Durante años, el Brexit fue el gran trauma político de la Unión Europea. La salida del Reino Unido obligó a Bruselas a gestionar un divorcio inédito y consumió miles de horas de negociación. El abandono de uno de sus grandes miembros también sembró dudas sobre el proyecto europeo. Hoy, diez años después del histórico referéndum, el estado de ánimo en Bruselas ha cambiado. El drama ha dado paso al pragmatismo. En un escenario global de extrema turbulencia, con la guerra de Rusia contra Ucrania, la cada vez más dañada relación de Europa con Estados Unidos, la competencia con Washington y Pekín o la transición energética, el Brexit ha dejado de ser una cuestión existencial. La pregunta ya no es si el Reino Unido debió salir del club comunitario sino hasta dónde puede acercarse y colaborar, pero sin volver a la UE.“Es momento de redefinir la colaboración entre la Unión Europea y el Reino Unido”, reclamó hace unas semanas la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola durante un foro sobre la relación bilateral. “Podemos dejar atrás los fantasmas del pasado y escribir un nuevo capítulo”, añadió. En el club comunitario, con 27 miembros y otros siete —entre ellos Ucrania— llamando a la puerta para poder entrar, el Brexit ya no se trata como una fractura política abierta. Pero en Bruselas “pasar página no significa reescribir las reglas”, asevera una alta fuente comunitaria que estuvo involucrada en la gestión de los términos del divorcio.La separación entre Londres y Bruselas dio lugar a una de las negociaciones más complejas de la historia europea reciente. El Acuerdo de Retirada (firmado en 2020) y el posterior Acuerdo de Comercio y Cooperación son 1.700 páginas de textos legales. Regulan desde los derechos de los ciudadanos hasta el comercio, la pesca o la cooperación judicial.La cuestión más espinosa fue Irlanda del Norte: cómo evitar una frontera física en la isla de Irlanda sin comprometer la integridad del mercado único europeo. Hace poco se cerró también el complejo asunto de Gibraltar, con la eliminación progresiva de la Verja, un nuevo marco de control coordinado de libre circulación de personas y mercancías, y una regulación específica de aduanas, fiscalidad y controles en el puerto y el aeropuerto.La mayoría de las disputas estructurales han quedado resueltas, aunque persisten algunos flecos. Entre ellas, la movilidad de jóvenes, la participación británica en programas europeos como Erasmus+ o la cooperación sanitaria.Putin y TrumpPero en cierto sentido, Vladimir Putin y Donald Trump han hecho más por acercar al Reino Unido y a la Unión Europea que años de negociaciones sobre el Brexit. Porque pese a todo, señala Ian Bond, subdirector del Centre for European Reform, Londres y Bruselas comparten los mismos riesgos estratégicos. “Desde que el Reino Unido votó a favor del Brexit, los europeos han tenido que lidiar con la guerra de Rusia contra Ucrania, la agresiva política comercial de Donald Trump y sus amenazas de anexión de Groenlandia, y la disposición de China a utilizar su casi monopolio en el suministro de minerales críticos para presionar a otros países”, dice Bond. “En estos tiempos turbulentos, tanto la UE como el Reino Unido se beneficiarían de superar la falta de confianza que generó el proceso del Brexit”, reclama el experto.La cooperación con el Reino Unido se ha reorientado hacia defensa, seguridad europea y apoyo a Ucrania, como con la llamada coalición de los dispuestos, que lideran Londres y París para construir garantías de seguridad para Kiev o los formatos en los que trabaja el llamado E-3, que forman Reino Unido, Alemania y Francia. El presidente francés, Emmanuel Macron, resumió ese nuevo estado de ánimo hace un año con una frase reveladora: “El Reino Unido no puede permanecer al margen. Porque la defensa y la seguridad, la competitividad y la democracia —la esencia misma de nuestra identidad— están interconectadas en toda Europa como continente”.Socio indispensable y competidorSin embargo, la defensa se ha convertido en el ámbito donde más claramente se ve la contradicción de la relación pos-Brexit. La UE considera al Reino Unido un socio indispensable para la seguridad europea, pero también un competidor industrial al que no quiere conceder acceso automático a los beneficios del rearme continental. Como el instrumento SAFE, el fondo de 150.000 millones de euros en préstamos creado por la Unión para reforzar su industria de defensa. Londres aspira a participar plenamente en ese programa, pero algunas capitales, especialmente París, insisten en que esos recursos deben servir para fortalecer la base industrial del bloque comunitario.La zozobra global y un mundo cada vez más inestable han reforzado la presión para que ambas partes avancen hacia una cooperación más estrecha también en tecnologías críticas, cadenas de suministro y materias primas estratégicas, señalan Fabian Zuleeg y Daniela Schwarzer en un análisis de balance del Brexit publicado por el European Policy Center y Bertelsmann Stiftung. No obstante, los mecanismos actuales siguen siendo demasiado frágiles y reactivos para gestionar intereses cada vez más sensibles, advierten los analistas. Y reclaman la creación de estructuras políticas más estables para evitar que los desacuerdos bilaterales vuelvan a derivar en crisis públicas.En Bruselas, el ambiente es de nueva normalidad más que de reconciliación. El mes pasado, los ministros de asuntos europeos de la UE volvieron a insistir en que Reino Unido no recibirá un trato especial. Recordaron que el acceso al mercado implica reglas, cooperación amplia y alineamiento y que la integración parcial sin obligaciones completas no es aceptable. “El principio de las cuatro libertades del club —bienes, servicios, capitales y personas— sigue siendo indivisible”, recuerda la alta fuente comunitaria. El resultado es una tensión estructural. Londres busca acuerdos sectoriales que reduzcan fricciones sin volver al mercado único. Bruselas responde que ese modelo ya fue rechazado por definición en el Brexit.Erasmus+Desde Bruselas, se intenta avanzar ahora en otras vías de cooperación que se consideran estratégicas pero también muy simbólicas. Como el programa Erasmus+ que permite moverse a estudiantes de ambos lados. Ese es, quizá, el símbolo más político del deshielo. “La gente está en el corazón de nuestra asociación”, ha dicho la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Cuando Londres abandonó el programa tras el Brexit, la decisión se recibió en la UE como algo más que una retirada administrativa. Erasmus no era solo movilidad académica: era la idea de una generación europea compartida. Su retorno, aprobado tras meses de negociación en 2026 y que entrará en vigor en 2027, no cambia el estatus político del Reino Unido. Pero sí altera la atmósfera. En Bruselas, Erasmus se interpreta como el primer gesto tangible de reconstrucción de vínculos “post-divorcio”.El próximo gran punto de inflexión será el 22 de julio en Bruselas, con la próxima cumbre UE-Reino Unido, centrada en la movilidad juvenil, Erasmus+, energía, emisiones, cooperación sanitaria y defensa. “Sobre el papel, la agenda es técnica. En la práctica, es política”, señala un diplomático europeo. El asunto más sensible sigue siendo la movilidad de jóvenes, donde ambas partes intentan reconstruir flujos sin reabrir el debate sobre libre circulación. Para la UE, la línea roja sigue siendo la misma de siempre: ningún trato especial para Londres. No será la primera vez que se intente: la cumbre ya se había aplazado meses antes por este mismo asunto. Una década después del referéndum, en Bruselas ya nadie discute si el divorcio fue un error. Solo queda decidir, expediente por expediente, cuánto se puede vivir como vecinos sin volver a casarse.