Actualizado Jueves,
junio
00:10Como si se tratara de una profec�a apocal�ptica de Nostradamus, en Jap�n, la cuarta potencia mundial por PIB y que ocupa el puesto 16 entre las democracias plenas del globo seg�n �ndices tan prestigiosos como el The Economist Intelligence Unit, llevan desde que comenz� este siglo enredados en un debate bizantino en busca de una salida al laberinto pol�tico que supone que el futuro de la dinast�a reinante m�s antigua de la Tierra no est� garantizado.La escasez de varones en una familia imperial en la que las mujeres est�n excluidas del orden sucesorio se ha convertido en el mayor problema institucional en un pa�s tan ultramoderno en lo econ�mico y lo tecnol�gico como conservador en lo social y lo pol�tico. Y encontrar de una vez una soluci�n es lo que parecen haberse propuesto tanto la actual primera ministra, Sanae Takaichi, como su formaci�n, el Partido Liberal Democr�tico, que junto a su socio minoritario, el partido Ishin, arras� en las elecciones legislativas de febrero superando la barrera de los 300 esca�os en la C�mara Baja, lo que rebasa la mayor�a de dos tercios que permite afrontar grandes reformas.Y, as�, d�as atr�s la Dieta -la Asamblea bicameral- alcanz� un consenso sobre la reforma de la Ley de la Casa Imperial para garantizar un n�mero sostenible de miembros de la dinast�a. Y con ese borrador en la mesa, el Gobierno de Takaichi pretende elaborar un proyecto de ley para su aprobaci�n ante el fin del periodo de sesiones en julio. De salir adelante, se tratar�a de una medida hist�rica. Sin embargo, es tal el debate en los medios, los partidos de la oposici�n y la misma ciudadan�a sobre los planes anunciados, que cuesta creer que la revisi�n de la Ley de la Casa Imperial no vaya a acabar igual que lo han hecho todos los intentos anteriores desde principios de los a�os 2000, esto es, como agua de borrajas. Y mientras el tiempo pasa, al envejecimiento de la dinast�a Yamato le acompa�a la seria amenaza de su misma extinci�n.Tras largos debates heredados de legislatura en legislatura, en lo �nico en lo que este mes de junio se han puesto de acuerdo Sus Se�or�as niponas es en aceptar dos de las propuestas barajadas para garantizar el n�mero suficiente de miembros en activo de la Corona. Una, permitir que las princesas imperiales no pierdan su estatus y contin�en como integrantes de la instituci�n tras casarse. Y es que hasta ahora las f�minas de la dinast�a se convierten en ciudadanas an�nimas y se ven obligadas a decir adi�s para siempre a la Corte cuando contraen matrimonio. Tan draconiana es la ley s�lica que rige en el pa�s del sol naciente que ni siquiera la hija de los actuales emperadores, la princesa Aiko -quien por supuesto tiene vedado el trono-, seguir�a formando parte de la familia imperial si el d�a de ma�ana pasara por el altar y la reforma mencionada no llegara a entrar en vigor. La otra medida que ha logrado el consenso de los partidos de la Dieta es, sin embargo, ininteligible para gran parte de la sociedad japonesa: se trata de permitir la adopci�n por parte de la Corona de varones descendientes de los 11 linajes que perdieron su estatus imperial en 1947, con la entrada en vigor de la Constituci�n impuesta por EEUU en Jap�n tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial.Esto �ltimo, visto desde democracias occidentales como la nuestra, pareciera una ocurrencia disparatada. Y, de hecho, tampoco en Jap�n parece que sea una medida muy comprensible por parte de la ciudadan�a. Pero como la clase pol�tica no se mueve de su rechazo a que las mujeres tengan derechos sucesorios y a que tampoco puedan transmitirlos, y hoy s�lo queda un var�n en la instituci�n del que se espera tenga hijos como un semental imperial y engendre el mayor n�mero de descendientes posibles, el pr�ncipe Hisahito (19 a�os), llamado a convertirse en el futuro en el emperador, la conversi�n principesca de descendientes de antiguos allegados al Trono del Crisantemo se ve como una soluci�n de emergencia.Los emperadores de Jap�n y los