Llegó el verano y, además del calor sofocante, con él llegaron los conciertos masivos y los festivales de música. Aunque los medios de comunicación, por un motivo u otro, hablen casi siempre de los mismos, se pasan por alto uno de los pocos eventos musicales que reúne a numerosos artistas y que es itinerante. Hablo de los llamados festivales nostálgicos que rememoran los 80, 90 o 2000. Aunque han tenido varios nombres y más de un promotor, en su promoción es normal encontrar mensajes del tipo “¡El lugar donde somos felices!”. Miles y miles de personas acuden a ese reclamo. Festivales que apelan a la nostalgia para atraer a quienes creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, que antes la música molaba más y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, también era todo más seguro y más tranquilo.PublicidadNo pasaría como un hecho anecdótico que grupos de personas adultas decidan compartir una camisa ridícula para beber sin control escuchando canciones que no eran buenas ni en los 90 si no fuera porque, en esos círculos remember, se encuentran quienes utilizan la nostalgia para colar mensajes reaccionarios. Para lucrarse con el enfrentamiento directo entre generaciones que opinan que la actual es de cristal, que no quiere trabajar, que escucha música de mierda, que ya no se puede decir nada, que no se pueden hacer chistes de mariquitas y que antes había más libertad. Y detrás de esto viene el racismo que señala que las calles ya no son seguras y que antes podías dejar la puerta de casa abierta y nadie entraba. Sinceramente, o hemos vivido en barrios muy distintos o recuerdan lo que les viene bien para su discurso o, directamente, mienten.Yo también fui a la EGB y no entiendo qué tenía de especial que tantos buscan volver ahí. Yo sé que existen movimientos reaccionarios que quieren vendernos que vivimos en guetos y que salir a la calle ahora es peligroso. Que utilizan un vídeo cualquiera, a veces incluso de otros países, para decir que la calle de cualquier ciudad o pueblo es así. Que venden el miedo porque les conviene política y económicamente. La realidad es que vivimos en unos de los lugares más seguros del planeta y que los 80 y 90, siento decírtelo, no eran mejores.No quiero hacer de mis anécdotas una máxima, pero he hablado con muchas personas de otros lugares y vivieron cosas similares. En los 80 y 90 bajabas a jugar al balón (o lo que sea) en lugares no acondicionados para la práctica deportiva donde, no solo te dejabas las rodillas, sino que tenías que ir esquivando jeringuillas con restos de heroína. ¡Pero ahora todos con los móviles! Antes no había delincuencia, repiten hasta la saciedad, pero aparcar la moto en la calle, incluso de día mientras subías a comer, era un deporte de riesgo. Podrías poner 3 pitones, que en menos de un abrir y cerrar de ojos te desaparecía. También los coches o, al menos, los radiocasetes. Te atracaban a punta de aguja o de navaja. Cualquier compañero de instituto con un poco más de fuerza te robaba dinero. No solo eso, el acoso escolar no solo estaba tanto o más a la orden del día que ahora, sino que no existía protocolo alguno para mitigarlo y tenías que joderte y aguantarte. Supongo que los traumas personales actuales son porque no éramos de cristal. Porque tragar y tragar era ser libre o algo así.A nivel educativo, por ejemplo, en València no existía una política educativa lingüística que te enseñara una de tus lenguas oficiales. Quienes somos hijos de migrantes que vinieron de otros lugares del Estado español a buscarse la vida, hemos tenido que aprender con la televisión a entender el valenciano. Y nos cuesta mantener una conversación en nuestro idioma porque decidieron que no enseñarlo era mucho mejor. Lo otro es imposición o no sé qué gilipollez. Era mucho mejor tener religión, claramente. O su alternativa, ética, que era perder el tiempo porque no tenía un objetivo claro. Mucho mejor que aprender educación sexual para no sufrir abusos en un futuro o saber identificarlos en ese momento. Cuántas cosas se han callado en entornos familiares durante décadas porque se pensaba que eran normales. Lo malo es que ahora, que se ha puesto el grito en el cielo con muchas de las prácticas que encubrían abusos, te hablan de adoctrinamiento y de exageración. Te lo dicen los mismos que quieren bailar ‘Sufre, mamón’ sin la mirada woke y que vuelva la mano dura en el aula.PublicidadSu tema estrella, obviamente, es la vivienda. Antes, según ellos, podías tener una vivienda en la ciudad y otra en la playa. Una vez más, o nos hemos criado en distintos barrios o mis padres nunca me enseñaron el apartamento en la costa. No se indignan con el desmantelamiento de la industria para convertirnos en camareros de los europeos ricos. No les molesta que los fondos buitre y los caseros con ínfulas de tiburones inmobiliarios estén disparando el precio de la vivienda. Les importa muy poco que las ciudades sean de cartón piedra para los visitantes y que la falta de control del turismo y los pisos turísticos nos empujen a vivir a media hora de nuestros lugares de trabajo. Porque para eso hay que pensar mucho y dar mucho rodeo y ellos quieren gritar ‘puto moro’ mientras bailan Sonia y Selena. Hay un youtuber que les ha dicho que la culpa es de los que vienen de fuera y a quién van a creer. ¿A un tío cachas con tatuajes o a un economista aburrido con corbata?Antes no éramos más felices, éramos más jóvenes. Nos apetece construirnos una realidad paralela para no asumir la vida de mierda que tenemos. Porque afrontar el presente es mucho más difícil que sumergirte en alcohol, en nostalgia y en una vida mejor que nunca tuviste. Pero culpar al de al lado, hablar del gran reemplazo y ver normal que te alquilen una buhardilla en la que no cabes de pie por 1.200 euros porque cada cual hace con su vivienda lo que quiere, es ser un miserable y un mediocre. Y de eso también había muchísimo en los 80 y 90. El problema es que antes teníamos localizado al tonto del pueblo y no le hacíamos demasiado caso. Ahora le damos un podcast, un escaño o nuestro número de cuenta.
Yo fui (y sufrí) a la EGB
En los círculos remember, se encuentran quienes utilizan la nostalgia para colar mensajes reaccionarios









