Manejo un auto porque no me queda más remedio. Nunca lo uso en la ciudad, pero como vivo a cincuenta kilómetros, cada desplazamiento me cuesta un dolor de cabeza (además del combustible para el vehículo, los peajes y las cuotas de seguro, patente y cochera). Supongo que en pocos años más ya no podré manejar pero no quiero ni pensar en ese desenlace. Mientras tanto, sufro. Sufro la pelotudez de quienes manejan usando el celular (los veo chicos, los veo), sufro la violencia de los conductores de narcisismo herido, que pretenden alcanzar no sé bien qué record en los índices de desagrado del prójimo, sufro el pésimo diseño de las uniones de las autopistas y el estado lamentable de los caminos alternativos (urbanos o semirrurales). Sufro las horas pico, que trato de usar en sentido inverso. Por ejemplo, me organizo para ir a Villa Link (donde funciona mi carrera de Letras) un día a media tarde, cuando ya empiezan a volver los habitantes del suburbio. La felicidad que me provoca ver los atascos en el carril contrario no tiene desperdicio ni arrepentimiento alguno. Cuando salgo de Villa Link, me quedo a dormir en Buenos Aires, a donde llego relajado por el contra tránsito, felicitándome por mi estilo de vida. Al otro día, después de algún trámite matutino o algún turno médico, me vuelvo a mi suburbio, antes de que el malón empiece a rugir. Y hago las compras en el pueblo. Y llego a mi casa, donde las perras y el gato me reclaman mi ausencia.
Reglas de tránsito
Manejo un auto porque no me queda más remedio. Nunca lo uso en la ciudad, pero como vivo a cincuenta kilómetros, cada desplazamiento me cuesta un dolor de cabeza (además del combustible para el vehículo, los peajes y las cuotas de seguro, patente y cochera). Supongo que en pocos años más ya no podré manejar pero no quiero ni pensar en ese desenlace. Mientras tanto, sufro. Sufro la pelotudez de quienes manejan usando el celular (los veo chicos, los veo), sufro la violencia de los conductores de narcisismo herido, que pretenden alcanzar no sé bien qué record en los índices de desagrado del prójimo, sufro el pésimo diseño de las uniones de las autopistas y el estado lamentable de los caminos alternativos (urbanos o semirrurales). Sufro las horas pico, que trato de usar en sentido inverso. Por ejemplo, me organizo para ir a Villa Link (donde funciona mi carrera de Letras) un día a media tarde, cuando ya empiezan a volver los habitantes del suburbio. La felicidad que me provoca ver los atascos en el carril contrario no tiene desperdicio ni arrepentimiento alguno. Cuando salgo de Villa Link, me quedo a dormir en Buenos Aires, a donde llego relajado por el contra tránsito, felicitándome por mi estilo de vida. Al otro día, después de algún trámite matutino o algún turno médico, me vuelvo a mi suburbio, antes de que el malón empiece a rugir. Y hago las compras en el pueblo. Y llego a mi casa, donde las perras y el gato me reclaman mi ausencia.










