En Valencia nadie se toma el almuerzo como un trámite. A media mañana, cuando en otros sitios se apaña la cosa con un café rápido o una tostada sin demasiada historia, el esmorzaret valenciano pide mesa, pan, cacaos, aceitunas, bebida y, si el cuerpo acompaña, un cremaet para cerrar como toca. El diminutivo engaña: de pequeño tiene poco.
El esmorzaret no es solo comer algo entre el desayuno y la comida. Es una pausa con normas propias, con bares que lo trabajan como una religión de barra, con bocadillos que pueden ir de lo más clásico a lo más salvaje y con una parte social que importa casi tanto como lo que hay dentro del pan. Se va a almorzar para reponer fuerzas, sí, pero también para hablar, comentar la mañana, quedar con amigos, hacer piña con los compañeros o pegarse un homenaje sin esperar al fin de semana.
Por eso cuesta tanto explicarlo fuera de la Comunidad Valenciana. Si lo llamas brunch, te quedas corto y encima lo colocas en el sitio equivocado. El almuerzo valenciano viene de otra historia: más popular, más trabajadora, más de bar de toda la vida y menos de moda importada. Tiene algo de costumbre antigua, algo de fiesta diaria y bastante de “aquí las cosas se hacen así”.







