Actualizado 24/06/2026 - 13:11h.

No hay nada que celebrar en la sentencia del caso Mascarillas, que ha encumbrado a Ábalos como el exministro con una mayor condena de cárcel de la historia de nuestra democracia, otro hito más para un Gobierno presidido por un hombre que siempre está pensando ... en la posteridad. No hay nada que celebrar ahí, y sí mucho que lamentar: la erosión de las instituciones y los contrapoderes, la polarización cultivada con esmero, la ruptura de los consensos y las formas, el desprecio a la voluntad popular, el desprecio a la libertad de prensa, el desprecio sistemático de la verdad… Tal vez el gran legado del sanchismo sea la antipolítica, el cinismo, haberle dado la razón a los cuñados de España: están ahí para trincar, no se creen nada de lo que dicen, ni siquiera se creían las medidas pandémicas, es todo un negocio, y así. A ver quién recupera la fe en lo público después de tantos audios, después de las prostitutas pagadas con dinero de todos, después de las chistorras, las lechugas, la fontanera, después de haber visto RTVE convertida en un cenagal propagandista y la Fiscalía en un ministerio más. A ver quién vuelve a pagar impuestos sin sentir que le están robando. Adorno no podía imaginar la poesía después de Auschwitz; también será difícil pensar una España mejor después del sanchismo. ¿Qué Ejecutivo renunciará a los poderes de los que le ha dotado la falta de escrúpulos de Pedro Sánchez? ¿Existe esa altura moral en algún lugar de la oposición? Tocqueville ya advirtió que el Estado nunca renuncia al poder que ya ha conquistado, y aún nadie nos ha dado motivos para afirmar lo contrario.