Estados Unidos se ha rendido ante Irán. Las condiciones del “memorándum de entendimiento” firmado por ambas partes son una victoria para la República Islámica y una humillación para el presidente Donald Trump y Estados Unidos. La guerra no es disfrutar viendo cómo explotan cosas (como al parecer algunos necesitaban aprender), sino la política por otros medios. Y (como acaba de demostrar Irán) ganar significa cambiar la política del enemigo para obligarlo a rendirse.Desde el primer momento, la guerra no provocada de Estados Unidos e Israel contra Irán puso a la vista de todos la incompetencia de Trump. En vez de intentar comprender cómo piensan y actúan los dirigentes iraníes, Trump, el secretario de guerra Pete Hegseth y otros funcionarios estadounidenses los trataron como a peleles que se rendirían de inmediato en cuanto empezaran a caer las bombas.Carente de estrategia propia, a la Administración de Trump no se le ocurrió que Irán pudiera tener un plan de represalia: lanzar ataques de largo alcance y cerrar el estrecho de Ormuz. La única respuesta que les quedó a los funcionarios estadounidenses fue hacer pasar la derrota por victoria (una ridiculez en la que todavía insisten). Es lo que ocurre cuando los votantes confían la guerra a personas del mundo del espectáculo y la negociación de la paz a especuladores.Al parecer, muchos estadounidenses todavía creen en el engaño de que Trump es un negociador astuto. Pero nunca lo fue: ese era el personaje que hacía para la televisión. Trump y los miembros de su gabinete hablan a lo grande ante las cámaras, pero no tienen ni idea de cómo funciona el poder global. Trump es vanidoso, impetuoso, distraído e indiferente a cualquier asunto que no sea su propia comodidad. Inició la guerra contra Irán por capricho y se rindió por conveniencia política: lograr una reducción del precio del petróleo le puede ayudar a permanecer en la Casa Blanca para siempre. Hasta ahora yo pensaba que el legado geopolítico de Trump sería una nota al pie en la guerra de Ucrania: un aspirante a oligarca que prolongó artificialmente la guerra de agresión de un oligarca real. Pero ahora a Trump también se lo recordará como artífice del resurgimiento del brutal régimen iraní. Con su ataque a Irán, Trump ha generado simpatía hacia torturadores y asesinos. Con la derrota, ha ampliado el poder de Irán en Oriente Próximo. Y con la rendición, ha creado una fuente de ingresos duradera para los gobernantes iraníes. Irán cobrará por cruzar el estrecho de Ormuz, y Estados Unidos descongelará 24.000 millones de dólares en activos iraníes y pagará a Irán 300.000 millones de dólares en fondos de reconstrucción. Cualquier poder que tuviera Estados Unidos para impedir que Irán fabrique armas nucleares se ha desvanecido.Existe la tendencia a pensar que la maldad y la estupidez son incompatibles: si algo es malvado, ha de servir a un propósito inteligente; si es una tontería, no tendrá demasiada malicia. Pero la guerra de Trump en Irán es la prueba de que la maldad y la estupidez pueden ir de la mano en la senda a la autodestrucción nacional.La guerra de Trump contra Irán ha sido un desastre estratégico y ético. Librar una guerra de agresión no declarada e ilegal, ignorar el derecho bélico y matar a decenas de civiles no conduce a la victoria. Festejar esas acciones no es señal de cálculo astuto, sino un error liso y llano. Se puede ser violento y disfrutarlo, y aun así seguir siendo un perdedor. Se puede ser a la vez insensible e insensato: Trump y Hegseth lo han demostrado.En otras palabras, aquí no hay consuelo que valga. La Administración de Trump usó medios perversos de manera insensata, no con un fin justificado, y dejó al mundo mucho peor de lo que estaba. Gracias a Trump, Estados Unidos generó problemas económicos en todo el planeta y (para beneplácito de China, Rusia e Irán) creó un orden internacional más caótico y menos sujeto a la ley.Pero si la maldad y la estupidez pueden ir de la mano, también pueden hacerlo la virtud y la sabiduría. Estados Unidos llegó a este punto porque permitió la concentración del poder político, económico y mediático en unos pocos. Es tentador atribuir la rendición estadounidense a un liderazgo incompetente, pero se debe más bien a políticas e instituciones que permiten la llegada al poder de personas así.Las guerras por capricho son síntoma de tiranía y una advertencia para los partidarios de la república. Hay que oponerse a ellas; pero, sobre todo, hay que prevenirlas, retirando dinero de la política, abordando desigualdades básicas, desmontando monopolios y facilitando la movilidad social.A Irán no le costó ganar esta guerra: solo tuvo que amenazar el interés propio de un aspirante a tirano. Para construir unos Estados Unidos que no se rindan se necesita lo contrario de la dureza de corazón y la insensatez de Trump. Los estadounidenses deberíamos valorar a líderes sensatos (personas que hayan demostrado auténticas aptitudes y hayan hecho algo bueno con sus vidas) y oponer resistencia a charlatanes carismáticos que meten la mano en nuestro bolsillo y envían a nuestros hijos a la guerra. Valoremos a líderes sensibles, que canalicen nuestro deseo de cuidado mutuo y que nos permitan tener a todos una vida mejor.
Hacer pasar la derrota por una victoria: la (ridícula) estrategia de Trump en Irán
Al país de los ayatolás no le costó ganar esta guerra: solo tuvo que amenazar el interés propio de un aspirante a tirano. Librar una guerra de agresión no declarada e ilegal y matar a decenas de civiles no es señal de éxito, como el presidente de EE UU quiere hacernos creer














