“Algo está cambiando en Moscú”. Frase habitual de la kremlinología, la pseudociencia que desde tiempos soviéticos pronostica la inminente caída del régimen de turno tras leer entre líneas cada gesto de la élite rusa. Kremlinastrología, dicen algunos. Desde finales del año pasado ha vuelto a aflorar el descontento en Rusia, alimentando rumores de traiciones y crisis, pero la situación parece lejos de estar fuera de control para el Kremlin. La aprobación de Vladímir Putin sigue siendo masiva, el poderoso Servicio Federal de Seguridad (FSB) está infiltrado en todos lados, desde los cuarteles al departamento ministerial más recóndito, en la guerra desatada contra Ucrania no ha sufrido ningún sobresalto en el frente recientemente, y en la élite son conscientes de que bajarse del barco es un suicidio, literal y figurado.Y la disidencia ha sido duramente reprimida. La activista rusa Nina Litvinova luchó por los derechos humanos en su país desde los años sesenta, desde la represión soviética al putinismo. El viernes dejó escrita en su nota de suicidio a los 81 años esta despedida: “Putin atacó Ucrania y mata a gente inocente, mientras que aquí encarcela sin cesar a miles de personas que sufren y mueren porque están, como yo, en contra de la guerra y del asesinato. No puedo ayudarles de ninguna manera. Intenté ayudarles, pero me faltan las fuerzas y sufro día y noche por la impotencia. Me da vergüenza, pero me he rendido. Por favor, perdónenme”.Es la impotencia de la oposición, minoritaria dentro del país. Un 79% de los rusos aprueba la labor de su presidente, según un sondeo de abril del reputado centro independiente Levada. Por su parte, la agencia sociológica del Kremlin, VTSIOM, estima que contaba a principios de mayo con una aprobación del 66,8%.Es un apoyo pasivo, cierto es que nadie se manifestó contra el motín del Grupo Wagner en 2023, pero son índices altísimos que evidencian la cohesión de los rusos en torno a su líder en plena guerra. Aun así, también muestran cierto desgaste de Putin: hace un año tenía una aprobación del 88%, según Levada, y otras encuestas demuestran que los ciudadanos no están contentos. El porcentaje de rusos que cree que su país marcha en la dirección correcta se ha derrumbado en un año del 74% al 55% registrado este mayo; y el sondeo de felicidad pública de VTSIOM se ha desplomado al 52%, su menor nivel desde 2011. Ese año, Rusia vivió su primera gran represión de protestas tras las acusaciones de fraude electoral y Putin anunció su vuelta a la presidencia tras su paréntesis como primer ministro por imperativo constitucional.El éxito de Presidencia ha sido desviar la culpa a los consejeros del zar. Fue una famosa totalmente apolítica, Viktoria Bonia, quien rompió el silencio de los rusos en abril. “Vladímir Vladímirovich, la gente le tiene miedo“, dijo la celebridad a sus millones de seguidores en Instagram. La influencer, que apoya públicamente la invasión de Ucrania desde Mónaco, culpó a los asesores de Putin de “informar mal” al presidente sobre las preocupaciones de los rusos, como la inflación, la corrupción, los cortes de Internet por los servicios de seguridad, la mala gestión de los desastres naturales, y algunas injusticias de las autoridades locales.“Es una combinación de estos problemas, la fatiga de la guerra y otro factor”, adelanta por teléfono Farida Rustamova, analista política y fundadora del portal Vlast [Poder, en ruso]: “El desengaño con las negociaciones con Donald Trump del año pasado. Se decía que llegaba nuestro hombre, que la guerra terminaría, levantaría las sanciones y volveríamos a nuestras vidas de antes".Rustamova, conocedora de las entrañas del sistema político ruso, también remarca “el caos” que han provocado las contradicciones entre los planes del FSB, sucesor del KGB, y la estrategia de la Administración Presidencial.El ejemplo más claro es el apagón de Internet a pocos meses de las elecciones legislativas de otoño. El Kremlin ha impuesto a su bloque político el objetivo de que los comicios se desarrollen “en calma, con una alta participación de su gente de la administración”. Y para ello los llamados politecnólogos necesitan mantener al ciudadano en una burbuja ajeno a todo.El FSB, sin embargo, ha provocado un enorme malestar en la población al cortar unilateralmente la conexión de los móviles en varias regiones de Rusia estos meses, dificultando desde el pago con tarjetas a charlar por Whatsapp y Telegram. De hecho, el Gobierno ha llegado a reconocer por primera vez que ha negociado sin éxito con los servicios de seguridad sobre medidas que son su responsabilidad.