El eternamente menguante fin de semana de la moda masculina de Milán fue, con todo, interesante. Una de las razones es que la mezcla de nombres, en su escasez, es tan diversa que resulta inclasificable: algo positivo en una industria llena de previsibilidad algorítmica. Abrió el calendario Ralph Lauren, el pasado viernes, con un desfile triunfal que volvió a poner sobre la mesa eso que tantos intentan imitar: la edad de oro del estilo pijo estadounidense. Los esmóquines, el surf, el estilo universitario… pero con una vuelta creativa y colorista a base de flores (reales) y cuadros madras. El diseñador estadounidense lleva perfeccionando su fórmula desde 1967 y hoy es una autoridad. Uno de los nombres más longevos y exitosos no solo de la industria, sino del estilo masculino, y que atraviesa un momento envidiable porque no solo la moda ha vuelto por los fueros del clasicismo, sino que específicamente ha vuelto a él: la firma facturó el año pasado la cifra récord de 6500 millones de euros, con crecimiento en todos los mercados clave. El sábado desfiló otro veterano, el británico Paul Smith, con una solvente colección llena de trajes con hombros anchos, pero no exagerados, corbatas y otras piezas que tomaban como referencia su propio archivo. “Es mi estilo visto por los miembros más jóvenes de mi estudio”, decía el energético octogenario en el backstage del desfile mientras demostraba la ligera construcción de una chaqueta sacudiendo las solapas. Al contrario que Lauren, Smith (que comenzó su marca en 1970) no se ha convertido en un gigante gobal. Pero su propuesta se sigue sintiendo como una de las más honestas, auténticas y personales del panorama. Y, ahora que vuelve lo clásico, resulta fresca y de nuevo pertinente.Dolce&Gabbana, la casa que fundaron Domenico Dolce y Stefano Gabbana, también representa la parte más idiosincrática de la moda masculina. Llevan en el negocio 42 años y, con su desfile de ese mismo sábado, llamado Vacanze Siciliane, renovaron sus votos con la italianidad mediterránea. Había bonitas chaquetas de trabajo con corales bordados, punto geométrico llamativo y retro, camisas con postales estampadas y chaquetas o vaqueros con joyas aplicadas, pero no en clave preciosista sino como si las hubieras dejado caer encima y para coserlas después. El efecto subrayaba una colección relajada, desinhibida y escapista que, a su vez, era un espejo de sus clientes importantes (algunos de los cuales estaban en primera fila).Milán es un gran centro industrial y artesanal para la moda, pero en los últimos años ha tenido problemas para acuñar talento joven que cristalice en firmas establecidas. En el calendario están MSGM y, desde más recientemente, Saul Nash o Domenico dell’Orefice, pero Sunnei, posiblemente la marca joven con más proyección que ha dado el calendario, se disolvió el año pasado después de 10 años. El domingo se confirmó que sus fundadores, Loris Messina y Simone Rizzo, son los nuevos diseñadores de Moschino: un intento de volver a hacer relevante esta firma clave en la moda italiana en un panorama en el que el carácter irreverente que le infundió su fundador se ha diluido y los números se han desplomado. Incluso Magliano, uno de los diseñadores más interesantes que ha dado la industria transalpina en las últimas temporadas, ha dado el salto a París. Paliar este síndrome es una de las misiones de la Camera della Moda, el organismo que gestiona la pasarela milanesa, y de un tiempo a esta parte ha ido llenando los huecos que dejaban las firmas de siempre con nombres independientes de distintos puntos del globo. Por ejemplo Pronounce, la firma italochina, que celebró su primera década con una mezcla bastante equilibrada entre lo útil y lo conceptual, y entre el género fluido, la sastrería ligera y la ropa deportiva. O Setchu, en un ejercicio de moda poética de influencias japonesas que caminaba sobre vertiginosas sandalias de madera convertidas en zapato de tacón. El domingo le tocó, bajo un sol de