Semana de aceleración. La sucesión de acontecimientos judiciales continúa presionando a un PSOE dedicado a arreglar abolladuras continuas, pero que no da ninguna muestra apreciable de que el coche vaya a detenerse. La presión a la que le somete la oposición no provoca los efectos que esta desea, los de adelantar elecciones. El desgaste puede tener un precio, pero el presidente está dispuesto a pagarlo, confiado también en que podrá revertirlo en algún instante. Las cartas sobre la mesa: “Habrá elecciones, pero la pregunta es qué España se presentará a ellas, y si estará mejor o peor que hace ocho años”, afirmó en el Congreso el pasado miércoles. Las noticias desde los tribunales parecen agitar a aliados dudosos, como PNV y Junts, que están tensando las costuras. Junts ha utilizado una enmienda a una moción del PP para forzar una convocatoria electoral; el PNV parece haber puesto un límite temporal a su apoyo. Ambas fuerzas amagan permanentemente con una ruptura y caminan sobre una delgada línea. Junts eleva el tono, con el horizonte de un acuerdo futuro con la derecha popular, y el PNV es más prudente, pero no deja de acercarse al punto de ruptura. Sin embargo, también puede interpretarse que estos amagues no son otra cosa que instrumentos de presión para conseguir ventajas actuales más que anticipos del futuro cercano. Quedan por pasar muchas cosas en Cataluña aún. Si las generales se celebran antes que las municipales, Aliança Catalana tendría muy difícil presentarse, ya que ha asegurado que no lo haría. Si son después, y sus resultados han sido buenos, será más complicado que resistan a la tentación de estar presentes en el Parlamento y de recibir los recursos aparejados. En ese caso, Junts tendría muchas dificultades. El PNV ya marcó una línea roja con el superdomingo electoral y Sánchez tuvo que asegurar públicamente que no estaba en su ánimo hacer coincidir las municipales con las generales. La fecha de la convocatoria de elecciones es un instrumento que el presidente puede utilizar en su relación con los aliados díscolos. La secuencia más probable es la presentación de presupuestos, 'no' a su aprobación y convocatoria electoral En definitiva, la aceleración de esta semana no hace más que acentuar la incertidumbre: el final del camino serán las elecciones, pero queda por saber cuál será su fecha y en qué circunstancias llegarán los partidos, en un contexto de incertidumbre, nacional e internacional, acentuada y con el PSOE centrado en resistir: mientras unos aumentan la presión, los otros intentan capear el temporal hasta que llegue un momento que entiendan favorable para convocar. Los presupuestos expansivos La hoja de ruta más probable, en estos instantes, señala una secuencia: presentación de presupuestos, no aprobación de los mismos y convocatoria electoral. Sánchez se mantendría en La Moncloa hasta final de año o un poco más allá, lo que le permitiría resistir mejor las presiones en los juzgados, terminaría de repartir los fondos, que van con cierto retraso, y podría presentar un programa electoral y una promesa de futuro con los presupuestos. Sería un momento idóneo para los socialistas: unos presupuestos expansivos, con los que se dé respuesta a distintas demandas sociales y que permitan cesiones a sus socios, con el horizonte probable de ser rechazados, ofrecerían un punto de partida potente con el que acudir a las elecciones. Esta es la España que necesitamos, y las derechas se la niegan a los ciudadanos. Hay factores que están por definirse aún como para dar por hecho que las elecciones se celebrarán cerca de fin de año Oponerse a ellos tendría un coste, pero podría convenir a Junts para apagar fuegos internos y distanciarse claramente de Sánchez. También podría resultar útil para el PNV, en la medida en que visualizaría el punto de ruptura con el gobierno, aunque los jeltzales se mueven en un entorno mucho más ambiguo: demasiada hostilidad con Sánchez, cuando enfrente están PP y Vox, beneficiaría a Bildu, y ese es su rival real. Está por ver qué