Con la beligerancia, la represión y la corrupción de toda Rusia, es fácil olvidar lo mucho que Occidente llegó a admirar a Vladimir Putin.

En 2001, George W.

Bush declaró que el entonces recién elegido presidente ruso era “digno de confianza”, tras haberlo mirado a los ojos y haber percibido su “alma”.

Los primeros indicios de que Putin no era nada de eso surgieron mucho antes de la anexión de Crimea en 2014 y la posterior invasión a gran escala de Ucrania.

Un primer indicio de su consolidación del poder y su giro autoritario fue la incautación y desmantelamiento de Yukos, una compañía petrolera.