Las tragedias, en particular los desastres naturales, nos muestran la realidad de un modo axial, desvestida de apariencias. Los terremotos que sacudieron ayer tarde a Venezuela han puesto en evidencia el grado de vulnerabilidad del país, la incapacidad de respuesta del gobierno y el colapso de los sistemas de emergencia tras décadas de abandono y corrupción escondidos detrás de una grandilocuente demagogia ideológica. En Caracas la situación es grave, pero ha habido una atención limitada que ha permitido el rescate de algunas personas con vida. Basta ver las imágenes del estado Vargas: edificios convertidos en montañas de concreto y hierros retorcidos, personas bajo escombros sin auxilio 12 horas después del sismo, voluntarios sin equipamiento, hospitales sin recursos, rescatistas sin transporte ni combustible para entender la profundidad de la catástrofe. Lo que se ve allí no es solo el resultado de un terremoto: es el retrato de un Estado que lleva décadas vaciándose por dentro, y de ciudadanos que han aprendido con gran sufrimiento a arrimar el hombro unos a otros, una sociedad que en el interior y la diáspora hace todo lo que puede por sostenerse sola.Las imágenes me han provocado un siniestro déjà vu. El 15 de diciembre de 1999, el litoral costero de Venezuela fue azotado por un temporal bíblico que provocó enormes deslizamientos de tierra y dejó miles de víctimas. Yo llegué aquella noche a Maiquetía en el último vuelo que pudo aterrizar mientras los cerros se venían abajo. Mi hermano, quien entonces vivía en Caraballeda, reportaba que oía el estruendo de piedras descomunales rodar cuesta abajo. A la mañana siguiente vi el paisaje aterrador de una película de desastres. Él, su esposa y sus cinco gatos, junto a miles de personas, quedaron atrapados hasta ser evacuados por lanchas del ejército. Hace 27 años no había redes sociales que transmitieran en directo lo que entonces vivimos: hoy amplifican cada imagen. Pero el imaginario apocalíptico y los miles de desaparecidos son los mismos.La otra cosa que presentan ambas tragedias es una notoria paradoja del poder. Aquel 15 de diciembre se celebró el referéndum constitucional de Hugo Chávez. Pese a que las lluvias torrenciales llevaban días afectando al país, insistió en continuar con los comicios. No bien se habían desmoronado los cerros, apareció vestido de paracaidista, con su perenne boina roja calada, prometiendo ponerse al frente de las labores de rescate. Así lo vi perorar por televisión y, enseguida, se convirtió en el protagonista de la emergencia. Él era el Estado.Una de sus medidas más sonadas fue rechazar dos barcos de ayuda humanitaria ofrecidos por Bill Clinton, un gesto de patanería y arrogancia bochornosa que, sin embargo, le permitía gritar “¡Yankee go home!”. La tragedia se había convertido en espectáculo de campaña. Aunque Venezuela era todavía en 1999 un país con instituciones y recursos, llevó muchos años reconstruir Vargas y devolverle cierto aire de lugar vivible.En las primeras horas que siguieron al doblete sísmico, lo que la gente en X, Instagram y WhatsApp se preguntaba era: “¿Dónde está el gobierno?”. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, se dirigió al país más de tres horas después, cuando ya la ciudadanía se movilizaba como podía para apoyar a las autoridades y no al revés. Iba escoltada por su hermano Jorge y el infaltable hombre fuerte Diosdado Cabello, en otra señal de que no hay un líder, sino una junta de gobierno. Pero si se mira la débil respuesta de estos custodios del poder ante el terremoto y la escasa capacidad de respuesta de las instituciones ante la emergencia, hay que preguntarse: ¿importa tanto dónde está el Gobierno?El terremoto tiene, además, un fondo muy irónico. Con su triunfo en el referéndum de diciembre del 99, Chávez obtuvo el cheque en blanco que ancló su poder durante décadas. Ese poder está hoy agrietado en todas sus estructuras y se sostiene solo por la voluntad de Donald Trump. La tragedia funciona, de este modo, como metáfora del gran karma que ha vivido Venezuela, un karma que aún no llega a su fin. El chavismo es ese gran karma: no una fatalidad metafísica, sino una deuda histórica acumulada de errores, abusos y destrucción institucional que la sociedad venezolana está obligada a saldar. Un buen amigo me señalaba estos días que a Delcy Rodríguez le ha tocado la tarea de corregir algunos de los errores y abusos más graves del régimen. No lo decía con tono absolutorio ni como sarcasmo, sino como una simple observación. Puede tener razón (y puede que ese sea su karma personal). Sin embargo, es evidente que el chavismo no tiene capacidad para responder por Venezuela.Lo que se ha visto en estas horas lo confirma: los venezolanos dependen sobre todo de ellos mismos. Los ciudadanos organizándose a través de las redes, aportando su fuerza física para remover escombros, sus vehículos para movilizar heridos, sus linternas y sus botellas de agua para apoyar los rescates. No es una novedad: en la diáspora y el país llevan años construyendo, en los intersticios del Estado fallido, los cimientos de otro país. Y es gracias a ellos que Venezuela algún día podrá renacer.
El terremoto en Venezuela, sus víctimas, un karma y los guardianes del poder
Es evidente que el chavismo no tiene capacidad para responder por Venezuela. Lo que se ha visto en estas horas lo confirma: los venezolanos dependen sobre todo de ellos mismos