precio tendría para Junts un alejamiento definitivo con el gobierno de Sánchez, pero los de Puigdemont están más dispuestos a pagarlo. Sus lógicas son otras, y más con Orriols soplando a su espalda. Los presupuestos serían el punto de ruptura. El factor Sánchez Este es, hoy, el escenario que se ofrece como más probable: presupuestos, rechazo de los mismos, convocatoria electoral para primeros del 27. Sin embargo, demasiados factores están por definirse aún como para dar por hecha esa posibilidad. Los asuntos judiciales son uno de ellos. No se puede olvidar el insistente rumor de fondo respecto de que tarde o temprano llegará la imputación de Sánchez. Tampoco la aparición de nuevos datos que hagan más complicada la resistencia del presidente y el apoyo de los aliados. O que la presión de los juzgados sobre el PSOE sature a la población y que los procesos no se vean ya reflejados en las encuestas. Sin embargo, hay un factor más que debe tenerse en cuenta, el de la economía. Los expertos no prevén una recesión a corto plazo en España, ni siquiera una desaceleración, pero sí una cierta pérdida de inercia. Los números macro continuarán siendo buenos, pero es probable que la inflación aumente en los próximos meses en torno a un 4%, y en algunos ámbitos, como el de los alimentos, puede llegar al 6-7%. Dado que esa diferencia entre los grandes números y los de la economía cotidiana está ya presente, la inflación puede ser un motivo de desgaste del gobierno. Si la inflación pudiera ser controlada pronto, no sería más que un problema adicional, que aconsejaría retrasar las elecciones hasta un momento en que sus efectos se considerasen superados, pero si amenaza con prolongarse, los incentivos para convocar pronto aumentarían. Y, por último, está el factor Sánchez. El presidente nunca ha convocado cuando se esperaba. Ha aprovechado oportunidades que intuía para iniciar el proceso electoral en un momento favorable. El presidente verbalizó esta semana la posibilidad de convocar elecciones si presenta los presupuestos de 2027 y no logra aprobarlos en el Congreso. Es un momento demasiado lejano para poner el tema sobre la mesa si no es con propósitos instrumentales. Si está señalando una fecha, probablemente no sea esa. El elemento ausente En realidad, en el PSOE y en los socios se manejan dos tesis, convocar tras los presupuestos o aguantar la legislatura hasta el último día posible. En cualquier caso, se da por descontado que los socialistas no están buscando tanto repetir gobierno como quedar lo mejor posible en las generales. Salvar los muebles, de manera que se mantenga un número elevado de diputados que asienten al partido en la oposición a la espera del desgaste de un ejecutivo PP-Vox. La decisión sobre la fecha de las elecciones también tendrá en cuenta ese objetivo. En todas estas tensiones, hay un elemento ausente. El derribo o la continuidad del gobierno, la fecha de las elecciones y el planteamiento de los comicios, por un lado, y por otro, como existenciales, están hurtando algo al debate público: cuál será el proyecto de país que permita afrontar tiempos que se aventuran como muy complicados. Hasta ahora, las propuestas se han formulado en negativo: la España que queremos es una en la que no gobiernan los otros, por lo que haremos lo contrario de lo que hacen ellos. La pelea política a corto plazo ciega la visión del horizonte. Semana de aceleración. La sucesión de acontecimientos judiciales continúa presionando a un PSOE dedicado a arreglar abolladuras continuas, pero que no da ninguna muestra apreciable de que el coche vaya a detenerse. La presión a la que le somete la oposición no provoca los efectos que esta desea, los de adelantar elecciones. El desgaste puede tener un precio, pero el presidente está dispuesto a pagarlo, confiado también en que podrá revertirlo en algún instante. Las cartas sobre la mesa: “Habrá elecciones, pero la pregunta es qué España se presentará a ellas, y si estará mejor o peor que hace ocho años”, afirmó en el Congreso el pasado miércoles.