reyes de los Belgas, durante la cena de gala en Bruselas el martes.AFPLas dos medidas se antojan salidas para garantizar, como decimos, que la familia imperial cuente con un n�mero de miembros suficientes que le permitan seguir desarrollando con normalidad las altas funciones de la Corona, que van mucho m�s all� del andamiaje de representaci�n institucional propio de otras familias reales de Monarqu�as parlamentarias modernas. En Jap�n, sin ir m�s lejos, pr�ncipes y princesas han de participar cada a�o en un sinf�n de rituales y ceremonias sinto�stas que exigen contar con el suficiente banquillo palaciego. Pero son medidas pol�micas. Quienes cuestionan que las f�minas sigan siendo princesas tras casarse se preguntan c�mo afectar� a la dignidad de la Corona el que sus esposos e hijos sean meros plebeyos -por no hablar de los posibles conflictos de intereses que surgir�an; hay mucho temor a que se dieran en Jap�n casos como el de Urdangarin en Espa�a-. En cuanto a la adopci�n de descendientes de los antiguos linajes reales abolidos, de por s� resulta muy complejo que muchachos nacidos como ciudadanos an�nimos en el Jap�n del siglo XXI fueran capaces de pronto de encajar en la rigidez del protocolo m�s estricto que existe en Monarqu�a alguna y poder representar con idoneidad a la naci�n.Como es l�gico, la preocupaci�n en el seno de la familia imperial es indisimulada. Y, a pesar de que sus miembros no pueden realizar declaraciones de car�cter pol�tico partidista, han puesto el dedo en la llaga en distintas ocasiones. El pr�ncipe Akishino -hermano del emperador Naruhito, actual Heredero y padre del mencionado Hisahito-, ha expresado en p�blico no pocas veces su preocupaci�n por el n�mero de miembros menguantes que sirven a la Corona. Y el propio soberano sorprendi� a propios y extra�os en la conferencia de prensa que protagoniz� antes de viajar con la emperatriz Masako a Europa -con motivo de las visitas de Estado que est�n realizando a Pa�ses Bajos y B�lgica-, al reclamar que los esfuerzos para garantizar el futuro de la instituci�n "cuenten con la comprensi�n del pueblo".El pr�ncipe Hisahito de Jap�n, en Tokio.AFPNo fue m�s all� el siempre mesurado y prudente Naruhito. Pero seguramente en su pensamiento estaban tanto el borrador de la Asamblea como el hecho de que todos los debates pol�ticos sobre el asunto dejen fuera el sentir real de la ciudadan�a. Y es que el 72% de los japoneses se declara a favor de permitir reinar a las mujeres, y el 74% permitir�a la transmisi�n de derechos sucesorios por v�a matrilineal, seg�n las �ltimas encuestas. Un deseo que se da de bruces contra el ultraconservadurismo y el inmovilismo de la �lite gobernante. Sanae Takaichi hizo historia en febrero al convertirse en la primera mujer que alcanzaba la jefatura del Gobierno de Jap�n. Pero en su primer discurso como mandataria, la bautizada como Dama de Hierro nipona, dej� tan claro que era acuciante resolver el ineludible problema que aqueja a la dinast�a como que rechazaba de plano incluir a las mujeres en el orden sucesorio.S�lo a comienzos de los 2000 se lleg� a plantear que Jap�n volviera a tener una emperatriz -cabe destacar que la f�rrea ley s�lica es producto de las normas promulgadas durante la Era Meiji (1868-1912), ya que antes el pa�s s� hab�a tenido hasta una decena de soberanas-. Con la princesa Aiko como �nica descendiente del que a�n era pr�ncipe heredero Naruhito, y dado que su hermano Akishino s�lo ten�a entonces dos hijas, el primer ministro Junichiro Koizumi encomend� a un panel de expertos un proyecto para enmendar la ley de la Casa imperial. Pero la inesperada llegada al mundo de Hisahito en 2006 fue un respiro para la tradicionalista �lite dirigente, y con ello se enterr� el debate sobre la sucesi�n femenina, en contra de la opini�n mayoritaria del pueblo. Un pueblo al que tampoco ahora se quiere dar voz ni voto a pesar de que la misma Constituci�n establece que la posici�n del emperador "deriva de la voluntad del pueblo, en quien reside el poder soberano".









