Fui a renovar el carné de conducir. Un hecho que, de por sí, no tendría nada de especial si no fuera por la fecha de caducidad del documento: 18 de octubre de 2015. Con nueve años y nueve meses de retraso, me presenté en el centro médico y pasé el chequeo, leí de lejos y de cerca, y salí más o menos airosa de la prueba de coordinación y reflejos, logrando mantener las dos endiabladas bolitas en esos carriles imaginarios. Hasta el final del trámite estuve temiendo la reprimenda, el castigo que certificara que, pasados casi 10 años, era imposible obtener de nuevo el permiso. Pero no sucedió. La encargada del centro médico me hizo pagar lo estipulado sin hacer ningún otro comentario. Cuando me entregó el documento provisional, me delaté a mí misma. ¿Seguro que está bien? La mujer me miró inquisitiva. Quiero decir: que hace mucho que estaba caducado. Pero justo en ese instante sonó el teléfono e hizo una mueca indescifrable. Me fui.

De camino a casa guardé ese papelito junto al documento caducado en el que mi yo de veintipocos años seguía sonriendo confiada. Desde luego, la historia detrás del carné no avalaba la seguridad que transmite la imagen: me apunté a dos autoescuelas distintas, me examiné tres veces de la parte teórica —cómo olvidar mi absoluto desconocimiento de las luces de gálibo, responsable de mi primer suspenso— y cinco de la práctica. Aunque me presenté al examen todas esas veces, solo logré completarlo la quinta. Simplemente no era capaz. En los cuatro intentos anteriores, cuando el examinador se sentaba en la parte trasera, me bloqueaba por completo y ni siquiera podía arrancar el motor. Me daba tanto miedo suspender, hacerlo mal, que abandonaba por anticipado. No sé cómo finalmente lo conseguí. Solo recuerdo que nunca me sentí tan invencible, tan apta para la vida, como aquel día en que aprobé el examen práctico del carné de conducir.