La mente humana es un arma para combatir la realidad, que puede ser insoportablemente confusa. Millones de años de evolución han dado lugar a un cerebro capaz de generar un sentido útil para la supervivencia a partir de la complejidad inabarcable del mundo. La identidad es una pieza básica de esa simulación y se suele construir a la contra. Sabemos demasiado sobre nosotros mismos y nos cuesta simplificarnos lo necesario para definirnos, pero creemos saber lo que no somos. No somos los bárbaros, con sus caras y sus costumbres repulsivas, y, desde que se empezaron a descubrir especies de humanos que no lo eran del todo, no hemos sido los neandertales: brutos, tecnológicamente atrasados y condenados a la extinción. Pero la mente humana es paradójica y también ha creado un método para atisbar un pedacito más de la realidad que oculta la simulación: la ciencia, que trata de ceñirse a los datos y nos arrebata la comodidad que busca el cerebro cuando nos hace sentir que nuestras intuiciones, nuestros prejuicios, son la verdad. Hoy, la revista Nature publica el trabajo de un grupo de científicos que han transformado nuestra visión de los neandertales y que siguen haciéndolo. Antes de que el ganador del Nobel Svante Pääbo y otros de los firmantes del artículo que se publica este miércoles hicieran posible recuperar y secuenciar el ADN de fósiles con decenas de miles de años de antigüedad pensábamos que los neandertales habían desaparecido sin dejar rastro. Hoy sabemos que el sexo entre especies sucedió en muchas ocasiones y que un pequeño porcentaje del genoma de aquellos otros humanos vive en cada uno de nosotros. Un equipo internacional de científicos liderado desde el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, en Alemania, ha analizado el ADN de 27 neandertales extraídos de 10 yacimientos entre Bélgica y Francia, para reconstruir sus relaciones genéticas. Los resultados nos recuerdan que, como los humanos, no todos los neandertales tuvieron vidas idénticas. Hace unos 50.000 años, pocos milenios antes de su desaparición, pese a lo que sugerían hallazgos anteriores, no todos sus miembros estaban condenados por los efectos de la endogamia y el aislamiento. Muchos vivieron en grupos grandes y bien conectados, algo que cuestiona la idea de que el deterioro genético hundió a la especie.La gran cantidad de nuevos genomas es una de las principales aportaciones del estudio. Solo hay secuencias parciales de unas pocas decenas de neandertales y, hasta hoy, solo se conocían cuatro secuencias de alta calidad, de las que proporcionan una cantidad de información similar a la que se obtiene de los genomas del presente y que permite reconstruir la historia familiar de un individuo. Tres de esas cuatro secuencias provenían de las cuevas de Denisova y Chagyrskaya, en las montañas de Altai, en Siberia. Allí, en el extremo de los territorios que llegó a ocupar esa especie, los individuos de entre 60.000 y 120.000 años de antigüedad mostraban una historia de intensa endogamia entre parientes cercanos, medio hermanos incluidos. “Esto tampoco era extraño en este caso —dice Alba Bossoms-Mesa, investigadora del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, en Alemania, y primera autora del estudio—, porque estaban geográficamente aislados”.“Nuestros resultados muestran que la imagen que emerge de una región no puede aplicarse simplemente a todos los neandertales”, afirma Benjamin M. Peter, coautor del estudio y líder de grupo en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva. “Los neandertales tardíos del noroeste de Europa parecen haber formado parte de una población regional interconectada, en lugar de pequeños grupos aislados con apareamientos frecuentes entre parientes cercanos”.En el artículo publicado hoy, se presenta un quinto genoma de alta calidad, de los que permiten estudiar los cromosomas materno y paterno y reconstruir la historia familiar del individuo. Este neandertal, que vivió hace 45.000 años, se encontró en la cueva de Goyet, en Bélgica, y no tenía un ADN que delatase relaciones incestuosas como los siberianos. Curiosamente, en el yacimiento belga no se encontraron parientes cercanos entre otros individuos analizados, ni siquiera entre una cría recién nacida y las hembras adultas que se encontraron junto a ella. Los huesos y el ADN de estos neandertales cuentan una historia oscura. Muchos de los restos presentan marcas de descarnado y fracturación para acceder a la médula. Trabajos previos sobre Goyet interpretan estos restos como uno de los mejores ejemplos de canibalismo neandertal documentados en Europa. “Sabemos que los neandertales de Goyet no eran locales. Y son precisamente los que fueron canibalizados”, dice Bossom-Mesa. Lo más llamativo es que el ADN revela que esos individuos canibalizados