranas.Por qué la autonomía no siempre implica una mejor crianzaUna revisión publicada por la psicóloga Nancy Eisenberg mostró que la autorregulación emocional se desarrolla en interacción con el entorno y está estrechamente vinculada al desarrollo social y adaptativo. Desde esta perspectiva, la capacidad de manejar emociones, tolerar frustraciones o resolver problemas no surge de manera espontánea.Los investigadores sostienen que estas habilidades se construyen a través de tres pilares fundamentales:Las experiencias concretas del día a díaEl tipo de relación con los adultosLas demandas específicas que plantea el contexto cotidiano.Bajo este modelo, los entornos de los años 60 y 70 actuaron como un escenario de alta exigencia: al esperar una mayor autonomía desde edades tempranas, forzaron a muchos niños a desenvolverse por sí mismos. Sin embargo, la psicología del desarrollo aclara que esta respuesta adaptativa no implica una crianza mejor o más favorable para su salud mental, sino simplemente una estrategia de supervivencia social.Para entender esa dinámica, la psicología incorporó el término "latchkey child" (niño de la llave), un niño que pasa muchas horas sin supervisión adulta por trabajo de los padres u otras razones.Aunque no abarca toda una generación ni todos los países por igual, sí refleja una experiencia extendida entre muchos niños que crecieron durante los años 60 y 70: volver a casa solo, arreglarse con lo que había, no molestar demasiado y lidiar con emociones en privado. Las investigaciones clínicas actuales revelan que este tipo de autogestión obligada genera un impacto dual en el desarrollo. Por un lado, produce adultos altamente eficaces, independientes y resolutivos ante las crisis. Por el otro, suele consolidar una relación conflictiva con la vulnerabilidad, serias dificultades para pedir ayuda y una tendencia a reprimir la expresión emocional.La diferencia entre ser autónomo y sentirse contenidoEn este punto la psicología establece una distinción crítica: regular emociones no es lo mismo que procesarlas de manera saludable. Un niño puede aprender a contener miedo, tristeza o enojo porque no encuentra espacio para expresarlos. Este mecanismo de defensa genera una aparente fortaleza, pero no siempre implica bienestar.Esa diferencia es importante porque la aparente autosuficiencia infantil no siempre tiene consecuencias positivas. De hecho, investigaciones sobre parentificación -el fenómeno donde los hijos asumen el rol de cuidadores emocionales de sus padres- y sobre la exposición al estrés familiar demuestran que asumir responsabilidades emocionales demasiado temprano suele manifestarse en la vida adulta con tres conductas específicas: Baja autoestima. Sentimiento de valía personal ligado estrictamente a qué tan útil o resolutivo se es para los demás.Sobrecarga autoimpuesta. Tendencia a cargar con los problemas ajenos y asumir excesivas responsabilidades.Hipervigilancia constante. Dificultad para relajarse por la necesidad latente de controlar el entorno.No se trata de decir que todos los niños de esa época fueron descuidados, ni de etiquetar a toda una generación como "dañada". Sería un error generalizar. El verdadero aporte de la psicología es ayudarnos a entender que esa famosa fortaleza no nació de una fórmula mágica de crianza, sino de una necesidad real: la de aprender a arreglárselas solos desde muy chicos.Por eso, esa aparente armadura no debería idealizarse ya que fue pura adaptación. Ese contexto ayudó a construir adultos independientes y muy capaces para resolver problemas, de eso no hay duda. Pero también vino con una letra chica. Esa madurez precoz, que desde afuera se veía tan fuerte, muchas veces escondía una realidad más simple: la de una infancia que aprendió a no esperar demasiado.