No ocurrió hace mucho tiempo, ni en un país lejano. Tampoco es el único caso. Habrá quien piense que fue por cobardía; quien conspirará con motivos inconfesables que se le ocultan en el relato, pero el protagonista de esta historia es un hombre corriente que en un solo día demostró más coraje del que tuvieron en toda su vida tantos fanfarrones a los que quizá envidió. Fue cuando, con 57 años cumplidos, acudió a un programa de televisión para contar que no sabía besar con lengua; que nunca lo había hecho; que las únicas mujeres a las que había tenido cerca eran su madre y su hermana; que a la edad en la que otros ya han celebrado sus bodas de plata o, recién divorciados, se compran una moto y preguntan a chicas de la edad de sus hijas si van mucho por allí, él era virgen.

José Antonio Barreda nació en una pedanía de menos de 100 habitantes, La Nava (Benquerencia de la Serena, Badajoz). A los 13 empezó a recoger aceituna. Los primeros en irse, a los 17, fueron sus amigos, los mismos que, en la adolescencia, le habían animado a olvidarse de sus complejos —tiene una minusvalía por una malformación en un pie— y acercarse a la chica que le gustaba. Se fueron a trabajar fuera, vaciando, aún más, aquel rincón de la España vaciada, y en el pueblo desaparecieron las personas de su edad. Con 19 tenía unas ganas locas de hacer la mili porque él veía, en la obligación, una oportunidad: la de salir de casa y conocer a gente nueva. “Pero me tiraron para atrás en el reconocimiento médico…”. Con 30, perdió a su hermana, solo tres años mayor que él, en un accidente de tráfico, y sus padres fueron apagándose poco a poco, “como una vela”. Primero murió él; luego ella. En cinco años, José Antonio se quedó totalmente solo.