‘Pillion’ ha redescubierto para el gran público el fetiche del asfalto y el cuero, que va más allá de sus connotaciones sexuales y crea comunidades de hombres que adoran la libertad y la velocidad (y a otros hombres)
De joven, Adolfo Aguilera tuvo un accidente de moto en Madrid, cerca de Manuel Becerra. Entonces tenía muchos amigos, pero no se atrevió a llamar a ninguno para que recogiese su moto. Tuvo que pagar a un taller. “Yo salí dos veces del armario. La primera cuando me acepté como hombre gay y la segunda como motero. Entre mi círculo de amistades no lo comentaba, era una afición fuera del mundo gay. Pensaba que iban a decir: ‘Mira al tonto ese, que va de machito”, recuerda. Ahora tiene 66 años y una Honda VFR1200 gracias a la que ha conocido a grandes amigos y, sobre todo, a su actual pareja.
Hace unos días los dos se subieron a la moto para ir al cine. Para ellos era casi obligatorio ver Pillion. La ópera prima del cineasta británico Harry Lighton, aún en salas, ha sido toda una revolución por la manera en la que retrata algo que Aguilera vio nacer en España: los clubs de moteros gais. “La película refleja muy bien la sensación de amistad y camaradería”, cuenta. Pero Pillion también reinventa el culto al cuero y a las prácticas de dominación y sumisión que históricamente se han asociado con la figura mítica del motero gay. Una fantasía que sigue viva en la ficción y, según en qué contextos, también en la realidad.






