Los lápices de Luisa de la Vega Wetter (París, 1862–Madrid, 1944) dibujaron con una delicada y extraordinaria precisión caballitos de mar, esponjas marinas, erizos y crustáceos cuando no había fotografía a color. La única manera de conocer, catalogar y estudiar la biología marina era reproducir las especies en ilustraciones, con la premura de tiempo que implicaba trabajar con ellas, fuera de su hábitat, antes de que se deteriorasen su forma, color o estructura.
Sus láminas de peces abisales y plantas marinas se convirtieron en indispensables para la investigación científica en zoología y botánica. Muchas de sus obras se conservan en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales
Desde lo contemporáneo, ahora que existen cámaras capaces de retratar con extraordinaria precisión el mundo marino, aún se sigue conservando esta tradición y todavía se celebran concursos internacionales de ilustraciones científicas.
Luisa convirtió el dibujo científico en un arte, por la sensibilidad que supuran su magistral colección de ilustraciones, aunque hasta ahora su nombre haya estado desaparecido de la historia. O, en todo caso, asociado al de su marido, el afamado naturalista Augusto González de Linares a quien conoció en París. Juntos se iniciaron en el estudio de los océanos desde la Estación de Biología Marítima del Cantábrico. Él tiene un instituto con su nombre, una estatua y el reconocimiento unánime de la comunidad científica. Ella, nada. Su nombre no ha sido reivindicado, pese a la importancia y valor de sus ilustraciones científicas y acuarelas, de sus láminas zoológicas y botánicas que destacan por la precisión del trazo, la sensibilidad artística y su enorme valor científico. Una mujer olvidada detrás de su marido.









