Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.Martín querido:Pocas cosas tan dramáticas como el rostro de un entrenador cuando el mejor de los suyos pide su cambio. Me sumiste en esa zozobra al salir del campo por unos días. Celebro que estés de vuelta.Dices que los países deberían medirse por la salud pública que ofrecen. No puedo estar más de acuerdo porque acabo de cederle mis ahorros a un hospital privado.En lo que toca al fútbol, valdría la pena diferenciar naciones por una ley emocional: que gane la que sea más capaz de disfrutar. En México, el paso perfecto por el Mundial ha despertado una alegría de delirio. En la noche de San Juan goleamos 3-0 a Chequia, una tormenta convirtió las calles de la Ciudad de México en canales dignos de la antigua Tenochtitlan y la gente descubrió el placer de nadar en aguas turbias. Nuestro éxtasis celebratorio supera todo esfuerzo de la inteligencia artificial.¿Y qué decir de la felicidad ecuatoriana? Para tu paisano Beccacece, la dicha es un deporte extremo. Después del merecido triunfo sobre Alemania, escaló una barda para abrazar a su familia y corrió por el campo, besando a sus jugadores con el afecto de quien recupera hijos perdidos. A cierta edad, el pelo largo parece una crin de caballo. Beccacece, de 45 años, tiene el corte que Caniggia llevaba a los 25. El comentario no es frívolo: después de la victoria, esa atávica melena se transformó en un estandarte de la euforia.Nomen es tomen, decían los latinos. El ecuatoriano Hincapié juega al fútbol con insistente maestría, demostrando que su nombre es un destino.Alemania no entendió la derrota como un mérito ajeno, sino como un daño autoinfligido. Todos culpan al veterano Manu Neuer. Plata le robó un balón que parecía tener en las manos. En la conferencia de prensa, el portero de 40 años fue acribillado por periodistas con espíritu de delanteros. Fiel a su costumbre, negó responsabilidad en el gol. Al respecto, escribió Der Spiegel: “Existen jugadores que ganan mayor respecto al aceptar sus fallas. Neuer nunca fue uno de ellos. Su receta para mantenerse en la cima consistió en evitar cualquier cuestionamiento”. El portero de Alemania no puede vacilar. Robert Enke se atrevió a hacerlo y acabó tirándose a las vías del tren.También Estados Unidos sufrió una derrota inesperada. La debacle comenzó desde que el balón del partido fue entregado por la socialité Paris Hilton, desfiguro comparable a los que ocurren en la Casa Blanca. Pochettino pensó que podía ganar con suplentes y Turquía ganó 3-2 como si disputara la toma de Constantinopla.Vayamos al Francia-Noruega. Cuando Albert Camus ganó en Argelia la beca que le permitiría seguir estudiando, el maestro que siempre confió en él, y que le dio un cruasán para que no respondiera las preguntas con el estómago vacío, exclamó: “¡Bravo, Mosquito!”.Camus jugaba de portero porque es la posición en la que menos se gastan los zapatos y él no tenía dinero para comprar otros. Pequeño y frágil, disponía de las virtudes de quien sabe zumbar. Lo mismo sucede con el Mosquito Dembélé, que fusiló a Noruega con fogonazos de izquierda y de derecha. Su camino a la cima ha sido largo y accidentado. Poco corpulento, atravesó el calvario de las lesiones (seis de ellas con el Barcelona) hasta que encontró acomodo en el PSG y conquistó el Balón de Oro (que recogió lastimado). Su estado físico ha sido su peor enemigo, pero los moscos se tonifican con las lluvias de verano.Solbakken, entrenador de Noruega, dio descanso a Haaland y a Odegaard, aceptando desde un principio quedar en segundo lugar del grupo. Cuesta trabajo entender este conformismo, tan deprimente como un libro de Jon Fosse.Hasta ahora, lo único que ha frenado a Francia has sido la tormenta que suspendió durante dos horas su partido contra Irak. El resto del tiempo, son ellos los que lanzan los relámpagos.Concluyo con una reflexión sobre la forma en que los goles se anotan hoy en día. La mayoría de ellos llegan en tiros fuera del área o remates a un metro del portero. ¿Dónde quedaron las jugadas triangulares? Dices con brillantez: “Cada salida de arco se ha convertido en una bruta zozobra”. El gol rara vez se teje desde abajo, y el trato con el balón puede llevar a un estéril tiki-taka. Lo dices bien: “el toqueteo concéntrico que alguien ha llamado fútbol tántrico”. Mucha caricia y poco orgasmo.Por eso vale la pena analizar el modo en que Japón lleva la pelota a la red. Sus pases vertiginosos recuerdan los tiempos de fútbol abierto, pero también remiten a una tradición poética. El perfecto gol japonés es un haiku: tres toques medidos que equivalen a tres versos.Te abrazaJuan