AnálisisLas nuevas tecnologías han ampliado las formas de aprender, pero también han planteado interrogantes sobre la calidad del conocimiento adquirido.Hoy en día las nuevas generaciones crecen rodeadas de tecnología e inteligencia artificial. Foto: iStock20.06.2026 23:30 Actualizado: 20.06.2026 23:30
Mientras debatimos sobre si la tecnología ayuda o entorpece el aprendizaje y la concentración, conviene constatar que la manera de estudiar ha cambiado profundamente, y la generación Z (nacida entre 1997 y 2012) ha incorporado prácticas que ninguna generación anterior tuvo a su alcance. Entenderlas es condición previa para juzgarlas. LEA TAMBIÉN Hoy se preparan los exámenes en un entorno en el que acceder al conocimiento está al alcance de todos y de manera inmediata. La lectura coexiste con videos, documentos colaborativos, grupos de mensajería e inteligencia artificial generativa (IA). Esto no es necesariamente dispersión: puede ser aprendizaje multimodal. Por ejemplo, el informe Pisa 2022 indicaba que el alumnado que utilizaba dispositivos digitales hasta una hora diaria con fines de aprendizaje obtenía hasta catorce puntos más en matemáticas que quienes no los usaban.El aprendizaje en redLos jóvenes se mueven con soltura entre formatos, plataformas y lenguajes: desde explicaciones en videos de 15 minutos que ven en YouTube hasta la revisión de apuntes compartidos en un documento colaborativo, pasando por grupos de WhatsApp donde resuelven dudas propias o de otros compañeros o les mandan explicaciones en un mensaje de audio. También usan la inteligencia artificial, por ejemplo, para afianzar la comprensión de un concepto o para reformular una idea de tres maneras distintas hasta encontrar la que mejor encaja. Estas prácticas son ya rutina. LEA TAMBIÉN Aprenden, como hemos aprendido siempre los humanos, también por imitación, viendo cómo otra persona resuelve algo en pantalla. Y probablemente distribuyen el estudio en sesiones más cortas e intercaladas.Enfrentarse de esta manera a los contenidos académicos tiene sus riesgos, pero también puede tener enormes ventajas.Como explicaba el psicólogo Lev Vygotsky en los años treinta del siglo pasado, el desarrollo cognitivo se produce en la zona de desarrollo próximo, ese espacio en el que alguien más avanzado –o, simplemente, diferente– nos ayuda a llegar más lejos de lo que llegaríamos solos. El grupo de WhatsApp donde una compañera mejor preparada explica un ejercicio, el vídeo del youtuber especializado en química orgánica o la conversación con una herramienta de IA generativa que reformula un concepto desempeñan, en versiones distintas, esa función mediadora.Los expertos Jean Lave y Etienne Wenger añadieron el concepto de comunidades de práctica: aprendemos participando, compartiendo, siendo reconocidos como miembros de un grupo que construye conocimiento. Y cuando cualquier estudiante le explica un concepto a otro, no solo le ayuda: reorganiza su propio conocimiento, detecta lo que no había entendido bien y lo verbaliza de una forma nueva. LEA TAMBIÉN La investigación lo llama efecto protégé: enseñar es una de las mejores maneras de aprender. El ecosistema digital ha multiplicado las oportunidades de hacerlo y ha bajado radicalmente sus barreras de entrada.El matiz necesarioEsto no significa que todo lo que la tecnología facilita sea automáticamente aprendizaje. Aquí aparece la asimetría incómoda: el mismo recurso digital amplifica al estudiante autorregulado y empobrece al que es consumidor pasivo. La tecnología no es un objeto, es una relación cognitiva.Dos hallazgos recientes lo confirman. En el estudio AI Tools in Society: Impacts on Cognitive Offloading and the Future of Critical Thinking, que incluyó a más de 600 participantes, se encontró una correlación negativa significativa entre el uso frecuente de la IA y pensamiento crítico, especialmente en jóvenes, mediada por la delegación sistemática de tareas mentales en esos sistemas externos. En paralelo, el estudio Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task midió mediante ondas eléctricas la actividad cerebral de estudiantado redactando ensayos con o sin asistencia de la IA. Pues bien, quienes la usaron mostraron menor conectividad neural, menor sentido de autoría y peor recuerdo posterior del propio texto. Los autores lo llamaron “deuda cognitiva”. LEA TAMBIÉN La lectura útil –no apocalíptica, pero tampoco complaciente– es esta: cuando una herramienta elimina el esfuerzo, también elimina el aprendizaje. La psicología cognitiva lo formalizó con el concepto de “dificultades deseables”: las condiciones que ralentizan el rendimiento aparente son las que consolidan la memoria a largo plazo.El aprendizaje profundo es incómodo por diseño. Por eso, las prácticas digitales que mejor funcionan son las que mantienen viva esa fricción productiva: explicar a otros, decidir, equivocarse, debatir, contrastar, reformular, comparar fuentes, crear, reflexionar, transferir y recibir feedback.Aquí entran en juego las otras dos variables: el papel de la familia y el de los maestros. La teoría de la autodeterminación muestra que un estudiante con motivación intrínseca usa la IA para preguntar mejor; uno con motivación extrínseca, para no pensar. Las familias modulan a menudo ese tipo de motivación, fragilizándola, cuando el mensaje gira exclusivamente en torno al resultado; y sosteniéndola, cuando validan el proceso.Los maestros hacen lo equivalente desde el aula: las estrategias y criterios con los que se evalúa configuran la imagen que el estudiantado construye de sus propias capacidades, y una evaluación formativa –que ajusta la docencia y acompaña el proceso de aprendizaje– es la mejor preparación para cualquier prueba sumativa posterior.Por eso, no debemos equiparar estudiar de manera diferente con estudiar peor. De hecho, podríamos decir que la generación Z estudia en muchos aspectos de forma más sofisticada. Donde antes había un libro de texto cerrado, hoy hay una conversación abierta en la que apuntes, videos, mensajes, documentos colaborativos e IA circulan entre iguales. LEA TAMBIÉN Esa diversidad de apoyos enriquece el aprendizaje, pero también introduce una exigencia mayor: saber discriminar, organizar y convertir todo ese caudal de información en comprensión real, en aprendizaje profundo. Ante este panorama, un punto de inflexión es claro: debemos empezar a evaluar de diferente manera.Aprender en red no es un atajo, ni una versión empobrecida de aprender. Es una forma sofisticada de construir conocimiento que combina lo individual con lo colectivo, lo sincrónico con lo asincrónico, lo textual con lo audiovisual. Y, bien acompañada, prepara para algo más exigente que un examen concreto: para una vida profesional en la que aprender, desaprender y volver a aprender con otros y con tecnologías cambiantes será, probablemente, la competencia más valiosa que esta generación habrá necesitado adquirir.(*) Profesora e Investigadora en los Estudios de Educación, UOC - Universitat Oberta de Catalunya(**) Es una organización sin ánimo de lucro que busca compartir ideas y conocimientos académicos con el público. Este artículo es reproducido aquí bajo licencia de Creative Commons Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.