justicia, a Qasimi. La marca tiene una historia interesante: su fundador, Khalid Al-Qasimi, pertenecía a una rica familia saudí y estudió en la escuela Central St Martins de Londres. Falleció antes de tiempo cuando la firma despegaba, y ahora la enseña está en manos de su hermana Hoor, que firmó una colección llena de prendas en colores terrosos, siluetas amplias y cortes limpios y deportivos que recordaban un poco a Sirat y un poco al minimalismo técnico de finales de los noventa (el calzado era de la firma de zapatillas barefoot Vivo, bastante en ese plan). Todo era bastante sutil: las finas tiras de boa que volaban al viento pegadas a chaquetas o camisas parecían estar ahí para subrayarlo. La ausencia de grandes nombres en el calendario milanés (Gucci y Bottega Veneta hacen desfiles conjuntos que presentan en la semana de mujer, por nombrar dos ejemplos) también hace que destaquen la firmas que no hacen desfiles pero son centrales en el sector más artesanal de la moda italiana. En este sector la más importante es Tod’s, del magnate Diego Della Valle, una especie de Ralph Lauren del clasicismo a la italiana: sus sempiternos mocasines vuelven el verano que viene en tonos sorbete o aligerados y convertidos en pantufla (una apetecible concesión a la modernidad), y la ropa es un repertorio de clásicos actualizados. Prendas combinables entre sí y en calidades extraordinarias, pensadas para facilitarle la vida al que pueda permitírselas. La gran pregunta es qué tiene pensado la industria de la moda para cuando lo único que se pueda llevar sea una toalla y protección solar"En otro lado de la ciudad, la firma de punto artesano Filippo di Laurentiis presentaba una contemporánea colección de coordinados entre el pijama, el yoga y la ropa de avión. Ropa bonita, cómoda y perfecta para estar en casa con el aire acondicionado: con el apabullante calor del pasado fin de semana en Milán, y que volvió a caer a peso sobre el desfile de Thom Browne —el otro estadounidense que ha desembarcado en esta pasarela, aunque mucho más excéntrico y queer—, la gran pregunta es qué tiene pensado la industria de la moda para cuando lo único que se pueda llevar sea una toalla y protección solar. Puede parecer una tontería, pero la otra gran pregunta que ha surgido esta recién comenzada temporada de desfiles —y, desde luego, la que prendió fuego la conversación online— es si vuelven por fin los pantalones pitillo. Fue culpa de Raf Simons y Miuccia Prada, que pintaron de blanco el gran cubo donde muestran sus colecciones y, sobre un suelo de cristal iluminado con tubos fluorescentes, lanzaron decenas de chavales altos, flacos y ataviados con minúsculas cazadoras y vaqueros filiformes. Un look nuevaolero magníficamente fotogénico (los colores iban del blanco transparente al amarillo o el estampado de pata de gallo) y una silueta con la que fantasear, aunque por suerte también había piezas menos exigentes: las chaquetas amplias con hombreras, cazadoras cortas de cuero cortas o unos jerséis grandes con profundo cuello en pico equilibraban el conjunto.“En esta colección he querido imaginar el Mediterráneo como un mercado abierto, un sitio real, pero ideal, donde la gente y los colores se juntan”, dice Leo Dell’Orco, el sucesor de Giorgio Armani, en un mail posterior a su desfile, el segundo en solitario tras el fallecimiento del fundador el pasado septiembre y último de la pasarela masculina de Milán. “La colección tiene líneas fluidas, pero esta vez más pegadas al cuerpo, y tejidos que parecen vividos y gastados por el sol”, continúa, describiendo perfectamente la completa propuesta de la firma italiana: lo mejor eran las chaquetas, más largas y con hombros suaves, que se combinaban como sin esfuerzo con camisas, corbatas y gafas de alambre. Una propuesta tan absoluta y perfectamente Armani que te hace volver a creer, aunque sea por un momento, en ese concepto tan mangoneado por los reaccionarios llamado elegancia. Incluso en la ola de calor que viene.