Una comedia amarga que no se parece a casi ninguna, que rompe con los estereotipos partiendo de ellos, que acude en variados momentos al sexo explícito de carácter brutal

¿Dónde reside el atractivo físico de un hombre? ¿Cuál es la naturaleza del deseo? ¿Qué lleva a dos seres, en principio radicalmente opuestos en el aspecto, el estilo, la sensibilidad, los objetivos y las maneras de amar, a fornicar con el mayor de los placeres, y además con constancia? Evidentemente, no hay una respuesta única. El atractivo sexual es un misterio, y depende tanto de una como de la otra persona. Aunque, para misterio, el que ha pergeñado el debutante británico Harry Lighton, director de la sorprendente (en todos los aspectos) Pillion, una película que hace del atrevimiento temático, visual y moral su bandera, pero que al mismo tiempo viene armada con un extraño sentido ...

de la dulzura. Todo ello, en torno a una desigual pareja de hombres, asentada en el sadomasoquismo.

Basada en una novela del escritor y crítico literario Adam Mars-Jones, Pillion es inclasificable ya desde su género: una comedia dramática con apuntes de comedia negra; o quizá un romance desbocado y a contracorriente que se ríe más de todos nosotros como espectadores que de sus propios protagonistas; o puede que una reflexión (in)moral (¿o amoral?) acerca del enigma del deseo. Su relato: la rotunda historia de anhelo, pasión y amor entre un motero escandinavo alto y atractivo, forrado de cuero y de desprecio, interpretado por el sueco Alexander Skarsgård, y un inglés feúcho, tímido, débil y vulnerable, interpretado por el inglés Harry Melling, el estupendo Edgar Allan Poe de Los crímenes de la Academia, y al que los espectadores más pequeños (los que no verán Pillion) reconocerán por su participación en la saga Harry Potter.