“Todo va según el plan”, cantaba en 1987 el grupo de punk soviético Grazhdanska Oborona. Esta frase, convertida desde hace años en meme en Moscú, expresa el contraste entre una realidad en decadencia y la imagen artificiosa que las autoridades tratan de proyectar.
En la Rusia actual, las élites que en 2022 confiaron en Vladímir Putin empiezan a dudar de su plan. La fatiga de la guerra hace mella, con ataques casi diarios contra industrias en el interior del país. La esperanza moderada por la llegada de Donald Trump se ha desvanecido y no se atisba ni el fin del conflicto ni el levantamiento de las sanciones.
A este malestar se le suma el desconcierto por los crecientes bloqueos a internet ordenados por el FSB. Los servicios secretos han conseguido imponer sus métodos, con el beneplácito de un presidente obsesionado con la seguridad, a costa de perjudicar a los empresarios y a los ciudadanos.
Pero, ante este descontento, el Kremlin no tiene ninguna intención de cambiar su rumbo. Al contrario, cualquier síntoma de inestabilidad se convierte en munición para que Putin empodere todavía más a sus espías y endurezca la represión interna.
Un líder sin un plan claro








