Una fotografía estática de los indicadores económicos de Rusia mostraría a primera vista un país saludable. Si se deja a un lado el 'borrón' de la inflación (que no es pequeño), la economía rusa tiene un desempleo muy bajo, una deuda pública pequeña y en los últimos años ha registrado un crecimiento del PIB muy superior al de la zona euro. Sin embargo, si se proyecta lo que puede pasar y está pasando con esos indicadores, la película cambia por completo. El PIB se está estancando, la deuda y el déficit están subiendo a gran velocidad, los altos tipos de interés amenazan con hacer insostenible esa deuda y para colmo el precio del petróleo (la gran fuente de financiación de Rusia) ha empezado a caer en picado tras el acuerdo entre EEUU e Irán para reabrir Ormuz. Como dice un prestigioso think tank económico alemán, parece que esto supone "el fin del juego para la economía de Rusia".Durante los primeros años de la invasión de Ucrania, la economía rusa sorprendió a muchos analistas, economistas y al propio Fondo Monetario Internacional por su capacidad para resistir las sanciones occidentales. Mientras algunos pronosticaban un colapso inmediato, Moscú logró mantener la actividad gracias al gasto militar, las exportaciones de hidrocarburos (mención especial a la flota fantasma de petroleros) y las reservas acumuladas durante años de bonanza energética. Sin embargo, cuatro años después del comienzo de la guerra, el último informe del Kiel Institute for the World Economy sostiene que se están dibujando los contornos de un verdadero "final de la partida económica" para Rusia. No se trata de un derrumbe repentino, sino de un desgaste progresivo de los pilares que sostienen la economía del país.