La primera vez que Natxo Blanchart pisó un bar de ambiente, había mirilla en la puerta. “Tenías que llamar y, si te veían sospechoso de cualquier cosa, no te dejaban entrar”, recuerda. Era 1993 o 1994, él tenía 17 años y, junto con dos amigos, hacía su primera incursión en Chueca, un barrio de Madrid por aquel entonces degradado y marginal. En esa década, la zona vivió una evolución que Blanchart recuerda como “explosiva”, en la que en pocos años se multiplicaron los bares, dejaron de ser tan clandestinos y el barrio se gentrificó.
Estos locales eran de los pocos espacios en los que las personas LGTBI podían ser ellas mismas y actuar en libertad. También donde conocer a otras como ellas y tejer comunidad. Treinta años después, se puede ver a miembros de este colectivo visibles en muchos otros entornos y las redes sociales y apps de contactos les facilitan otras maneras de encontrarse, por lo que el papel de los bares de ambiente ha evolucionado.
“Cuando empezaron fuerte las redes sociales, se notó uno de los primeros bajones en la noche”, analiza Pedro Serrano, promotor de diferentes locales y fiestas LGTBI desde los años 90. “Empezó a acudir bastante menos gente y la manera de relacionarse cambió un montón. Antes había más interacción”. La llegada de las redes redujo el contacto en persona: “Veías a gente que casi no hablaba, que iba a su bola, y luego al salir de la discoteca estaban todos con el Grindr o con lo que fuera, con alguien que a lo mejor habían tenido al lado toda la noche y no habían hablado”.









