“En esta zona estamos congeladas de frío. ¡Esto también se llama micromachismo!“, dijo en junio de 2020 Vanesa Romero, que entonces era concejala de Podemos. Así fue cómo un pleno del Ayuntamiento de Alicante se convirtió en el inesperado marco en el que hablar de la brecha de género térmica, algo que por descontado, fue motivo de mofa para figuras como Juan Soto Ivars y Jordi Wild. No era la primera vez que ocurría. Dos años antes, Cynthia Nixon, conocida por interpretar a Miranda Hobbes en Sexo en Nueva York, exigió que la sala en la que se tenía que enfrentar a Andrew Cuomo (cuando ambos aspiraban a ser candidatos demócratas a gobernador del Estado de Nueva York en 2018) estuviera a 24 grados de temperatura. Una portavoz de Nixon envió un correo electrónico en el que afirmaba que las condiciones laborales son “notoriamente sexistas” en lo que respecta a la temperatura ambiente. Un estudio publicado en Nature indica que las oficinas se climatizan teniendo en cuenta las necesidades de un hombre de mediana edad, de 70 kilos de peso y cuyo atuendo consiste en traje y corbata. Tiempo después, un nuevo estudio publicado en la revista científica PLOS One avivó el debate al determinar que las mujeres obtienen mejores resultados en tareas cognitivas cuando se encuentran en ambientes más cálidos, mientras que los hombres rinden mejor cuando la temperatura es más fría. “Existe una gran cantidad de evidencia que muestra que las mujeres prefieren temperaturas más altas, e incluso hay artículos que sostienen que la temperatura habitual de las oficinas es sexista”, dice Agne Kajackaite, coautora del estudio e investigadora en ética y economía del comportamiento en el Berlin Social Science Center. El debate sobre el aire acondicionado se adentra también en los hogares. Los investigadores de un estudio llamado Thermostat wars? The roles of gender and thermal comfort negotiations in household energy use behavior (¿Guerra de termostatos? El papel del género y las negociaciones sobre el confort térmico en el comportamiento de consumo energético en los hogares) descubrieron que las mujeres son más propensas a declarar conflictos relacionados con la temperatura en el hogar. “Observamos algunos ejemplos de conflictos en los que un miembro de la familia parecía actuar como una especie de ‘dictador del termostato”, explica Nicole Sintov, profesora adjunta de la Universidad Estatal de Ohio y autora del estudio, a Inverse, donde Sarah Sloat sentencia que las mujeres han perdido “la guerra del termostato” tanto en casa como en el trabajo. Por si fuera poco, un anuncio de aire acondicionado fue retirado tras haber sido tildado de sexista. La campaña mostraba a una mujer con pantalones cortos y camiseta junto al lema ‘¡Tu esposa está hot! Mejor arregla el aire acondicionado’. Un desafortunado juego de palabras que perpetúa la idea de que es correcto hablar del cuerpo de las mujeres y de que hay tareas domésticas que son exclusivas de los hombres. Según el INSTH, Órgano científico técnico especializado en prevención de riesgos laborales (PRL) y seguridad y salud en el trabajo de la Administración General del Estado, existe confort térmico cuando las personas no experimentan sensación de calor ni de frío; es decir, cuando las condiciones de temperatura, humedad y movimientos del aire son favorables a la actividad que desarrollan. Con el fin de conseguir una temperatura en la oficina con menos de un 10% de margen de insatisfacción, la recomendación del INSHT es que en verano, el aire acondicionado esté entre 23 ºC y 26 ºC mientras que en invierno, esté entre 20 ºC y 24 ºC. Pero no se hace alusión alguna a la diferencia de género. Un estudio indica que en realidad, un factor determinante del confort térmico es la percepción de control sobre la temperatura. Dictamina que quien siente que ha elegido la temperatura de su entorno suele estar más satisfecho…Y rara vez las mujeres tienen tal sensación de control, pues la evidencia señala que ellas sienten que tienen menos control sobre la temperatura en el hogar que los hombres, y estos últimos suelen estar a cargo del termostato también en los hogares. ¿Las consecuencias?“Cuando el ambiente es más frío, las personas pueden experimentar incomodidad, reducción en la motricidad fina (escritura, uso de teclado), distracción e incluso fatiga. Por el contrario, las temperaturas elevadas provocan somnolencia, sudoración, pérdida de concentración y malestar general”, señalan desde LG. Asensio López, Portavoz de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC) y Coordinador del Programa de Actividades Preventivas y Promoción de la Salud (PAPPS), explica a ICON que aunque la temperatura corporal central es similar en ambos sexos (alrededor de 37 °C, pese a que la temperatura interna de las mujeres suele ser, en promedio, unos 0,2 °C más alta que la de los hombres), la forma en que los cuerpos de hombres y mujeres producen, retienen y sienten el calor es biológicamente distinta. “El cuerpo de un hombre funciona más bien como un radiador que constantemente irradia calor hacia afuera, mientras que el cuerpo de una mujer actúa como un termo de alta eficiencia: atrapa el calor en su interior para proteger los órganos vitales, pero deja la cubierta exterior (la piel y las extremidades) mucho más fría”, asegura. “Los motivos son la tasa metabólica, ya que los hombres la tienen en promedio más alta, y la masa muscular. pues las mujeres generalmente tienen un mayor porcentaje de grasa corporal, que es un excelente aislante para retener el calor, pero no lo genera. Otro motivo es que el sistema circulatorio femenino está diseñado para ser extremadamente eficiente protegiendo los órganos vitales y el sistema reproductivo en el centro del cuerpo y el factor hormonal”, dice. Pero hay que tener en cuenta que los hombres también se ven profundamente afectados por determinadas imposiciones dentro del código de vestimenta laboral. “Soy un hombre de 38 años que trabaja en el departamento de contabilidad de una pequeña organización sin fines de lucro. Llevo aquí poco más de tres años, en un edificio sin aire acondicionado que retiene mucho el calor. Cada verano pasa el tiempo sentado en mi escritorio, con traje y corbata, sudando a mares”, decía una carta enviada al consultorio de estilo de la web estadounidense Salon. “Una de sus primeras medidas fue conseguir que la junta actualizara nuestro código de vestimenta, que era bastante restrictivo, por decirlo suavemente: solo se permitían trajes, corbatas y pantalones de vestir; nada de polos ni vaqueros. El nuevo código es mejor, pero los pantalones cortos siguen estando prohibidos. Acabamos de tener nuestra primera ola de calor del verano, e incluso con vaqueros y polo, sudo tanto que he empezado a llevar una camisa de repuesto para cambiarme”, dice. El modelo original de confort térmico se basa en climatizar las oficinas teniendo en cuenta cantidad de prendas que la mayoría de hombres ya no usan en el entorno laboral, por lo que la temperatura de las oficinas, además de ser sexista, podría estar profundamente anticuada. El estilo casual se ha abierto paso en más empresas, especialmente desde la pandemia. Ya no todos los hombres llevan traje y camisa. “Cuando empezamos a hablar temperaturas bajas, la brecha de género en la tarea de matemáticas es enorme. A medida que aumenta la temperatura, la brecha de género desaparece”, señaló la investigadora Agne Kajackaite, una de las responsables del estudio publicado en la revista científica PLOS One. Y en plena ola de calor, el debate acerca del aire acondicionado vuelve a acalorarse… Literalmente.