“Según nuestras fuentes gubernamentales, al FSB le empuja actuar con rapidez ahora porque tal vez la guerra termine, la situación cambie y no pueda implementar este tipo de control sin consecuencias”, explica Rustamova.Vladislav Inozemtsev, cofundador del Centro de Análisis y Estrategias en Europa (CASE), advierte de que el FSB no va a suavizar su control. “Escribí en 2021, y mantengo ahora, que la tercera década de Putin será un tiempo de terror y autoritarismo puros. El Kremlin ya no es capaz de utilizar los intereses económicos o inventar otra forma de interacción con la sociedad”, dice a este periódico.Los conflictos internos agravan la gestión del país, pero no significan que el putinismo se desmorone. “Todos comparten los mismos objetivos: su autopreservación en el poder y el mantenimiento del régimen de Vladímir Putin para que siga existiendo”, manifiesta Rustamova. “No veo ninguna señal de que se haya perdido el control sobre la situación, especialmente dadas las capacidades coercitivas que tiene el Estado y de que no se detendrá ante nada”.Otros expertos sobre Rusia también han mostrado su escepticismo. “No veo nada, ni en la creciente ansiedad de las masas y la élite, ni en la respuesta pública a los cortes de Internet, que parezca algo que no hayamos visto antes”, dice el experto de CEPA Sam Greene. “Ese es el dilema del analista: puedo quedar en ridículo de antemano o puedo quedar en ridículo después. Para bien o para mal, elijo lo segundo”.“Sigo mostrándome escéptico ante estos informes. Incluso si la amenaza de golpe de Estado fuera real y las agencias europeas estuvieran al tanto, ¿de verdad filtrarían esta información? Podrían haber enviado una carta al Kremlin", señala Kirill Shamiev, analista del Instituto Kennan.El periodista ruso Alexánder Baunov destaca en cualquier caso que “el descontento con Putin ha alcanzado su punto álgido”. “Putin ya no es un superhombre que protege los intereses de la gente común [...] Ya no es capaz de inspirar confianza ni siquiera en la élite gobernante. De garante, se está convirtiendo en un lastre”, reflexiona.El Kremlin y su población sellaron hace tiempo un acuerdo tácito por el que el Gobierno no entraba en la vida de sus ciudadanos si se mantenían al margen y dejaban hacer a Putin. La movilización parcial de 2022 supuso una ruptura de este pacto, igual que los bloqueos de Internet, provocando uno de los mayores momentos de tensión interna de la guerra.“Solo veo un motivo para que haya protestas: el anuncio de una nueva movilización masiva”, señala Inozemtsev. No obstante, hasta ahora el Kremlin ha mantenido su ritmo de reclutamiento ofreciendo más de cinco millones de rublos, unos 60.000 euros el primer año, entre salario [200.000 rublos al mes] y prima por firmar.En cualquier caso es inviable hoy organizar una manifestación sin que sea reprimida y los expertos descartan una unidad de las élites contra Putin, consolidado como “árbitro indispensable” de las distintas facciones del Kremlin. “Una parte importante de la población es consciente del enriquecimiento ilícito y las ilegalidades de la élite. Las detenciones de generales, jueces o gobernadores no inspiran ningún deseo de unirse y denunciar el sistema”, asevera Inozemtsev, quien subraya que “cada uno vela exclusivamente por sus propios intereses” y “la única alegría es no ser yo el detenido”.Estas semanas varios medios occidentales, entre ellos CNN y Financial Times, publicaron, citando a “una fuente de la inteligencia europea”, que el exministro de Defensa Serguéi Shoigú es una amenaza para Putin.