Barcelona vivió el miércoles uno de esos raros momentos en los que deja de discutir consigo misma. No es poca cosa. En los últimos años, la ciudad ha desarrollado una notable capacidad para contemplarse con el ceño fruncido.Da igual el asunto. El turismo, la vivienda, la suciedad, la inseguridad, la política, los alquileres o las bicicletas. Hace tiempo que Barcelona está atrapada en una conversación dominada por diagnósticos terminales, sin que se vea el remedio.Por eso resultó tan potente la imagen de la Sagrada Família, convertida en el centro del mundo. Allí solo había majestuosidad. Ni agravio ni competición. Todo eso llegaría al día siguiente. Pero por unas horas no hizo falta recurrir a esa costumbre de medirse con Madrid para comprobar la propia estatura. Bastaba con mirar.Y lo que apareció fue una evidencia que a veces queda sepultada bajo el ruido cotidiano: Barcelona sigue siendo una urbe capaz de fascinar si se lo propone.El momento más álgido del espectáculo con drones y la proyección de la imagen de Antoni Gaudí la noche del miércoles en la Sagrada Família. ReutersEl mundo no descubrió nada nuevo. Quienes parecían necesitar el recordatorio eran sus propios habitantes.Barcelona lleva años instalada en una contradicción y en una paradoja. Cuanto más insiste en explicar su importancia, más parece dudar de ella. Aquí la contradicción. No se puede reivindicar una Barcelona abierta, europea y cosmopolita para terminar encerrándola en un provincianismo político. El campo de visión se reduce cuando la identidad se fanatiza. Algunas de esas obsesiones han intentado abrirse paso a empujones en la visita del Papa. Alzar la mirada también consiste en dejar de mirarse el ombligo.La ciudad conserva su poder de fascinación mientras tolera problemas impropios de una capital europea de su categoríaBarcelona, además, debe conquistar una y otra vez una capitalidad que Madrid tiene garantizada por las instituciones. Quizá por eso alterna con tanta facilidad entre la euforia y la melancolía. Lo interesante de la apoteosis de la Sagrada Família del miércoles no fue solo la imagen proyectada hacia fuera. Fue también la reacción hacia dentro. Como si una parte de los barceloneses hubiera recibido permiso para reconocer su relevancia.La sensación fue de alivio.Un chute de autoestima.Una terapia colectiva.Y sin embargo ahí sigue la paradoja. La ciudad conserva intacto su poder para impresionar al mundo mientras tolera problemas impropios de una capital europea de su categoría. Exhibe una postal deslumbrante y una gestión mediocre separadas por apenas unos kilómetros, o ni eso, metros.De ahí que la referencia inevitable no sea solo la Barcelona de 1992. Es la Barcelona que todavía asoma de vez en cuando. La que recuerda que su principal problema nunca ha sido la falta de esplendor. Sino la facilidad con la que se acostumbra a él.Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1. Premio Pedro Vega de Periodismo (2025)