Todos tenemos una geografía personal que nos marca. Ciudades que conocemos antes de visitarlas. Hubo un tiempo en que, para mí, Barcelona fue una de ellas. Nací en Tucumán, en el norte de Argentina, y mucho antes de recorrer las calles de la ciudad condal ya me había cruzado con ella en las páginas de varios libros. En las memorias de Federica Montseny, a quien yo admiraba desde adolescente. En La montaña mágica de Thomas Mann, por boca de Settembrini, el humanista italiano que ejerce de mentor de Hans Castorp. En El Quadern Gris, de Josep Pla, el primer libro que leí en catalán mientras viví en Madrid, otra ciudad muy querida por mí.Cuando llegué a Barcelona descubrí algo poco habitual. La realidad había superado las expectativas que me habían creado los libros. Encontré una ciudad abierta, creativa e inconformista. Una urbe que discutía, experimentaba y se atrevía a proponer respuestas nuevas a problemas que otras apenas empezaban a plantearse. Ese espíritu adopta formas distintas según quién la exprese, pero atraviesa generaciones, barrios e ideologías. Es una de las ideas compartidas que nos unen como ciudad.Cuando las llamadas alcaldías del cambio ganamos diferentes ciudades de España en 2015, una parte de ese espíritu innovador entró en ellas. En Barcelona, surgieron políticas que luego serían observadas desde otros lugares. Desde la unidad antidesahucios hasta las supermanzanas, pasando por iniciativas tan innovadoras como el dentista o el servicio municipal de canguro. Eran logros importantes, pero la ciudadanía nos exigía ir más lejos, ser más ambiciosos y acelerar transformaciones. Era la expresión de una ciudad que seguía empujando hacia adelante y de un gobierno que dialogaba con esa pulsión inconformista y transformadora tan propia.Con la llegada de Jaume Collboni a la alcaldía, esa tradición empezó a romperse. Y no creo que fuera lo que demandaba la mayoría de sus votantes. El impulso de la vivienda pública asequible dio paso a los recortes y a una tolerancia absoluta con los grandesespeculadores. La defensa de los comercios de barrios se resintió como consecuencia de una apuesta suicida por el turismo descontrolado.Como consecuencia de ese giro, hoy Barcelona no lidera ninguna gran innovación urbana, social o democrática. No hay políticas pioneras que inspiren a otras ciudades. Se ha instalado una calma administrativa que puede ser cómoda para algunos, pero que resulta profundamente ajena al carácter de una ciudad que siempre avanzó.Por eso, una parte importante de lo que estará en juego en las elecciones de 2027 es si Barcelona, Madrid, Cádiz, y tantas otras ciudades, son capaces de recuperar el espíritu inconformista del municipalismo transformador. Ese espíritu, en el caso de Barcelona, forma parte de su carácter. El reto es hacerle espacio y conseguir que dure, como pedía Italo Calvino, escuchando a una ciudad que no se conforma con seguir el rumbo marcado por otros,sino que aspira a definirlo.Gerardo Pisarello es alcaldable por Barcelona en Comú y diputado en el Congreso.