El 28 de enero de 1987 se escribieron los primeros renglones del libro de actas de la Asociación Cultural de Mujeres de Bellavista. La letra pulcrísima que iba dejando constancia de los asuntos tratados era la de Áurea Chacón, secretaria e impulsora de la asociación. “Las mujeres no tenían ningún tipo de sitio donde hacer lo que les apeteciera a ellas y entonces con la asociación cambió todo. Teníamos una actividad frenética”, asegura con orgullo, a pesar de que “muchas no veían imprescindible que las mujeres estuviéramos interrelacionadas”. Organizaban talleres de confección, teatro, fotografía o charlas sobre salud sexual. En su momento de mayor auge llegaron a ser 2.000 socias; ahora, no alcanzan las trescientas. Su presidenta, Trinidad Camacho, tiene 66 años y se unió como maestra de gimnasia con solo 23. Ya jubilada, es una de las que mantiene la ilusión por revivir aquellos tiempos. Ella se encarga de recaudar las cuotas, dos euros al mes, como antes lo hizo Chacón. En los comienzos, muchas pagaban a espaldas de sus maridos. “Nuestro partido siempre ha sido la mujer y su desarrollo”, dice orgullosa esta histórica militante vecinal, que se encargaba de enseñar a leer y a escribir a otras mujeres que acudían en su ayuda. “Las acompañaba al banco o a firmar papeles, porque eran analfabetas, pero trabajaban y en condiciones de maltrato”, lamenta.Esa ilusión de Chacón se ha traducido en la exposición Mujeres de Bellavista, que reúne 101 fotografías distribuidas en 10 sedes, de un catálogo total que superaba las 450 y que han sido aportadas por 55 familias del barrio, abarcando un arco temporal desde 1950 a la actualidad. Cada una está acompañada de un texto, en primera persona, extraído de las entrevistas a sus protagonistas o sus allegados realizadas por La digitalizadora de la memoria colectiva, una red de profesionales que acompaña en proyectos de recuperación de memoria social audiovisual. La número uno corresponde a la primera fiesta, en las navidades del 87, donde un grupo de socias sonríe ataviadas con disfraces artesanales. La alegría de la imagen, en color, choca con la dura realidad contra la que luchaban: “Nos llamaban ‘las locas’ porque en esa época había mucho machismo en el barrio. En el barrio y en todos lados”, según palabras de Paqui Garrido, una de sus integrantes.La muestra, que se inauguró el 9 de junio y estará al menos hasta el 30, comenzó a fraguarse hace un año, cuando la asociación contactó con el colectivo y se inició un proceso participativo para articular un relato que condensara la perspectiva de las mujeres, dentro de las actividades por el centenario de un barrio que sufrió especialmente la represión franquista y el abandono institucional. La fecha del recuerdo más antiguo expuesto, en blanco y negro, señala el año 1950, pero las condiciones urbanísticas y la precariedad evocan varias décadas de retraso respecto a otras zonas de la ciudad. Bellavista nació en 1926, integrada en el municipio de Dos Hermanas hasta que en 1937 pasó a formar parte del término de Sevilla, al ser un punto estratégico por el paso del ferrocarril y la carretera Nacional IV. Allí estuvo situado el campo de concentración de Los Merinales, activo entre 1940 y 1962, el último que se cerró en España. Y hasta allí se mudaron familias enteras para acompañar a sus familiares, recluidos y condenados a trabajos forzados, donde se calcula que cumplieron condena unos 10.000 presos políticos que construyeron en condiciones de esclavitud el conocido como Canal de los Presos. En una de las fotografías se ve a Juan José Ayala, Francisca Marín y a una todavía bebé María Ayala Marín. Él, exalcalde republicano de un pueblo de Murcia, pasó la parte final de su condena en el campo junto a su hermano. Al salir de la cárcel conoció a su mujer.La atmósfera anímicaMientras se afana en unir un mosaico de los carteles que pegarán en las paredes del barrio, Óscar Clemente, miembro de La digitalizadora, recuerda una cita de El mundo de ayer, donde Zweig alude a la dificultad de reconstruir la “atmósfera anímica” de una época frente a la mera narración de grandes acontecimientos. No se trata aquí de la Europa de entreguerras, sino de una España periférica a la que todavía tardaría mucho en llegar el progreso y más aún la democracia. “Esa atmósfera se construye a partir de las pequeñas vivencias cotidianas. La foto en esa época era algo muy valioso, no es como ahora que tiramos 300 fotos al día. Ese valor hace que la gente las haya conservado”, apunta Clemente. De hecho, muchas están firmadas por Moyano, que ejercía de fotógrafo ambulante, algo habitual porque las cámaras no eran un bien accesible. Apunta que en esa recopilación han aflorado cuestiones muy relevantes para la memoria social sobre la historia del trabajo femenino y los abusos. El almacén de aceitunas Tepesa o Confecciones Edlitan eran destinos habituales, como reflejan imágenes de un grupo de niñas de apenas 14 años volviendo de trabajar o empleadas posando a las puertas. Una de ellas, Carmen Rodríguez Montoro, recuerda en el texto adjunto la visita a la fábrica textil de la esposa del dictador, Carmen Polo: “Le regalaron un broche de oro con el escudo del águila real que costó 17.500 pesetas. Pues mira tú qué bien. La sorpresa fue a la semana siguiente, que cuando fuimos a cobrar el sueldo nos habían quitado a cada una 10 duros para pagar el broche de doña Carmen”.La recolección de fotos creció con el boca a boca, con Camacho como principal artífice. “Yo nací aquí, con lo cual conozco mucha gente. Cada vez que me encontraba a alguien por la calle, le presentaba el proyecto”, explica. La selección final fue un proceso participativo, en el que cada una escogía sus 10 fotos favoritas. Las elegidas se han impreso en formato 35x70, con el apoyo de la Fundación Sevilla Activa de la Diputación de Sevilla y la Imprenta Provincial. Iban a ser 100, pero la última, la 101, se añadió al final: es un retrato de Trinidad Almuedo López delante de una tarta el día que cumplió 100 años, como el barrio al que se mudó hace medio siglo. Bajo ella, unas palabras que resumen la sororidad de un barrio que, como tantos, fue creciendo gracias a la lucha invisibilizada de sus vecinas: “Soy Trini, llevo en Bellavista 55 años. Cuando llegamos, las calles todavía eran de barro, no estaban asfaltadas y estaban metiendo el alcantarillado en algunas calles. Mis vecinas han sido todas maravillosas, nos queremos mucho y nos seguimos saludando y parando por la calle. El barrio ahora está estupendo, solo le falta un poquito más de limpieza”.