pertenecían al mismo gran grupo genético que otros neandertales de la región, de modo que no parece tratarse de miembros de una población completamente diferente. ¿Fueron víctimas de conflictos entre grupos neandertales, episodios de canibalismo ritual o, simplemente, una solución drástica frente al hambre? No se sabe.Carles Lalueza-Fox, experto en ADN antiguo del Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF) de Barcelona, que no ha participado en el estudio, comenta que estos resultados plantean una idea distinta del proceso de extinción de los neandertales. “Entonces ya había humanos modernos, pero en ellos no se ven las señales de declive demográfico que hay en otros neandertales o que se encuentran en poblaciones de animales en peligro de extinción”, señala. “Esas especies tienen poblaciones de muy pocos individuos durante centenares o miles de años y se extinguen por una acumulación de los efectos genéticos de la baja diversidad, pero este individuo de Goyet no muestra esos efectos; no estaban en un proceso de declive demográfico”, continúa. “Pero hay especies que se extinguen de golpe —los humanos somos capaces de extinguir especies en pocas décadas—, y no tienen tiempo de acumular esas señales de declive demográfico”. Puede que esto señale a los humanos como culpables de una extinción más rápida. “En todo caso, al menos fue un proceso heterogéneo”, dice el investigador.La gran cantidad de genomas también confirma un hallazgo enigmático sobre los cruces con los neandertales. Según cuenta Bossoms-Mesa, hay varios genomas de Homo sapiens antiguos en los que se ve que tienen antepasados neandertales muy recientes. “Si hacemos lo mismo con un neandertal, nunca hemos encontrado que tuviera un tatarabuelo que fuera humano”, explica. Los investigadores han ampliado considerablemente el número de individuos analizados y siguen sin detectar ese flujo genético reciente en dirección contraria.La investigadora plantea varias explicaciones posibles. Tal vez los encuentros entre ambas especies ocurrieron en regiones distintas de las estudiadas. Pero también podrían intervenir factores sociales o culturales. “Imagina que los humanos estuvieran dispuestos a criar e incorporar a la comunidad a un bebé medio neandertal y medio humano, pero los neandertales no”, plantea. Más allá de las conclusiones biológicas, el estudio representa también un avance técnico. Buena parte de las muestras analizadas habrían sido inutilizables hace apenas unos años. El equipo desarrolló nuevas herramientas para recuperar información genética de restos muy degradados. Gracias a esos métodos, fue posible reconstruir parentescos, identificar individuos que aparecían representados por distintos fragmentos óseos e incluso corregir interpretaciones arqueológicas previas.Bossoms-Mesa afirma que estos avances permiten responder a muchas preguntas sobre las relaciones de aquellos neandertales con una cantidad de datos inédita. “El objetivo no es solo secuenciar individuos aislados, sino reconstruir poblaciones enteras y comprender cómo interactuaban entre sí en los últimos milenios de su existencia”, dice. La gran cantidad de información servirá para seguir reconstruyendo la vida de los neandertales sin convertirlos en clichés, con toda la dificultad de hacer algo así con individuos que vivieron hace más de 400 siglos. Lalueza-Fox comenta que uno de estos tópicos neandertales que matiza la nueva información es la de que eran amantes del frío. Las secuencias de 40 genomas mitocondriales, que se heredan solo por vía materna y permiten seguir la historia de los linajes femeninos a lo largo del tiempo, han servido para datar los periodos de expansión y contracción de las poblaciones neandertales. “Pese a que tenemos la idea de que estaban bien adaptados al frío, realmente se expandían cuando había un clima más cálido y creo que si tuviésemos datos más antiguos veríamos aún más esa relación de expansión con los picos cálidos”, apunta. Los neandertales eran capaces de sobrevivir en ambientes fríos, pero sus momentos de mayor crecimiento poblacional podrían haber llegado durante fases más templadas.Las nuevas técnicas ayudarán a reconstruir con mayor fidelidad la historia evolutiva de los neandertales, los otros humanos, que pudieron tener sociedades florecientes y decadentes, violentos y pacíficos, y que también verían a los grupos de individuos de su especie con los que se relacionaban, desde Croacia a la cuenca del Mosa, como bárbaros contra los que construir su propia identidad.
El mayor estudio de ADN de neandertales tardíos refuerza la sospecha sobre el papel humano en su extinción
Un análisis de 27 genomas muestra poblaciones más diversas y conectadas de lo que se creía y cuestiona que el deterioro genético provocara su desaparición