“Soy muy escéptica, no sé hasta qué punto puede ser una filtración deliberada para influir en Rusia”, apunta Rustamova. “Shoigú no gozaba de popularidad entre el personal militar, su clan fue neutralizado tras su destitución en 2024 y todo el mundo sabe lo descarada que era la corrupción en el Ministerio de Defensa”, agrega. En concreto, un tercio de los altos cargos del ministerio fueron expulsados o detenidos tras su marcha.La rebelión del Grupo Wagner en 2023 fue un choque entre dos estructuras paralelas en las fuerzas armadas rusas cuyo fin no era derrocar a Putin, sino a Shoigú, según dijo entonces el jefe de los mercenarios, Yevgueni Prigozhin, y han contado algunos participantes del motín a este periódico. La inestabilidad provocada por aquella rebelión acabó con Shoigú cesado, varios generales detenidos y Prigozhin muerto.Cada semana se conoce una nueva detención de altos cargos por supuesta corrupción. Uno de los casos más emblemáticos es el del exministro de Transporte Roman Starovoit, quien se suicidó en 2025 horas antes de ser detenido por apropiarse de los fondos destinados a las defensas de Kursk, región de la que era gobernador antes de la ofensiva ucrania en aquel territorio.“El FSB tiene la última palabra. Antes los detenidos podían tener un protector que intercedía ante Putin para salvarles. Este mecanismo parece que ya no funciona”, afirma Rustamova.La burbuja rusaRusia atraviesa una crisis económica. El Gobierno acaba de reducir su crecimiento para este año del 1,3% al 0,4% del Producto Interior Bruto y la inflación hace mella en los bolsillos de los rusos. La industria bélica y los enormes salarios ofrecidos a los militares tiran del país a costa de asfixiar a la economía civil, que no encuentra personal ante salarios que no están a su alcance.Sin embargo, no se vislumbra un crack que comprometa el gasto en la guerra. El 40% del presupuesto va destinado al ejército y las fuerzas de seguridad, pero la disciplina fiscal y los ingresos extraordinarios de hidrocarburos provocados por la guerra de Irán mantienen por ahora el déficit estatal bajo control, aunque la mayor parte del dinero se ha desviado a compensar a las petroleras por el descuento que hacen a sus ciudadanos en las gasolineras y a arreglar las refinerías arrasadas por los drones ucranios.Y cada vez hay menos información sobre la situación real del país. La propaganda muestra una guerra aséptica sin muertos ni heridos, mientras que las autoridades han retirado todas las estadísticas problemáticas. El Tribunal Supremo ruso acaba de borrar todas las estadísticas sobre casos penales y administrativos de los últimos 20 años para “ajustar” su publicación a las nuevas normas.No obstante, en un ejercicio de transparencia sin precedentes, el Servicio Penitenciario Federal acaba de reconocer que la población carcelaria se ha reducido en un 39,3% desde el inicio de la guerra, de 465.000 a 282.000. El Kremlin no solo ofrece su indulto a cambio de ir al frente a los condenados por tribunales, sino también a los detenidos, inocentes o no. La muerte de decenas de miles de reos en la guerra es uno de los últimos problemas que agita a los rusos, pero el aumento de los crímenes violentos cometidos por veteranos de Ucrania es una de sus grandes preocupaciones.El Gobierno tampoco ofrece los datos de discapacitados permanentes, aunque una fuente gubernamental dijo a The New York Times que son unos 400.000 en total, y el Ministerio de Defensa no publica desde hace años sus cifras oficiales de bajas en el frente. Los medios Mediazona y BBC han identificado por fuentes abiertas al menos 217.000 nombres de rusos fallecidos en la guerra, aunque utilizando otras estadísticas estiman que la cifra real superaría los 352.000 muertos.
Putin capea el desencanto gracias al servicio de seguridad y el instinto de supervivencia de la élite rusa
A la acumulación de problemas internos y los roces entre servicios de seguridad y políticos se suma la decepción con Donald Trump por no levantar las sanciones













